Del opio de los intelectuales

¿Por qué tantas figuras talentosas de las ciencias sociales y las humanidades, del periodismo y de la literatura han sentido atracción por la izquierda antiliberal? ¿Por qué metas tan sensatas como una mayor inclusión social y una mejor vida para las mayorías llevan a personas que disponen de información y educación a apoyar regímenes como el de Nicolás Maduro en Venezuela, el de Miguel Díaz Canel en Cuba y el de Daniel Ortega en Nicaragua?

Imagen: pxhere.com

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Tal como indica Edward Said en Representaciones del intelectual (1994), este se vale la palabra para intervenir en el debate público, desde su condición de hombre o mujer de letras, proveniente del mundo académico o reconocido en calidad de especialista. Su responsabilidad ética y política se evidencia al pensar en su influencia en el mundo cultural, en la educación y en los medios. Siendo así, ¿por qué tantas figuras talentosas de las ciencias sociales y las humanidades, del periodismo y de la literatura han sentido atracción por la izquierda antiliberal? ¿Acaso hacer uso de las libertades de expresión, creación y de pensamiento no implicaría su defensa a todo evento? ¿Por qué metas tan sensatas como una mayor inclusión social y una mejor vida para las mayorías llevan a personas que disponen de información y educación a apoyar regímenes como el de Nicolás Maduro en Venezuela, el de Miguel Díaz Canel en Cuba y el de Daniel Ortega en Nicaragua?

Pareciera que la secularización de la vida social producto de la Ilustración condujo a una parte importante de la intelectualidad del siglo XX alrededor del mundo a convertir al marxismo en un sustituto de la religión. El marxismo se trataba de una teoría omnicomprensiva que le concedía al pensamiento un lugar preponderante en la política y se presentó a sí misma como una ciencia de la historia, en una época de prestigio de la actividad científica, capaz de analizar el pasado y el presente de la sociedad en función de su futura transformación. Semejante vocación prometeica sedujo a gente de genio en los cinco continentes hasta inducir incluso a la ceguera. Independientemente de la importancia y estatura intelectual de pensadores como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, tan extraordinarias dotes no les impidieron colocarse al servicio de la propaganda del estalinismo, obviando así los hechos sobradamente probados de la dictadura de carácter policial que hizo estragos en la Unión Soviética. Numerosos académicos y pensadores de renombre alrededor del mundo hicieron exactamente lo mismo no solo con la extinta URSS, sino con China, Cuba o Venezuela. Semejante suspensión voluntaria del juicio contrasta con la crítica implacable a la que han sido sometidas las democracias liberales occidentales por quienes a su vez defienden regímenes autoritarios.

En el siglo XX pensadores, académicos, escritores y periodistas fueron seducidos por la izquierda; parte de ellos se distanció del comunismo en sus distintas versiones, no dejando por ello de perseguir la esperanza revolucionaria en cada nuevo experimento social en América Latina, Asia o África. Otros simplemente optaron por distanciarse política y filosóficamente de la izquierda no liberal para convertirse en sus críticos. A finales del siglo XX y en el siglo XXI, la izquierda antes marxista ha mutado en una despiadada crítica a Occidente, considerada en términos de imperialismo, racismo, voluntad de poder presentada como saber y en políticas identitarias suspicaces respecto al individuo y las libertades individuales.

La verdad y el conocimiento han sido sometidos a esta lógica, con lo cual las humanidades y las ciencias sociales viven un impasse producto de su sometimiento a una izquierda que está funcionando de manera hegemónica y excluyente. Un caso sobresaliente es el del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), que funciona como el brazo académico del Foro de San Pablo, impidiendo así la necesaria pluralidad teórica, política y metodológica que debe privar en el mundo académico.