El colapso de los mamuts

Los acuerdos multinacionales, vistos como grupos de países formando áreas de libre comercio, están cayendo. Los acuerdos país-país empiezan a multiplicarse.

Hubo un tiempo en que la globalización hacía soñar con grandes mercados sin fronteras, donde los bienes transitaban sin trabas generando riquezas por doquier.

Los países, enfrascados en los últimos tiempos de una guerra fría comercial que siguió a la política, ensayaban el lobby de la creación de bloques regionales en todo el Globo. Así, la ronda Uruguay del GATT aportó un entorno arancelario ideal para hablar un mismo lenguaje comercial (y arancelario) en todo el planeta ante el progresivo desmantelamiento de las barreras aduaneras, de acuerdo al catecismo creado un lustro antes.

El Estado de bienestar se guardó en el ropero y ser proteccionista fue un vocablo sinónimo de retrogrado, conservador o miope atado al pasado.

El sudeste asiático generó una sinergia que trajo una enorme transferencia de recursos y riqueza. China empieza a crear su pirámide de producción desde lo agrícola a lo industrial. La era Thatcher-Reagan aceleró procesos de privatización y el mundo cambió. El liberalismo galopa sobre la economía de mercado (triunfante sobre una desaparecida experiencia socialista real). En la cultura se manifiesta en la integración y el contacto de prácticas culturales: marcas, consumo de medios, valores, iconos, personajes, imaginario colectivo, costumbres, relaciones, etc.

La civilización se hace una. La progresiva y rápida digitalización de los soportes de comunicación reduce las barreras a la difusión mundial, haciendo de la cultura global una realidad audiovisual de masas.

Buen inicio, buenas noticias

El efecto derrame fue impresionante. Con una población mundial en franco crecimiento y con los problemas de distribución de alimentos y productos, de todas formas la liberalización de mercados generó oportunidades en países emergentes, una competencia con precios a la baja en países ricos, fondos para educación y salud.
Los índices de pobreza mostraron la pobreza disminuyó de casi el 60% al 20% en 20 años, con énfasis en África (al sur del Sahara) como en Latinoamérica, áreas comprometidas antes de 1980. ¿Qué hay de las grandes promesas? China cayó del 84% al 18%; en la India, del 80% al 42%; y en Brasil, del 17% al 8%.

La OMC, el FMI, el Banco Mundial y OCDE son el pelotón de avanzada de este nuevo tiempo.

La estrategia de las multinacionales que se sumaron dio sus frutos: con bajos niveles de aranceles, los centros de producción podían trasladarse a países con entornos fiscales y de costos más baratos.

La hora de los mastodontes

«Unidos en un bloque podremos negociar mejor frente a otros bloques. Además, hacia adentro, un área de comercio común favorece el crecimiento y el intercambio de bienes». Esa fue la premisa, tomando como ejemplo la Comunidad Económica Europea, de la creación de bloques económicos. El Mercosur (Latinoamérica), el NAFTA (Norteamérica), la Comunidad Andina de naciones (CAN), la Alianza del Pacífico, el Acuerdo Transpacífico, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), la Unión Africana y otros acuerdos transversales abrigaron a países en el afán de integrar un bloque para competir mejor.

Los bloques buscan configurar una unión aduanera, derivar a un mercado común y sumando una unión monetaria, configurar una unión económica.

Pirámide de Maslow y nuevos problemas

Los países, al igual que con las personas, a medida que solucionan problemas básicos se enfrentan a desafíos diferentes, producto de una nueva situación.

Integrar un bloque otorga un mercado ampliado, pero cierra automáticamente las puertas a negociar directamente con alguien de fuera. El bloque es atractivo si las economías de sus miembros son complementarias en muchas áreas. Pero si no es así, si hay repetición o superposición de oferta, el bloque negociará como tal, pero el mascarón de proa tendrá la bandera del país dominante dentro del bloque.

En segundo lugar, hay una progresiva pérdida de soberanía de los integrantes, que ven cómo negociaciones, pautas comerciales, comportamiento aduanero e incluso aspectos culturales o fiscales dejan de ser decididos por los gobiernos para tolerar la participación de organismos supranacionales.

En tercer lugar, se da una paradoja productiva. Lo ideal sería que cada integrante del bloque se especializara en determinados productos. Así se podría ofrecer un abanico de posibilidades. Pero si lo hacen, crean dependencia de las producciones de sus vecinos, pues ellos no las fabrican. Doble pérdida de soberanía y decisión, entonces…

A todo esto, agregamos tres problemas de hecho…

  1. La apertura se ha dado en un solo sentido, abriendo los mercados de los países emergentes o pobres, pero manteniendo cuotas de ingreso y aranceles altos en los bloques o países ricos. De esta manera, es posible que los ricos le vendan a los pobres, pero solo bajarán aranceles a productos fabricados por sus propias empresas asentadas en territorio de países emergentes que aprovecharon los bajos costos, no producción legitima de esos países.
  2. No se ha previsto que la transferencia de trabajo y métodos de producción a los países no ricos implica un choque cultural entre ambos. La homogeneización resulta negativa para los perfiles nacionalistas de otros países. ¿Por qué deberían adaptarse fácilmente los obreros indios al funcionamiento de una fábrica de alta tecnología norteamericana en Bombay?
  3. La apertura de mercados permitió a empresas norteamericanas, por ejemplo, en áreas de manufactura pesada, laboratorios o tecnología digital informática, la fabricación de partes en el exterior o bien instalar directamente las fabricas allí. Los productos finales, bajo licencia norteamericana, van a ese mercado a un costo menor (debido a globalización que permite aprovechar salarios más bajos, por ejemplo), pero supone que una porción de la oferta de mano de obra norteamericana no realiza trabajo alguno. Si es más barato producir afuera, ¿por qué hacerlo aquí? ¿Resultado? Una desocupación creciente en áreas de formación básica en los mercados de los países centrales. No pudieron sustituir las tareas tercerizadas a submercados y su propia mano de obra se encontró desplazada.

El proteccionismo sale del ropero

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca se indica como el comienzo de un empuje proteccionista a nivel global. Eso no es así. La corriente revisionista de la globalización existe desde su mismo comienzo, pero encontró su expresión masiva e incluso electoral durante la crisis griega del 2009.

La presencia china, moviéndose con buenos modales, pero con cero implicancias regionales, hizo más patente la necesidad de revisar posiciones, flancos débiles y peligros en el comercio internacional. El dumping chino es un sable que pende sobre un sinfín de cabezas, aunque nunca se haya expresado en forma tangible.

La recomposición rusa sobre los mercados energéticos del gas y la lenta pero segura decadencia de la oferta petrolera debido a la sustitución energética por la electricidad, alteró los equilibrios y puso nerviosos a los países en forma individual, quienes contagiaron a sus bloques.

La Unión Europea ve en Grecia, Portugal y España muestras evidentes de debilidad económico financiera, mientras el Brexit la deja a un paso de un ataque de nervios. Le vaya bien o no al Reino Unido, tenga razón o no, Europa verá separarse un cuarto de su PBI total, su central financiera y gran porcentaje de su influencia en varios países.

El Acuerdo Transpacífico (TPP) agrupa a once países pero solo cuatro lo han ratificado. La Unasur en América Latina desaparece por la falta de consistencia económica entre países que confundieron la ideología con el comercio. El Mercosur oscila entre una presencia nominal solo útil para el comercio interno y las ganas de acordar por fuera de sus dos economías pequeñas, fruto de la enorme asimetría de sus mercados. El ASEAN (sudeste asiático) solo ha acordado en temas de tránsito y seguridad de personas, sin ninguna pauta económica, financiera o comercial. El APEC (Asia y países del Pacifico) no tiene un tratado formal. Sus decisiones se toman por consenso y funciona con base en declaraciones no vinculantes. ¿Resultado? Nominal, ninguna transacción en 30 años. El NAFTA desapareció y Donald Trump, tal cual lo adelantó en su campaña, firmó un tratado bilateral con México en las condiciones que él cree mejores para la industria norteamericana. Canadá está en la fila para el próximo tratado, espejo del de EUA-México, seguramente.

Los mastodontes arancelarios, llamados bloques económicos o también mercados comunes demostraron ser solo castillos de naipes burocráticos, sin una real integración productiva.

Conclusiones

• La globalización solo fue utilizada por los países centrales para inclinar la balanza arancelaria.
• Esto solo transfirió tecnología (no conocimiento) a los países periféricos, manteniendo su dependencia sin avanzar en formación de personal.
• Con efecto boomerang, los países ricos no crearon actividades sustitutivas al exportar la fabricación, recibiendo creciente desempleo.
• No hubo en los bloques de países emergentes, debido a la paradoja productiva, ninguna complementación económica. Solo administraron comercio.
• La globalización cultural cambió paradigmas y el tránsito de personas, más el turismo, alejó a personal capacitado de las curvas de aprendizaje y estabilidad en zonas productivas. Los empleos fueron, «de paso», temporales.

Los países centrales, como era de esperar, al ver complicarse la logística, crecer el desempleo y recibir (por otras razones) olas migratorias que dificultan la economía domestica, optan por el camino seguro: elevar aranceles, repatriar los procesos de fabricación, priorizar materia prima local y fomentar una reactivación local vía impuestos decrecientes.

Queda en el debe, hacer una integración planificada, complementando económicamente las producciones y permitiendo desarrollo protegido de los países… Otra vez será…