EcoParque Industrial de Flores, del discurso a la acción

En el Uruguay, como en la mayoría de los países de América Latina, el problema de los residuos tiene dimensión nacional pero se resuelve localmente. Claramente las soluciones referidas al reciclaje y la disposición final están localizadas en aquellos territorios que poseen conciencia ambiental, y sobre todo capacidad para implementar acciones efectivas, convergentes y permanentes.

 

«Solamente el ser humano tiene la facultad de concebir lo ideal
y añadirlo a lo real». E. Durkheim

En el caso concreto del reciclaje, el departamento de Flores viene recorriendo su propio camino y se destaca en el contexto de la región. Lo que comenzó siendo una pequeña planta de tratamiento (pelletización) de envases de agroquímicos (en épocas del boom sojero) se convirtió ahora en la empresa ancla de un ecoparque industrial destinado a ofrecer infraestructura y servicios para la radicación de nuevos emprendimientos. Este parque de empresas de reciclaje fue concebido en la Dirección de Promoción y Desarrollo de la Intendencia de Flores y cuenta ahora con financiamiento conjunto del gobierno local y del Programa de Competitividad Territorial de la Agencia Nacional de Desarrollo y la Oficina de Planeamiento y Presupuesto. Nuestros socios son el Centro Tecnológico del Plástico y la asociación civil Campo Limpio.

Desde que lo iniciamos, hace más de diez años, este camino no ha estado exento de dificultades; no obstante, y teniendo en cuenta que, como alguien dijo una vez, los obstáculos son cosas que las personas ven cuando dejan de pensar en sus metas, podemos decir que jamás perdimos de vista el objetivo de hacer de Flores un departamento referente en la industrialización de residuos plásticos, y promover así una economía circular, inclusiva y ambientalmente responsable.

Ahora bien, ¿cuáles han sido las claves de este trabajo?

En primer lugar, reconocer que desde lo local siempre es posible y necesario «hacer algo». Aun en situaciones donde las competencias de los gobiernos departamentales no estén claras en esta materia, hay que recordar aquello que decía Anthony Giddens en La política del cambio climático (Alianza Editorial, 2009) acerca de que muchas cuestiones ambientales deben ser planteadas de abajo hacia arriba, ya que «especialmente cuando actúan juntos, los dirigentes locales, regionales y municipales pueden ejercer una gran influencia en la política del gobierno central». Entonces, cualquier gobierno local que se precie de moderno y responsable no puede quedarse de brazos cruzados frente al problema de la basura, ni mucho menos esperar que la solución caiga de arriba. Hay que implicarse desde la base, pues a las causas ecológicas se suman los factores sociales y de oportunidades económicas que no se pueden seguir desperdiciando.

En segundo lugar, pasar de la sensibilización teórica a la actuación práctica. En la actualidad existen muchos seminarios, talleres, encuentros y capacitaciones vinculadas al tema medioambiental en general, y de los residuos en particular, lo cual se ha agudizado además con el surgimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero sucede que cuando estamos en un gobierno departamental nuestro trabajo no consiste únicamente en asistir a esas instancias formativas, sino que llega un momento en que debemos «tirarnos al agua» y pasar a la acción.

Nuestro trabajo es hacer que las cosas sucedan. Fue así que un día construimos un galpón, compramos máquinas, contratamos expertos, diseñamos una logística de recolección de residuos, los transformamos, identificamos negocios y creamos empleos decentes para quienes hasta entonces hurgaban en la basura. Se trata de una cadena de acontecimientos que sucede cuando hay voluntad política, capacidad técnica y recursos financieros y operacionales.

Con mucho orgullo podemos decir entonces que aquellos que antes parecían no tener otra ocupación que el informalismo de la basura, hoy son trabajadores de planta que han adquirido oficios, han conquistado derechos y han recobrado la autoestima.

En tercer lugar, ocuparse todos los días y por un largo período. Desarrollar estos emprendimientos no equivale a instalar una línea de montaje y sentarse a monitorearla esperando los resultados; por el contrario, se trata de un proceso de transformaciones y adaptaciones permanentes a una realidad que de por sí es compleja, cambiante e interdependiente. Por eso, todos los días hay que encarar limitaciones, entender problemas, buscar alternativas y hacer que las intervenciones sean eficientes y efectivas. Todo esto se torna difícil de explicar cuando todavía algunos organismos financiadores creen que las políticas públicas se implementan a través de marcos lógicos y proyectos cerrados, como si manejáramos «máquinas triviales», al decir de Edgar Morin.

Finalmente, este artículo no estaría completo si omitiera reconocer que aún hay materias pendientes en Flores, como lo son la disposición final, el tratamiento de efluentes de las empresas, la competitividad de los productos finales, y cada día que pasa se suman nuevos desafíos. Más incompletas aún estarían estas líneas si tampoco dijera que para resolver esas materias pendientes hace falta más inversión, más recursos humanos calificados, menos política sin propósitos y menos cortoplacismo. Solo así estaremos en condiciones de añadir lo ideal a lo real.