En momentos en que el vicepresidente electo por más del 50 % del electorado del Uruguay está por presentar renuncia formal a su cargo, debemos hacernos preguntas y saber decodificar si las respuestas a los problemas que se suscitaron son las correctas. De cada problema debemos aprender mucho, fundamentalmente para no volver a cometerlos.

Lo primero que debemos poner en el consciente es que un gobierno es una arquitectura y una ingeniería organizada para administrar el país, que deberá velar por los intereses generales y así poder resolver los problemas que se van presentando. Gobernar es también anticipar qué hacer para un mejor futuro de todos los habitantes de la patria. Esa arquitectura está en constante perfeccionamiento y adaptación a los tiempos que corren y también ello debemos tenerlo en cuenta. Finalmente debemos intentar poner la situación en su verdadera dimensión para no caer en falsos dramas.

La figura del vicepresidente en el Uruguay es relativamente nueva y de poco uso. Fue en la Constitución de 1934 que se creó y no se usó realmente por el voto directo de la gente hasta 1942. Desde 1952 y hasta 1967 y desde 1973 hasta 1985 no hubo vicepresidentes, en el primer caso porque gobernaba un colegiado, y en el segundo, por el hecho de que era una dictadura y esa figura fue dejada de lado. Fuera de esos largos períodos de inexistencia el Uruguay funcionó igual, y no solo eso, sino que fue una nación próspera.

Entonces, primer dato: el cargo de vicepresidente no fue y no es un engranaje imprescindible. En caso de ausencia del presidente, generalmente el presidente de la Asamblea General o el primer senador del partido del presidente se encargaba del gobierno.

Ahora, una vez creado el cargo de vicepresidente tenemos que saber que forma parte de una serie de símbolos y autoridades que la gente reconoce y es donde yacen la representatividad y el poder de un gobierno. A su vez, ellos son el ejemplo de la República y cada uno de sus actos, por ser personas públicas sujetas al escrutinio diario, requieren de un actuar modelo. Aquí es donde creemos que el caso particular de Raúl Sendic ha fallado y es la parte que la gente reclama. No por el tamaño del problema que lo acució últimamente, sino porque perdió credibilidad primero, por un título inexistente, y segundo, por la negación del mal uso de una tarjeta corporativa oficial para usos no previstos en su reglamentación.

Aunque estos dos temas son los que más llamaron la atención de la opinión pública, el problema de fondo con el vicepresidente se arrastra de una mala gestión en Ancap plagada de irregularidades y potencialmente también de actos de corrupción que están en manos de la justicia luego de una investigación propiciada por todos los partidos de la oposición. El cúmulo de problemas personales y de su gestión quitaron legitimidad ante la oposición, primero, la opinión pública luego y, finalmente, sus propios correligionarios frenteamplistas.

El propio Frente Amplio ha manejado el caso de Raúl Sendic de la manera más pública y mediática de todos. Tal vez la caída en las encuestas y las constantes quejas de militantes históricos de la coalición gobernante quitaron la veda de crítica y señalamiento a compañeros. Sí debemos reconocer que el final, con su anuncio de renuncia, no fue la mejor señal por la falta de responsabilidad e institucionalidad que esta presentó; al menos terminará con una constante presencia en los medios seguramente esta semana misma.

Lo correcto hubiese sido que Sendic renunciara ante la Asamblea General o el cuerpo del Senado y en conferencia de prensa asumiera cuáles responsabilidades le correspondían a él, cuáles a otros, cuáles a su propio partido y cuáles al propio funcionamiento del Estado; y así, entre todos, pudiéramos corregir lo que funcionó mal y salir frente a la gente preocupados por la administración de los recursos que nos proveen con sus impuestos y demostrar que seguimos teniendo un sistema político sólido y maduro, capaz de afrontar sus problemas de una manera correcta.

Los problemas son oportunidades y cuando a los políticos la opinión pública nos permite su atención debemos tener la capacidad de dar los mensajes explícitos e implícitos correctos, porque de nosotros depende la credibilidad y la confianza en que radica nuestra autoridad y representatividad.

Una vez más creo que perdimos una oportunidad, pero no es momento de pasar facturas de unos partidos a otros, ni tampoco de esconder las cabezas debajo de la tierra. Es momento de dar la cara y decir con voz clara que la democracia y sus instituciones están sanas y sólidas, y que el Uruguay sigue siendo un faro donde muchos países posan sus miradas para tener una referencia.

El Uruguay fue, es y será un gran país también por cómo reacciona a las adversidades. Déjenme hacer una alusión a mi querido Partido Nacional, «defensor de las leyes», al cual siempre encontrarán en los momentos difíciles porque es el partido que los uruguayos buscan para que ponga a sus mejores hombres y mujeres, ideas y sueños. En este nuevo capítulo, una vez más tienen al Partido Nacional y a mí en particular con la mano tendida para consolidar y fortalecer al Uruguay y sus instituciones.

 

Verónica Alonso | @Veronica_Alonso
Uruguaya. Licenciada en Relaciones Internacionales (Universidad ORT) y magíster en Integración y Comercio Internacional (Universidad de Montevideo). Senadora por el Partido Nacional