Hannah Arendt en ¿Qué es la política? mencionaba que los mitos y leyendas que circulan en una sociedad, con el paso del tiempo se van convirtiendo en verdades indiscutibles.

Escultura en bajorrelieve en el Museo de la Revolución de La Paz, Bolivia | Foto: Carwil Bjork-James, vía Wikicommons

Escultura en bajorrelieve en el Museo de la Revolución de La Paz, Bolivia | Foto: Carwil Bjork-James, vía Wikicommons

Estas verdades no son criticadas y son altamente aceptadas por amplios sectores de la población. Aquellos que se atreven a criticarlas socialmente pueden ser mal vistos, ya que van contra grandes certezas sociales. En el caso boliviano es Guillermo Francovich quien pone en duda y da a conocer las certezas nacionales en Los mitos profundos de Bolivia. Entre esos mitos destacados se encuentra lo que en América Latina conocemos como la Revolución nacional del 9 de abril de 1952 que, junto con la revolución mexicana y la cubana, es parte importante de la historia de este continente.

Muchos allegados al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) olvidan que la Revolución nacional tuvo aspectos macabros y negativos: los campos de concentración —uno de los más famosos fue el de Curahuara de Carangas—, el exilio de los grandes pensadores bolivianos de ese entonces, por ejemplo, Jorge Siles Salinas y Roberto Prudencio Romencín (al cual entusiastas milicianos revolucionarios quemaron su biblioteca y destrozaron su domicilio), y la brutalidad del régimen revolucionario, con los milicianos de Ucureña, al mando de José Rojas, quienes serían los autores de la masacre de Terebinto.

Para gran parte de la población esos eventos están en un plácido lugar donde habita el olvido. Para los movimientistas, el olvido es terapéutico. Tal como lo mencionara Freud, el olvido borra de nuestra memoria los malos momentos y hace que nos quedemos simplemente con los buenos y románticos recuerdos. Por eso es necesario hacer un repaso por algunos críticos del proceso revolucionario.

Luis H. Antezana menciona: «Si, de manera clásica, imaginamos las posiciones ideológicas en una representación lineal, este eje nacionalista revolucionario es un eje oscilante, flexible, en la medida que sus extremos (nacionalismo, por un lado, y revolucionario, por el otro) tocan y se entremezclan con los ámbitos ideológicos de la derecha y la izquierda bolivianas. Sin embargo, el nacionalismo revolucionario no es una ideología de centro. Por su oscilación es una especie de operador ideológico, un puente tendido entre los extremos del espectro político boliviano, un arco —si se quiere— que comunica la extrema izquierda con la extrema derecha».

Silvia Rivera Cusicanqui nos dice: «Para los movimientistas —parientes pobres de la oligarquía y ansiosos de ser reconocidos como occidentales— había pues una tarea prioritaria: borrar a los indios de la memoria, a la vez que reformarlos hasta en lo más íntimo de sus conductas domésticas. Esta tarea fue retomada por la nueva inteligencia nacionalista, a partir del propio aparato estatal heredado».

H. C. F. Mansilla, al realizar un balance crítico sobre la revolución, concluye: «La Revolución nacional de abril de 1952 en Bolivia fue, en el fondo, innecesaria y superflua. Los efectos modernizantes generados por este proceso hubieran tenido lugar, más tarde o más temprano, bajo un régimen dominado por las elites tradicionales, como ocurrió en la mayoría de los países latinoamericanos. […] Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres de América Latina. […] El análisis comparativo de lo alcanzado en naciones de América Latina y del tercer mundo nos muestra la poca originalidad teórica y la mediocridad fáctica del experimento iniciado en Bolivia en abril de 1952».

Salvador Romero Pittari mencionó: «La construcción policlasista del Estado nacional fue severamente desafiada por los hechos, aunque continuó desempeñando el papel de legitimar al gobierno del MNR. Desde los primeros días del régimen, el conflicto entre la facción derechista del partido y las demás, acusadas de hacer el juego al marxismo radical, produjo una ruptura y un primer intento de golpe.

Los sectores medios no constituían un todo homogéneo, ni en el partido ni fuera de él. Algunos se alinearon con la Revolución, otros se pusieron del lado de la oposición pero, a pesar de esas diferencias internas, resultaron mayoritariamente aventajados por las políticas del régimen».

Bolivia sigue bajo el influjo de la revolución de abril. El decreto supremo 21060 y La ley de Participación Popular no lograron cambiar los esquemas sociales nacidos en 1952. Esto posiblemente se deba a la inercia cultural. También es un reto para el Movimiento Nacionalista Revolucionario, de superar el pasado glorioso o simplemente hundirse cada vez más en su ocaso.

 

Jorge Roberto Márquez Meruvia | @JRMarquezM
Politólogo. Director de Gaceta Hoy y columnista de opinión de El Día de Santa Cruz de la Sierra, Los Tiempos de Cochabamba y El Diario de La Paz, Bolivia