Análisis de algunos desafíos evidentes que enfrentan las principales candidaturas para las elecciones presidenciales del próximo 19 de noviembre en Chile (segunda y última parte).

Centro de Santiago de Chile, donde reside la sede del gobierno del país | Foto: pixabay.com CC0

Centro de Santiago de Chile, donde reside la sede del gobierno del país | Foto: pixabay.com CC0

Guillier, el independiente del oficialismo

Cada candidatura enfrenta también sus propios desafíos. Alejandro Guillier es una contradicción caminante: fue nominado por marcar bien en encuestas en las que ahora no cree; juega de outsider y de independiente, pero es el candidato del oficialismo; declaró que sin primaria no sería candidato y terminó siendo proclamado por las cúpulas y sin someterse a las urnas. Los partidos que lo ungieron (forzando la bajada de varias candidaturas), a partir de su desempeño en las cada vez más interpeladas encuestas, probablemente sientan hoy que la decisión fue prematura.

Varios en el gobierno y los partidos (fundamentalmente en el PS y el PPD) confiesan tras bambalinas que Guillier no es su candidato, aunque dependen de su éxito para mantener a raya la tendencia hacia una mayor fragmentación de la coalición oficialista. Pero la prematura opción por Guillier como candidato único ha generado daños tal vez irreparables en la centroizquierda.

Guillier encabeza hoy una campaña que partió más tarde que las de Sebastián Piñera y Beatriz Sánchez. Y no solo partió tarde, sino que le ha costado muchísimo incidir en la agenda. Su campaña luce poco profesional y muy anticuada. Se conoce poco todavía de su programa (el candidato casi no habla, y cuando lo hace, ha declarado que su programa lo hará con la gente). Respecto a su opción programática y discurso de campaña, está entrampado entre venderse como independiente y tener, como única opción para entusiasmar, un programa de «profundización» de lo hecho por la Nueva Mayoría.

Guillier enfrenta entonces el siguiente dilema: solo puede hacer campaña con los logros del actual gobierno (en el escenario electoral actual no tiene margen para otra cosa, ya que se encuentra emplazado por izquierda y por derecha), prometiendo profundizar las reformas en pos de una mayor igualdad. Pero, seguramente, sus asesores temen que la baja popularidad del gobierno afecte sus chances. No obstante, la popularidad del gobierno es bastante mayor que la intención de voto que hoy logra generar el candidato.

Guillier deberá enfrentar dos desafíos adicionales. Primero, si su chance de pasar a segunda vuelta se reduce, tal vez los incumbentes (senadores y diputados) decidan intentar salvar su pellejo abandonando el barco presidencial durante la campaña. En última instancia, Guillier sigue intentando diferenciarse de la clase política tradicional y eso, en algún momento, le pasará la cuenta al interior de su más que tradicional coalición.

Segundo, de pasar a segunda vuelta, Guillier necesitará el apoyo de buena parte de los votantes del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Particularmente en el caso de los votantes del Frente Amplio, ese tránsito es problemático, ya que una parte significativa de ese electorado probablemente se quede en la casa en segunda vuelta, aun cuando bajo la lógica del menos malo preferirían a Guillier antes que a Piñera. Para ellos, Guillier y sus bases de apoyo no ofrecen una opción de reforma y renovación real y creíble.

Crecer rápido: la receta para abortar

Por su parte, la candidatura de Beatriz Sánchez parece haber perdido fuerza luego de las primarias y el affaire Mayol-Jackson. Por un lado, las primarias demostraron que la movilización por aire, es decir, sin contar con un aparato territorial y dependiendo mucho de un puñado de liderazgos populares y de las redes sociales y de su impacto en los medios, tiene límites y genera riesgos. Uno de los principales desafíos del Frente Amplio sigue siendo construir infraestructura territorial fuera de su zona de confort (véase la columna «El camino es la recompensa o las dificultades de crear un Frente Amplio en Chile»).

Por otro lado, el affaire por la nominación de Alberto Mayol al Congreso expuso: a) la alta disparidad y fragmentación interna de la nueva coalición; b) la falta de experiencia e institucionalidad para arbitrar conflictos internos como los que enfrenta cualquier movimiento político que se precie de alguna vocación de poder; c) los límites de hacer campaña sobre la base de la superioridad moral (véase la columna «Por qué usted puede estar ayudando a la crisis de nuestra democracia»); y d) los límites de una estrategia de crecimiento basada en reclutar a todo aquel que parezca, en algún momento, ser útil a la causa.

El Frente Amplio también descubrió súbitamente que crecer rápido puede terminar siendo el mejor atajo para abortar un proyecto aún en construcción. Usted tiene derecho a pensar que Mayol es un advenedizo que actuó deslealmente, incurriendo en el camino en actitudes misóginas y en múltiples deslealtades. Aun concediendo ese punto, también hay que reconocer que Revolución Democrática y sus aliados contribuyeron a amplificar el escándalo mientras parecieron actuar intentando privilegiar la opción de Giorgio Jackson.

Tiendo a pensar que tanto la acción como la reacción de Revolución Democrática demuestran, a lo menos, cortoplacismo. Jackson dejó pasar la única salida limpia del intríngulis en que lo colocó Mayol. Aunque costosa, esa salida consistía en cederle el cupo al ex candidato presidencial e irse a competir a otro distrito (en el que su posicionamiento y visibilidad a nivel nacional le podría haber permitido ser sumamente competitivo). Así Jackson, y con él, Revolución Democrática, podrían haber mostrado su compromiso con una construcción colectiva y plural en torno a un proyecto orientado al largo plazo, liderando con el ejemplo, y contribuyendo decisivamente a expandir el alcance territorial de la nueva coalición de izquierda al generar una nueva candidatura competitiva en un distrito donde no tuvieran tanta fuerza electoral.

Sin embargo, al igual que en 2014, parece haber primado la opción por la seguridad y el corto plazo. La candidata del Frente Amplio acusó el golpe, en tanto su silencio inicial fue interpretado —no importa si correctamente o no— como subordinación a los liderazgos más visibles de la coalición (los de Giorgio Jackson y Gabriel Boric).

A pesar de todo esto, Sánchez está cerca de disputar el segundo puesto con Guillier, y su elocuencia y potencial empatía con un segmento relevante del electorado podría generar una que otra sorpresa si es que logra encarnar el antipiñerismo y movilizar a quienes aún no piensan votar.

En dicho caso, el desafío de Sánchez será similar al de Piñera, aunque mucho más agudo. Si triunfa tendrá un mandato potente, pero un contingente parlamentario muy pequeño. Ante eso deberá gobernar con la Nueva Mayoría, arriesgando desdibujar su proyecto y su legitimidad política. Sería, muy probablemente, ganar para perder.

Goic, progobierno en un partido antigobierno

Entre los candidatos que parecen relativamente lejos de la opción presidencial se encuentra la candidata de la democracia cristiana. Además de enfrentar limitaciones para proyectar su liderazgo en esta contienda electoral, Carolina Goic debe solucionar un dilema similar al de Guillier. Ha sido una de las legisladoras que más elocuentemente ha apoyado las iniciativas del gobierno Bachelet, pero es candidata del partido que es visto, por la opinión pública, como el responsable de bloquear la agenda reformista del gobierno (del que sigue siendo parte). En paralelo, es una candidata femenina y representa la renovación en un partido que necesita rejuvenecerse para contener la sangría, pero tiene como figuras clave en su campaña liderazgos predominantemente masculinos, muy desgastados y que representan a la vieja DC.

Si bien su firmeza durante el caso del diputado Ricardo Rincón dio las señales correctas, el escándalo reciente respecto a la nominación de Trinidad Parra como candidata de relleno para satisfacer la cuota femenina en Arica, no hace más que simbolizar la ambigüedad que (aún) condena al esfuerzo que encabeza Goic por construir una nueva DC que se proyecte hacia la próxima campaña electoral. Finalmente, Goic también enfrenta el mismo desafío que Guillier en cuanto a su capacidad de utilizar el aparato territorial de la DC. Si su candidatura no se fortalece pronto, crecerá el número de senadores y diputados que decida desacoplarse de la opción presidencial, particularmente en un escenario en que el partido buscará reducir pérdidas.

El escenario poselectoral no será más fácil. ¿Qué rol tendrán el partido y su bancada en el próximo gobierno? Gane quien gane la elección, aquella será una decisión difícil que arriesga quebrar a la DC.

Gobiernos de minoría con misiones cruciales

La configuración de la carrera presidencial, al menos como se ha desarrollado hasta ahora, dice mucho de la crisis de representación política que hoy se vive en Chile. Aunque falta mucho camino aún, es claro que la elección y su desenlace ulterior no serán fáciles para nadie.

En general se afirma que en las elecciones actuales y especialmente en aquellas en que se vota en segunda vuelta, la ciudadanía elige al menos malo. En el Chile actual, tal vez ni eso. Aquellos que irán a votar serán quienes crean que el candidato al que apoyan es muy bueno, pero sea cual sea ese candidato, serán una minoría de la ciudadanía habilitada para sufragar.

Aquel que resulte electo llegará a La Moneda con un mandato fuerte (sea revertir los efectos de las reformas de la Nueva Mayoría, mantenerlas o profundizarlas, refundando además la política y la sociedad). En otras palabras, es muy probable que, ante el descreimiento y el desgano generalizado, la mayoría se quede en la casa, mientras aquel que logre movilizar a una minoría intensa gane la elección.

Sea de derecha, izquierda o centro, esa minoría intensa mandatará a un presidente que deberá gobernar en un clima de fragmentación y polarización política y crispación social. Así, quien gane probablemente cuente con un reducido y fragmentado contingente parlamentario para implementar su mandato. En otras palabras, mientras usted escucha hablar recurrentemente del centro político, ese centro está hoy prácticamente vacío. Cualquier similitud con la elección de 1970 es mera coincidencia.

 

Artículo publicado originalmente por CIPER Chile, el 15 de septiembre de 2017.
Acceda aquí a la primera parte publicada en Diálogo Político.

 

Juan Pablo Luna
Doctor en Ciencia Política. Profesor titular del Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigador principal del Núcleo Milenio (RS130002) y del Proyecto FONDECYT (#1150324). Editor de Latin American Politics and Society, autor del libro Segmented Representation: Political Party Strategies in Unequal Democracies (Oxford University Press, 2014).