El populismo y la política de la salvación en América Latina*

* Este artículo obtuvo el primer premio en el concurso de artículos breves «El populismo en América Latina» organizado por Diálogo Político en 2017.

Hans Memling (1466-1473). El Juicio Final. Museo Nacional de Gdánsk.

Hans Memling (1466-1473). «El Juicio Final». Museo Nacional de Gdánsk.

El populismo en América Latina imita la representación cristiana de la salvación del pueblo dentro de una narrativa apocalíptica. El éxito de este relato habla de los retos de la democracia liberal en la región. No parecen ser claras las características que un fenómeno político ha de presentar para ser llamado populista; sin embargo, este se ha implantado como sustantivo con relativa facilidad en el lenguaje con el que tanto los medios de comunicación y los académicos como distintos grupos políticos se refieren a cierto tipo de sucesos en la política contemporánea. Generalmente, la calificación de un fenómeno como populista es un mecanismo ambiguo de reprobación política, puesto que parece señalar implícitamente la manipulación emocional de las masas, como también la exacerbación de las emociones para lograr una polarización entre el pueblo y la élite, donde el pueblo resulte siendo el actor virtuoso y la élite la responsable por los agravios a este. No obstante, fuera de estos rasgos generales no hay claridad sobre otros criterios propios de los fenómenos rotulados como populistas que permita agruparlos en esta categoría sin entrar en polémica respecto de cuándo efectivamente se incurre en estas causales.

La pregunta por el impacto del populismo en América Latina sugiere preguntarse por la definición de este y, si bien hay acuerdos implícitos que ayudan a definir el tipo de fenómenos que son llamados populistas, en la práctica la dificultad comienza con la emergencia de un gran número de juicios que señalan a algunos fenómenos como tales y con la subsiguiente discusión sobre si tal categorización es acertada.

Este artículo tiene como propósito exponer un mecanismo conceptual alternativo para definir el populismo y exponer la manera en que el fenómeno se ha dado en América Latina. Esta propuesta resuelve las dificultades de corte epistemológico que ha traído la pretensión de conceptualizar clásicamente el populismo [1], a través de una definición de este como un concepto metafóricamente estructurado donde la figura central es la de un salvador que narra la realidad política en términos de un escenario apocalíptico contra el cual él ha de luchar para guiar al pueblo a una nueva era.

El populismo es una categoría porosa que se enfrenta a las consecuencias epistemológicas de su antigüedad, es decir, a la intromisión en él de características que a la luz de los fenómenos contemporáneos que son llamados populistas parecen ser irrelevantes pero que en los primeros tiempos del concepto fueron definitivas. Tal es el caso de la asociación del populismo con políticas proteccionistas o socialistas en América Latina, como lo proponen Dornbusch y Edwards (1990).

En la mayoría de los casos, el populismo, como clasificación de prácticas políticas, es intercambiable por otros conceptos como el paternalismo, el caudillismo o el nacionalismo; sin embargo, parece que es la carga normativa peyorativa lo que justifica su asignación. A pesar de ser una categoría peyorativa, el populismo se asigna solo a un cierto tipo de fenómenos; es decir, no basta con la consideración negativa del proyecto político, sino que este además debe reunir ciertas características para llamarse populista. La pregunta radica en cuáles son esas características.

La naturaleza de este concepto invita a abandonar la exigencia de establecer fronteras claras [2] a su alrededor, y más bien a proponer la búsqueda de un modelo que sirva como imagen orientadora de los rasgos que explican por qué cierto tipo de fenómenos se encuentran dentro de la discusión.

Un mecanismo para encontrar esta imagen es el de los conceptos metafóricamente estructurados, teoría según la cual los conceptos están relacionados con los fenómenos que describen a partir de representaciones cognitivas metafóricas, donde se genera una estructura para conceptualizar de forma abstracta. Esta teoría parte de la idea de marcos mentales, los cuales son estructuras cognitivas a partir de las que se organiza la representación que hacemos de los fenómenos y por ello definen la validez o no de un comportamiento (Lakoff, 2006; Scheufele, 1999).

Según esta teoría, la imposición de un marco mental en una situación específica puede darse a través de construcciones metafóricas que pueden conducir a correspondencias mentales entre elementos de un marco y elementos de la situación (Schwartz, 1992; Nubiola, 2000).

En este orden de ideas, las metáforas sirven para designar reglas de inferencia en el uso de un concepto. Un ejemplo presentado por Schwartz es el enunciado de que el tiempo es dinero; allí, por medio de la representación del tiempo como dinero, y con base en la valoración del dinero dentro de un marco mental, se infiere un juicio (a saber, no perder el tiempo) que solo tiene sentido bajo esa representación figurativa entre ambos términos.

Ahora, hay conceptos cuyo uso —es decir, las categorizaciones de fenómenos como ejemplos de ellos— solo tiene sentido si se asume que lo que reúne ese número de casos ejemplificantes es su similitud frente a un caso prototípico y no ante una serie detallada de características que han de cumplir integralmente. El populismo parece ser uno de estos conceptos.

Los líderes de los fenómenos prototípicamente tildados de populistas comparten muchas características con figuras religiosas. Dentro de estas resalta el rol mesiánico, el rechazo a las instituciones previas a su aparición, la insistencia en la construcción de una nueva era, así como la convicción implícita en sus prácticas, estilos y discursos [3] de que su obrar real o proyectado constituye un quiebre definitivo en la historia. [4]

El populismo incorpora estos elementos religiosos con una narrativa distinta que posibilita que un discurso populista se diferencie de uno religioso. Esa adaptación especial que hace el populismo tanto de los componentes apocalípticos como de la figura del mesías está articulada en una narrativa democrática que en virtud de su amplitud conceptual les permite estar involucrados.

En el caso de América Latina esta forma de hacer política ha sido especialmente exitosa. Ello puede explicarse en tanto en esta narrativa se activan ciertos marcos cristianos, los cuales permiten generar un relato cercano a los grupos que se representan a sí mismos como víctimas de otros. Además, este tipo de representaciones ayuda a fortalecer cierto apasionamiento político en relación con los líderes y con la figura de la nación, que en otras formas de democracia que están en la región –como las liberales– pasan a un segundo plano, pues hay una separación importante de los afectos legítimos que pueden vincularse a la política. El caso de Getulio Vargas ilustra la narrativa de la salvación presente en el populismo de América Latina:

«Más de una vez las fuerzas y los intereses contra el pueblo se coordinaron y se desencadenaron sobre mí. […] Mi sacrificio los mantendrá unidos y mi nombre será nuestra bandera de lucha. Cada gota de mi sangre será una llama inmortal en su conciencia y mantendrá la vibración sangrada para resistir. Al odio respondo con perdón. Y a los que piensan que me derrotan respondo con mi victoria. Era un esclavo del pueblo y hoy me libro para la vida eterna. Pero este pueblo, de quien fue esclavo, no será más esclavo de nadie. Mi sacrificio quedará para siempre en sus almas y mi sangre tendrá el precio de su rescate». (Vargas, 1954)

La metáfora a la cual los casos prototípicamente tildados de populistas se acercan, involucra un escenario apocalíptico donde hay «un gran drama que reúne a ángeles, a demonios, a malvados monstruos y al pueblo de Dios en una colosal acción. En ella está implicada la raza humana, inevitablemente dividida entre los redimidos y los condenados» (Gray, 2008, p. 17). Sin embargo, lo central en esta narrativa es el salvador, quien, en una relación con el pueblo que traspasa los límites institucionales, se ocupa de ejecutar la acción heroica que conduce a una nueva era donde los conflictos ocasionados por la parte opresora han de desaparecer por siempre y se reivindica el auténtico pueblo. Allí destaca la convicción de que es posible una salvación definitiva por medio de la supresión de ciertos actores. El énfasis está en la lucha, proyectando de esta forma un estado donde siempre se está a la expectativa de la gran batalla.

El impacto del populismo en América Latina puede medirse por la molestia que este crea, la cual a su vez parece darse por la manera especialmente iliberal con la que este concepto busca disciplinar la empresa de la democracia. Las formas políticas normalmente tildadas de populistas suponen como democráticos rasgos como la homogenización de los actores, la supremacía de la identidad colectiva sobre la individual y la confrontación con base en identidades totalizadas que evitan los matices en la caracterización y la conciliación de posiciones diferentes, y que son especialmente reactivas cuando se hacen variaciones en la representación del verdadero pueblo. [5]

El populismo en América Latina puede explicarse por cierta nostalgia frente a los cuerpos colectivos de identidad nacional y un rechazo implícito en la cultura política a las formas burocráticas y tecnocráticas que descuidan la construcción de comunidades imaginadas [6] y reivindican al individuo al punto de reemplazar con este la figura del pueblo homogéneo. El prescindir de los cuerpos unificados que sobreponen la identidad colectiva sobre la individual para la constitución del Estado nación puede ser el proceso que genera resistencias reivindicativas de visiones iliberales de la democracia. La perspectiva populista supone claras oposiciones morales y, al tiempo con su pretensión de construir una nueva era idílica, se enfrenta a las consecuencias humanitarias de suponer que a través de un proyecto revolucionario los conflictos en la sociedad humana pueden ser extinguidos.

 

Bibliografía

Anderson, B. (1993). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo. México: FCE.

Dornbusch, R., y Edwards, S. (1990). «La macroeconomía del populismo en América Latina», El Trimestre Económico, vol. 57, n.º 225, pp. 21-162.

Fairclough, I., y Fairclough, N. (2012). Political discourse analysis: A method for advanced students. Oxford: Routledge.

Gray, J. (2008). Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía. Barcelona: Paidós.

Lakoff, G. (2006). Whose freedom?: the battle over America’s most important idea. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux.

Nubiola, J. (2000). «El valor cognitivo de las metáforas». En Pérez-Ilzarbe, P., Lázaro, R. (eds.). Verdad, bien y belleza. Cuando los filósofos hablan de los valores. Cuadernos de Anuario Filosófico, n.º 103, pp. 73-84.

Sartori, G. (2012). Cómo hacer ciencia política. Lógica, método y lenguaje en las ciencias sociales. Madrid: Taurus.

Scheufele, D. (1999). «Framing as a theory of media effects», Journal of Communication, vol. 49, n.º 1, pp. 103-122.

Schwartz, A. (1992). Contested concepts in cognitive social science. Berkeley: University of California.

Vargas, G. (1954). Carta-testamento. Río de Janeiro.

 

[1] Se entiende por definición clásica la ofrecida por Sartori (2009), en que se les exigen a los conceptos límites claros tanto en intención como en extensión. Esta exigencia trata de eliminar la polémica en la categorización de los casos definiendo un grupo específico de estos que correspondan a la categoría, puesto que cumplen una serie de condiciones estipuladas en el concepto.

[2] El establecimiento de dichas fronteras es útil para evitar el problema de la categorización pero ello en este caso no es posible, pues los criterios con los que normalmente se dice que un fenómeno es populista, como los de responsabilidad o manipulación, son ampliamente interpretables.

[3] Categoría retomada de Fairclough y Fairclough (2012).

[4] Ejemplos prototípicos que reúnen esta imagen son la narrativa de la comunión entre el peronismo y los descamisados, o el carácter de quiebre histórico definitivo que el chavismo otorgó al socialismo del siglo XXI.

[5] En América Latina, a diferencia de otras formas de populismo, este verdadero pueblo del populismo puede ser representado como uno especialmente plural; sin embargo, lo es en un sentido distinto al clásico liberal, pues su pluralidad no supone la totalidad de la población sino una sección de ella, que normalmente es la de los marginados.

[6] Categoría retomada de Anderson (1993).

 

Laura Toro Arenas (Medellín, Colombia, 1995)
Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad EAFIT y Filosofía en la Universidad de Antioquia, Colombia.