El FMI y los olores

La memoria olfativa es —para legos como nosotros— un fenómeno misterioso, pero conocido. El perfume de los árboles en la primavera, el aroma de una torta recién horneada o la fragancia francesa de esa marca importada que usaba mamá nos transportan, sin escalas, a otro momento. La infancia, una tarde de lluvia con los libros de la facultad abiertos frente a nosotros, cualquier recuerdo que parecía borrado reaparece de pronto despertado por un olor particular. Así de poderosa es la memoria olfativa.

Movilización en Plaza de Mayo, 18.6.2008 | Foto: Presidencia Argentina

Movilización en Plaza de Mayo, 18.6.2008 | Foto: Presidencia Argentina

Claramente, se trata aquí de una memoria individual. Más aún: es esta una memoria íntima. Otras memorias son, por el contrario, sociales. O colectivas. De manera ejemplar, la memoria histórica de los pueblos se construye como un recuerdo colectivo. Un recuerdo que no exige siquiera la presencia efectiva de quienes lo recuerdan. La imagen del 25 de mayo de 1810, con el pueblo a las puertas del Cabildo y una profusión de paraguas bajo la lluvia pertinaz, es compartida por todos los ciudadanos que han asistido a la escuela primaria en el territorio de la República Argentina.

Lo interesante del caso —interés que esta misma imagen repetida en los textos escolares corrobora— es que no hace falta ni la presencia ni la veracidad para que el recuerdo se mantenga (de hecho, muchos historiadores afirman que es imposible que hubiera tantos paraguas por ese entonces en las tierras del Río de la Plata). Y tampoco hace falta que sea propio para que el recuerdo se mantenga con vigor.

Como en el caso de esa imagen, aunque de manera mucho más sutil (imperceptible y sorda), la memoria discursiva —que es también colectiva y social— conserva escenarios, escenas y actores que recurren encarnados en frases y palabras. Frases y palabras que, al decirlas (o al oírlas), nos trasladan (a veces, sin que nos demos cuenta) a otro tiempo ya vivido. O ya escuchado. Porque lo que se vive o es vivido por otros solo puede ser comprendido en la medida en que se dice. Y se dice con palabras. Y se evoca con palabras.

La historia que la Argentina ha construido en su vínculo con el Fondo Monetario Internacional y la sigla que lo representa está jalonada de episodios angustiosos: momentos de crisis económica, con su saldo de desempleo y de desconcierto. Y apenas nombrar al organismo —que, desde otra perspectiva, podría ser visto como salvador— dispara una red tácita de frases siempre asociadas a eventos que ensombrecen nuestra memoria colectiva: riesgo país, deuda, condicionalidades.

Una simple encuesta informal entre ciudadanos argentinos de más de 35 años confirma estas intuiciones. El recurso al FMI no se concibe como una solución eficaz y eficiente a un problema coyuntural. Se percibe, antes bien, como el manotón del ahogado que se aferra a un cocodrilo. O como la estrategia de algunas administraciones nacionales que no saben o no quieren probar una fórmula más amigable.

Y es que el pedido de crédito a una institución paternalista (como esta), que lo otorga pero exige obediencia, opera, desde luego, como una demostración palmaria de que las cosas —al menos en la economía— no están tan bien. Igual que no lo estaban cada vez que se recurrió a esta misma receta.

En concreto, el desembolso de divisas provenientes del FMI, dicen los encuestados informalmente, viene atado a un paquete de medidas que —al menos en lo inmediato— se traducen en malestar general. Achicamiento del Estado —hoy gran proveedor de fuente laboral—, suspensión de obras públicas, aumento de tarifas, privatizaciones. Y viene atado, también, al recuerdo de que muchas de esas medidas nos condujeron, hace menos de dos décadas, a una crisis monetaria que terminó en el corralito.

Los psicólogos dirían que no hay dos situaciones idénticas. No estamos hoy ni como estábamos al principio ni como estábamos al final de los años noventa. No estamos como estábamos al final de la convertibilidad. Pero los argentinos sentimos que el FMI presentifica un tiempo ya vivido, en carne propia o por televisión. Un tiempo doloroso, ya sufrido.

Si, como afirma Jean-Jacques Courtine, el lenguaje es el tejido de la memoria, no hay manera de evitar que los recuerdos despertados por la sigla FMI construyan una trama de fantasmas y zozobra. Que nos dejen, en la boca, un gusto amargo. Y la impresión de que algo huele mal en el ambiente.