El origen de la palabra tan usada últimamente en las redes sociales es una incógnita. En la mitología escandinava, un troll es un ser fantasmagórico de características muy desagradables. En Suecia, las antiguas leyes utilizaban la palabra trolleri para denominar aquellas prácticas de magia que se ejercían con el objetivo de hacerle daño a otras personas. Al parecer, su significado no perdió vigencia en el mundo virtual.

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Troll | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Hoy se podría decir que un troll es un agitador a tiempo completo en el mundo digital y, particularmente, en el mundo de la política. En muchos casos, es un alterador del sentido originario de cualquier tema y un especialista en llamar la atención sobre sí mismo.

¿Es el troll hijo de la posideología? Varios analistas que estudian el desarrollo de la cultura así lo afirman —sin duda, avalados por la caída de los grandes relatos ideológicos de antaño—. La comunicación directa de los sitios en línea margina de alguna manera la retórica política destinada a persuadir a los ciudadanos. Un ejemplo de esto es Donald Trump, que trollea sus declaraciones o conferencias de prensa y prohíbe la participación de los medios, a los que culpa de difundir noticias falsas. Esos mismos medios son, todavía, incapaces de reaccionar siguiendo los actos o declaraciones del presidente así no hayan estado presentes. Y ello no hace más que postergar la objetiva discusión de una verdadera agenda política. Este fenómeno ha llevado a la inexistencia de un discurso político coherente y solo produce un simple impacto mediático. Como la polémica frase y título del libro Trump twittstar de Ann Coulter: «Si los demócratas tuvieran algo de cerebro, serían republicanos».

En muchas ocasiones, el troll tiene como ingrediente principal el de ser un atractivo vehículo de una mentira, y logra que mucha gente lo replique creyendo que es verdad.

Katherine Viner, directora de The Guardian, lo expresaba muy bien en un artículo: «Cuando un hecho empieza a parecerse a lo que tú crees que es verdad, se vuelve muy difícil para cualquiera advertir la diferencia entre hechos que son ciertos y hechos que no lo son».

El impulso que toman las burbujas de contenidos agrava el aislamiento informativo y logra que las informaciones rigurosas tengan menos crédito que las opiniones y las emociones personales. La verdad se ha vuelto algo secundario y permite que las emociones tomen el liderazgo y reemplacen a los hechos.

La cultura online ha hecho que muchas personas sean incapaces de distinguir entre realidad y ficción, y hoy casi todo es relativo. Se inventan historias todo el tiempo, ya no existe la verdad en toda la información que circula. Se puede ver cómo esto ensalzó a la posverdad.

Este creciente fenómeno ha generado una manera de hacer política que no se preocupa mucho por la demostración de sus promesas.

Los populismos hacen uso y abuso de esta técnica, pues cuentan con un poderoso aparato mediático y comunicacional que los apoya, y que hará todo lo posible por hacer que esas mentiras parezcan explicar la realidad o, al menos, que no se consideren falsas.

El abominable troll de las redes parece consolidado en una de las formas más nocivas de hacer política. Lo curioso es que en los países escandinavos, donde nació ese ser mitológico, tienen uno de los sistemas políticos más democráticos, que ha logrado dar un alto estándar de vida a sus pueblos digno de ser copiado.

 

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Consultor en comunicación política