En 2017 se conmemoran 25 años de la firma de los Acuerdos de Chapultepec, la culminación de un complejo proceso de negociación que puso fin a más de una década de guerra civil en que la nación más pequeña de Centroamérica dejó cerca de 75.000 muertos en las conciencias de sus protagonistas. La pregunta que surge hoy es: ¿El Salvador ha alcanzado la paz?

Salvador Sánchez Cerén y un retrato del mártir Monseñor Romero. Foto: Presidencia El Salvador.

 

Para responder debemos considerar el contexto interno y el externo. El interno nos remite a un hervidero político, donde el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) enfrentó desde el formato de la guerra de guerrillas el autoritarismo dominante, que implicaba una estructura militar con fachada democrática que se remontaba a la presidencia de 1933.

Por otro lado, la guerra fría y sus consecuencias mundiales en la segunda mitad del siglo XX habían convertido a Centroamérica en un auténtico patio trasero de los Estados Unidos. Si la revolución cubana (1959) había creado un modelo y un canal de intervención para la extinta Unión Soviética, los Estados Unidos no dudaron en apoyar a dictadores y grupos paramilitares de extrema derecha, que confirmaron a la región como un catálogo de “repúblicas bananeras”.

Por eso la paz en El Salvador fue y sigue siendo relevante: se trató no solo de deponer las armas al tiempo que la confrontación bipolar entre capitalismo y comunismo llegaba aparentemente a su fin, se desmantelaba la Unión Soviética y caía el Muro de Berlín, sino que implicó una transición a la democracia. Como plantearon Philippe Schmitter y Guillermo O’Donnell en 1986, en un libro ya clásico de la ciencia política, “Transiciones desde un gobierno autoritario”, estos procesos abrían las puertas a “alguna otra cosa”, incierta, incluso a la democracia.

Y lo que existe hoy en El Salvador es una democracia. No hubo una restauración represiva a una dictadura o un nuevo ciclo que promocionara un régimen revolucionario, y al menos se sortearon los problemas de institucionalización del poder político que advirtieron Schmitter y O´Donnell. Es más, a 25 años los dos partidos nucleares, ARENA a la derecha y el FMLN a la izquierda, han institucionalizado un sistema de partidos y alternado el poder competitivamente, con la gran novedad de que el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén, es un excomandante guerrillero.

¿Y la paz? En 1991 dos terceras partes de la población vivían en la pobreza y la cifra se redujo a la mitad (34,5%). En 1990 su tasa de mortalidad infantil era de 60 por cada 1.000 nacidos vivos, de las más altas de la región, hoy reducida a tres cuartas partes. En 1992 la tasa de alfabetización de los jóvenes era inferior al 85%, hoy alcanza el 98%, gracias a un incremento del 40% en el gasto público en educación (aún bajo en torno al 3,5% del PIB). La combinación entre desempeño económico y políticas públicas progresivas ha hecho que se avanzara en el Índice de Desarrollo Humano a una tasa promedio anual de 1,02%, por encima de la media global de 0,73%.

Pero todo lo anterior se ve contrarrestado por un clima de violencia que no ha cedido, en el cual las pandillas de los Maras, expresión de los sectores sociales que no han logrado incluirse en el proyecto nacional, ejemplifican la marginación latinoamericana y ponen en aprietos a un Estado que aún es considerable como subdesarrollado y codependiente de las remesas internacionales que envían sus sacrificados emigrantes, las cuales alcanzan al 18% del PIB. No queda duda: la democracia y la paz, logros innegables y meritorios, aún están por consolidarse en El Salvador.

 

José Cepeda | @sinclair_simon_
Colombiano. Periodista y politólogo