Terminados los procesos electorales de este año, México inicia el camino hacia la candidatura presidencial de 2018. Nada está escrito y los tres principales partidos tienen grandes fortalezas pero también grandes retos por delante.

Tres partidos quedan como principales contendientes por la Presidencia de México en 2018 | Imagen: CCL

Los resultados en las elecciones mexicanas de este 2017 dibujan un mapa político que es el punto de partida para la sucesión presidencial del próximo año. Sin contar aún con resultados definitivos, pero ya con una tendencia clara, es posible afirmar que los tres principales partidos —PAN, PRI y Morena— tienen motivos para celebrar, no exentos de preocupaciones que también es prudente considerar.

Por el lado del Partido Revolucionario Institucional, el muy probable triunfo en el estado de México es una bocanada que mantiene con vida sus aspiraciones futuras. Tras una racha de fuertes descalabros en comicios anteriores, conservar su más importante bastión electoral le permite mirar al futuro cercano con esperanza y posibilidad.

Como contracara, es de preocupar la enorme cantidad de irregularidades que se documentaron durante la campaña priista, que van desde la entrega de apoyos en especie y metálico por el Gobierno federal hasta la intimidación de votantes, estrategias que si bien hoy alcanzaron para el triunfo, lo hicieron por muy poco —la diferencia con el segundo lugar es de cerca de tres puntos—, y será complejo implementarlas con la misma impunidad en el futuro, dada la recomposición de la cartografía electoral nacional.

Morena, partido-franquicia de Andrés Manuel López Obrador, se perfila como segundo lugar en el estado de México y desplazó con facilidad a la izquierda menos radical y al Partido Acción Nacional, con un discurso demagógico y antipolítico que dejan a su dirigente en una buena posición para continuar un camino hacia la Presidencia del país que empezó en el año 2006 y que tendría en 2018 muy probablemente su última oportunidad.

La campaña que recién concluye, no obstante, sacó a relucir el lado más autoritario e intolerante de López Obrador, así como las estrategias de allegados para obtener recursos ilícitos de financiamiento. Hará falta esperar la reacción frente al anuncio formal de la derrota, de común virulenta y de descrédito a las instituciones, para constatar su capacidad de responder frente a una coyuntura en la que, dentro de todo, cuenta con un crecimiento electoral que lo vuelve un rival de peso.

El Partido Acción Nacional termina este año con victorias que, sumadas a las de 2016, lo postulan como la alternativa más sólida en la futura elección presidencial: la derrota en el estado de México tiene un mediano contrapeso en el gran avance que se dio en Veracruz —tercer lugar en cuanto a tamaño de padrón nacional—, así como en una gubernatura más, la de Nayarit, lo que hace de su presencia a nivel nacional una fortaleza clave para el mediano plazo.

Su principal reto rumbo al 2018 comienza justo ahora, cuando deberá decidir el método que se utilizará para seleccionar a su candidato presidencial, ya que a la lista de Ricardo Anaya, Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle se han sumado hasta el momento tres aspirantes más, lo que complica una elección que, de no resolverse de manera adecuada, dejará paso libre al populismo que representan Morena y su abanderado.

Es importante, en ese sentido, que el PAN asuma que no hay otro partido en México que represente una alternativa seria y eficaz frente a López Obrador, y que sea esta premisa la que conduzca las decisiones que se tomen en el futuro inmediato. Como en el año 2006, la responsabilidad de hacer frente a la opción populista que amenaza a México recaerá en los hombros de este partido.

Un último elemento a considerar de este proceso electoral que culmina es la estrategia de alianzas que ha seguido Acción Nacional junto a la izquierda más moderada del Partido de la Revolución Democrática, efectiva en lo electoral y alternativa para la construcción de mayorías que, al no existir segunda vuelta o balotaje, propician la gobernabilidad y la legitimidad de los triunfos.

Es de esperar que ambos partidos sigan explorando esa ruta y que el llamado a la construcción de un «frente amplio» para el año entrante, ya declarado por ambas dirigencias, si bien no se antoja ni sencillo ni rápido, pueda representar una opción que deje de lado al PRI y convierta la elección presidencial en una disputa entre dos.

Así, a un año de que se lleve a cabo el relevo en el Ejecutivo federal, los principales partidos salen del proceso de 2017 con fortalezas que hacen que esa contienda tenga un inicio más o menos parejo, donde nada está aún escrito y todavía hay mucho trecho por recorrer.

 

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común.