De los moderados es la democracia*

*Este artículo fue premiado con mención especial en el concurso de artículos breves «¿Por qué votan a los extremos? ¿Cómo fortalecer el centro político?» organizado por Diálogo Político en 2019.

 

¿Por qué la gente prefiere los extremos? ¿Cómo fortalecer el centro político? Son dos preguntas que hoy están sobre la mesa y que guian la redacción de este artículo.

 

El célebre escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910) decía que la historia no se repite, pero rima. Y quienes miran con ojo crítico los procesos históricos, y sobre todo políticos, deben estar atentos a cuando una serie de hechos y eventos comienzan a emitir fonemas similares a situaciones del pasado.

En la actualidad, al igual que en épocas anteriores, las democracias se fracturan y fracasan, esta vez no en manos de tiranos que capturan al Estado por medio de golpes militares o la vía armada, sino más bien por líderes electos, por presidentes (o primeros ministros) que dislocan la institucionalidad pervirtiendo los mecanismos que los condujeron al poder. Así, los enemigos de la clase política, estando incluso dentro de ella, han levantado banderas que interpelan a los desafectados e indignados, generando sintonía y vínculos expresados en votos. [1]

La democracia está en la encrucijada y los demócratas tienen un gran desafío, traducido en la defensa irrestricta de los valores de este sistema de gobierno y, con ello, de los derechos humanos. En esta dirección, frente a la emergencia de liderazgos con rasgos autocráticos y discursos polarizados, los actores moderados serán los llamados a generar una propuesta político-programática que concite el interés de la ciudadanía.

Peter Mair, en Gobernando el vacío, la banalización de la democracia occidental (2015), vaticinaba las consecuencias del desgaste de la tradicional democracia de partidos, argumentando que, debido a la creciente brecha entre gobernantes y gobernados (lo que ha derivado en partidos que han dejado de ser un vehículo movilizador entre demandas ciudadanas y soluciones de política pública), se ha facilitado la emergencia de discursos extremistas y populistas, de izquierda o de derecha, como alternativa paralela dentro del juego democrático.

En consecuencia, comienza a generarse un vacío que se cristaliza en desafección ciudadana hacia la clase política. En la misma línea, Daniel Innerarity, en La política en los tiempos de indignación (2016), declara que el problema de los indignados no tiene que ver con la política en sí misma, sino más bien con los malos políticos. La política lentamente ha dejado de expresarse en los espacios institucionales tradicionales y ha mutado hacia nuevas comunidades.

La promesa de la democracia liberal ha entrado en crisis y los populismos con rasgos autoritarios se levantan como opciones reales. En Europa, la crisis del Estado de bienestar, de la socialdemocracia, además de la resistencia a la globalización (defensa cultural), ha generado que discursos extremistas estén a la vanguardia. En América Latina, el mismo panorama tiene menos que ver con estos temas, pero sí con la corrupción en política, la captura de la institucionalidad por actores de interés, la falta de probidad y transparencia.

Con base en lo anterior, los discursos populistas cuentan con una estética que los dota de capacidad de alcanzar representación popular, distorsionando la realidad a través de la imposición de una nueva moral de lo bueno y lo malo. De este modo, la ciudadanía adopta estos discursos como opciones legítimas, lo que termina impactando en los procesos electorales y la elección de alternativas políticas.

Esta nueva moral le habla a la persona común con un relato compuesto por un lenguaje vinculado a la cotidianeidad, sin fórmulas alambicadas. Estas opciones se configuran como vía de solución a los problemas inmediatos de la población (falsas soluciones).

En este contexto, el desafío de fortalecer el centro está alineado con la defensa de la democracia. El reconocido jurista y filosofo italiano Norberto Bobbio, en Derecha e izquierda (1996), explicita que el centro asume un carácter vinculado a los intereses y valoraciones de los individuos, lo que implica que se esté pensando constantemente. En consecuencia, el centro político no es dogmático, sino más bien flexible y responde a estímulos que vienen desde los extremos. Desde una lógica dialéctica, el centro se constituye como la síntesis de una tesis y antítesis tensionadas entre sí, aprovechando las contradicciones manifiestas entre estas dos fuerzas en fricción, para levantar un discurso que se establece desde un estado de superación. Ello, solo si existen propuestas de centro al interior del juego democrático.

La construcción de un relato moderado es fundamental: propuestas atractivas y que hablen de cara a la ciudadanía, haciendo hincapié en que no existen respuestas fáciles a problemas complejos, principal falla de los discursos populistas (el todo lo puedo en política no existe).

Al final del día, fortalecer el centro político pasa por la generación de instancias de renovación política, donde las instituciones informales (reglas no escritas, principalmente culturales) operen en un nuevo lenguaje. Los problemas políticos, del estilo devolver la confianza a las personas, se resuelven con más y mejor política (y políticos).

Finalmente, Twain tiene un punto y es que, si bien la historia suena parecida, no necesariamente se repite, por lo que más allá de la emergencia de actores que reivindican discursos populistas y extremistas (como ya ocurrió en el siglo XX), siempre estará el centro político como alternativa de contención, ya que, tal como indica Bobbio, de los moderados es la democracia.

 

Nota

[1] Es el caso de Donald Trump (EUA), Matteo Salvini (Italia), Viktor Orban (Hungría), Hugo Chávez y Nicolás Maduro (Venezuela), Jair Bolsonaro (Brasil), Marine Le Pen (Francia), Heinz-Christian Strache (Austria), entre otros.