¿Cuánta polarización puede resistir un sistema democrático?

La polarización es un motor genuino para el intercambio y la formulación de nuevas ideas. Sin embargo, pasado cierto límite puede transformarse en una fuerza centrífuga, caldo de cultivo para el surgimiento de movimientos autoritarios.

En una carta de 1814, el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams, dijo lo siguiente:

«Recuerde, la democracia nunca dura mucho. Rápidamente se consume y se destruye a sí misma. No ha habido en la historia nunca una democracia que no haya cometido suicidio. Las pasiones de los hombres en una democracia son las mismas que en la aristocracia y la monarquía. Están presentes en todas las formas de gobierno y, cuando no existe un contrapeso adecuado para ellas, generan los mismos efectos: corrupción, violencia y crueldad». («From John Adams to John Taylor, 17.12.1814, traducción propia)

La dureza y el pesimismo de estas palabras son una advertencia sobre los límites de tensión interna que todo sistema político puede resistir antes de colapsar. Y si bien el avance de la democracia en el mundo a lo largo del siglo XX ha sido notable, y este sistema de gobierno tiene ahora arraigo en todas las regiones del mundo, la problemática descrita por Adams no ha perdido su vigencia. Que la democracia haya podido desplazar a diversas formas de autoritarismo no implica que su desarrollo se deba a una lógica inherente a la historia. Solo hace falta mirar el caso de Venezuela para entender que este bien preciado puede perderse con mucha facilidad y, por ende, debe ser cuidado. Para ello, debemos comprender en qué consiste su fragilidad y cómo esta puede ser agravada por la polarización en dos formas fundamentales.

La primera tiene que ver con las formas y el lenguaje democrático. El lenguaje no es un medio neutral que describe la realidad, sino que la moldea y transforma. En el caso concreto de la política peruana, los últimos años se han caracterizado por una tendencia a etiquetar a los adversarios políticos en función a categorías binarias mutuamente excluyentes. Por un lado, la izquierda (caviares); por el otro, los conservadores (fachos). Detrás de estos usos y exabruptos, normalizados por una prensa que, en muchos casos, privilegia el escándalo por encima del análisis objetivo, se esconde una dinámica inherentemente destructiva para la democracia. Dos bandos definidos de esta forma maniquea no pueden, por definición, hacer política para el bien común, sino solo combatirse hasta que uno haya prevalecido. Esta temática fue explorada en el libro de Francisco Belaúnde Más allá de fachos y caviares: manual para un debate político que construya, no que nos destruya, editado por la KAS Perú en 2018.

La democracia requiere, por tanto, de un código de conducta, un compromiso que se expresa en el uso de un lenguaje para lidiar y dialogar con los adversarios y cuyo fin fundamental es preservar al sistema democrático como tal por encima de conflictos políticos coyunturales.

La segunda forma de polarización está vinculada con los límites de dicha cultura de diálogo. Una de las grandes debilidades de la democracia es la percepción que tienen los ciudadanos de que esta es un sistema donde se discute demasiado y se ejecuta muy poco. Un sistema, por ende, no al servicio de los ciudadanos sino básicamente ocupado en sí mismo, perdido en grandes ideas generales y mezquindades concretas.

Los enemigos de la democracia supieron siempre explotar esta debilidad. En su recuento de la Primera Guerra Mundial Sonámbulos: Cómo Europa fue a la Guerra Mundial en 1914, el historiador Christopher Clark (2014) describe a un joven Adolfo Hitler escuchando atentamente los debates en el Parlamento austrohúngaro: alemanes, checos, italianos: todos hablaban, cada uno en su idioma, y el Estado no asignaba el presupuesto ni para intérpretes ni traductores. A los pocos días Hitler habría dicho que ya había aprendido todo lo que necesitaba saber sobre el parlamentarismo.

La figura del político como hombre en acción, cultivada en los años treinta por el fascista italiano Benito Mussolini transmitió el poderoso mensaje —que resuena hasta nuestros días— de que solo un individuo decidido es capaz de lidiar directamente y sin vacilaciones con los problemas que realmente afectan a los ciudadanos, tales como la pobreza, la inseguridad y el acceso a los servicios básicos. Este individuo se pone en contra del sistema, de la clase política, de la elite y se ofrece como la única redención posible de todos los males de la sociedad.

Este tipo de polarización es especialmente peligrosa porque no ocurre dentro del sistema. No se da en lugar entre miembros de distintos partidos o fuerzas políticas. Es más bien una oposición entre la ciudadanía y el sistema mismo, el cual es puesto en tela de juicio. En Europa, los grandes debates actuales de fondo muchas veces ya no se producen entre conservadores, liberales, socialdemócratas y ecologistas. Por el contrario, estos grupos muchas veces se encuentran en un mismo bando, defendiendo al sistema que en el pasado les permitió expresar sus diferencias, frente a fuerzas que cuestionan la validez y utilidad de la democracia como forma de gobierno.

Hoy en día en Alemania hay un debate sobre el recrudecimiento del lenguaje político —en gran medida relacionada a las discusiones sobre migración de países musulmanes y el surgimiento de una fuerza política populista de derecha, la Alternativa para Alemania (AfD)—. Dicha agrupación política usa imágenes de lenguaje que apelan a nuestras fantasías y temores. La migración se transforma, así, en una ola de refugiados, los partidos tradicionales se convierten en partidos anticuados y los medios de prensa críticos en la prensa mentirosa.

La polarización y la democracia tienen, por ende, una relación paradójica. En dosis saludables —cuando aún puede ser denominada divergencia o, incluso, confrontación— es un motor genuino para el intercambio y la formulación de nuevas ideas. Sin embargo, pasado cierto límite puede transformarse en una fuerza centrífuga que lleve a las fuerzas políticas a atrincherarse en posiciones irreconciliables, las cierre al diálogo e impida que el Estado cumpla con sus funciones. De esta forma puede mutar en un caldo de cultivo para el surgimiento de fuerzas y movimientos autoritarios, que prometen a la ciudadanía reemplazar a una clase política egoísta y ensimismada por un grupo pequeño dispuesto a resolver los problemas «reales».

Es fundamental que los demócratas en los distintos países reflexionemos sobre estas dinámicas y comprendamos que la democracia es un sistema caracterizado por una tensión esencial e irresoluble, y que la única forma de mantener el equilibrio es a través de la acción de ciudadanos libres y comprometidos.

 

Referencias

Belaunde Matossian, Francisco (2018). Más allá de fachos y caviares: manual para un debate político que construya, no que nos destruya. Lima: Fundación Konrad Adenauer.

Clark, Christopher (2014). Die Schlafwandler: Wie Europa in den Ersten Weltkrieg zog. Múnich. pp. 103-104.

«From John Adams to John Taylor, 17 December 1814» (Carta de John Adams a John Taylor) (17.12.1814). National Archives. Disponible en: ‹https://founders.archives.gov/documents/Adams/99-02-02-6371›.