La audaz encíclica de Pablo VI cumple cincuenta años. En estas décadas sigue encarándonos ante los retos de la humanidad.

Pablo VI

Pablo VI | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Para quienes se sorprenden con las declaraciones del papa Francisco, y expresan contrariedad ante un nuevo catolicismo, no han prestado atención a la orientación dominante de la Iglesia católica en los últimos ciento veinte años. Junto con la asunción ecuménica que baja los muros entre los diversos credos, su doctrina social ha puesto de relieve la centralidad de la persona humana y la opción preferencial por los más débiles en la prosecución de las alternativas humanistas. Hay una gran continuidad desde la Rerum Novarum de León XIII hasta la Laudato Si de Bergoglio, pero el punto más alto de esta alerta son sin duda los exhortos globales de la Pacem in Terris de Juan XXIII y la Populorum Progressio de Pablo VI [1], que cumple cincuenta años.

Un futuro de progreso para «todo el hombre y todos los hombres» clamó con suavidad el pontífice. La concepción integral del desarrollo planteada por el papa Montini es hoy asumida secularmente como estándar de las mediciones globales: el índice de desarrollo humano, la atención al coeficiente de desigualdad dentro de las sociedades y entre las naciones, la economía social de mercado y las prescripciones sobre el medioambiente tienen —entre otras fuentes— ecos de su postura. Ya hemos superado el momento en que los espejismos de prosperidad que los booms de las economías globales (a los cuales atendían con celo propagandístico tanto las potencias capitalistas como las marxistas) hacían del PIB per cápita la cifra reina del juicio sobre la justicia de un sistema económico y político. El crecimiento no sirve de nada si no logra satisfacer las aspiraciones materiales mínimas de todos, y debe ir más allá del necesario fomento material.

Se nos dirá, por otro lado, que el mundo ha cambiado mucho en cincuenta años y que no es sino una reliquia de la guerra fría. Hay que verlo. En 1967, Estados Unidos estaba sumido en conflictos raciales que dieron lugar al desarrollo de un nativismo paranoico; Occidente se hallaba confundido y defendiendo inseguro sus libertades; el autoritarismo ruso mantenía con celo su expansión y propaganda global… Plus ça change..!

Admitimos, empero, que el mundo emergente es testigo de mayor prosperidad, y las últimas cuatro décadas han visto la aparición de nuevas potencias económicas. Pero mucho de ese crecimiento se ha mostrado insostenible, dejando mucho que desear si hablamos de «toda la persona y todas las personas». China nos ofrece el ejemplo palmario: es verdad que ya no es la nación sumida en las hambrunas de la Gran Revolución Cultural, pero sigue siendo un régimen ferozmente autoritario que, con unos oasis exuberantes de riquezas en Shenzen, Shanghái, Hong Kong o Beijing, oculta la indigencia más infamante de sus campesinos y trabajadores, así como la destrucción ecológica. Esas manifiestas situaciones de injusticia se ven también en los nuevos emporios capitalistas de Rusia, India, Brasil o México, y qué no decir en los rostros de los refugiados en las costas europeas.

Más allá, tenemos que atender de este llamado tan vigente las carencias espirituales de nuestro progreso material. No se trata de un lamento confesional, y las religiones solo son una parte de la respuesta. Parte de la confusión del Occidente actual pesa sobre la exigencia de mayor riqueza y mejor distribución, sin duda, pero también en la desconfianza hacia nuestro liderazgo y su alejamiento de las comunidades. El agotamiento de las instituciones representativas por los ritos de la tecnocracia desideologizada ha hecho más atractivo el canto de sirena de los populismos.

Debemos procurar reencauzar las hermosas instituciones con el orgullo de la participación y la deliberación. Releyendo la Populorum Progressio, podemos insistir en que no puede haber justo desarrollo sin justicia, y no puede haber justicia sin libertad.

 

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas