“Europa es nuestro futuro, nuestro destino”, decía Kohl, muy citado en las últimas semanas. Y esta referncia parece más actual que nunca. En tiempos de globalización, y también de populismo y terrorismo, Europa debe demostrar unidad y fortaleza.

La Unión Europea (UE) fue pensada por sus fundadores Robert Schuman (Francia), Alcide de Gasperi (Italia) y Konrad Adenauer (Alemania) ante todo como proyecto de paz. Después de las experiencias del siglo XX nunca más deberían marchar jóvenes a la guerra unos contra los otros. La economía sería un medio fundamental para el acercamiento creciente. En este contexto, Europa debe ser mucho más que un espacio para el libre comercio. Sin embargo, la institución otrora tan fuerte está debilitada.

Egoísmos nacionales pasan juntos al primer plano. La sociedad es percibida como unión para lograr ventajas individuales. A esto se agregan los intentos de extremistas que provocan miedo a través de ataques al estilo de vida occidental. París, Londres, Bruselas o Berlín no fueron las únicas ciudades de Europa que tuvieron que enfrentarse con sentimientos de impotencia y consternación. La pregunta sobre el “por qué”, surge inevitablemente. ¿Qué debe suceder dentro de un ser humano para que cometa atentados que cobren vidas inocentes? Una religión mal utilizada por fundamentalistas puede ser convertida en una suerte de lucha cultural que fomente enemistades y amenaza la convivencia pacífica justamente en estados con un alto porcentaje de migrantes.

Aparte: en los últimos años una crisis siguió a la otra. Después de la bancarrota de Grecia y la acalorada discusión sobre su permanencia o exclusión de la UE o de la unión cambiaria, siguió la crisis de los refugiados. Solamente en 2015 llegaron cientos de miles de personas a Europa, desterrados de sus países de origen por guerras, hambre y enfermedad.

Con ellos aparecieron nuevos idiomas y nuevas costumbres. Lo desconocido alarmó a muchos y dio impulso a los populistas y derechistas en Europa. Hasta hoy algunos países de la UE se niegan a reconocer que la superación de los flujos migratorios a nivel mundial constituye una tarea colectiva, a la que no habría que negarse por egoísmos nacionales.

En julio de 2016 el pueblo británico decidió finalmente dejar la UE. Por un momento Europa estuvo en estado de shock. Muchos habían temido un resultado muy justo, pero pocos habían contado con que el resultado pudiera finalmente ser el Brexit.

La mala situación en Europa fue reconocible también en la lucha electoral en Francia. La populista de derecha Marine Le Pen y su Front National lograron una movilización masiva de votante antieuropeos. Pero en esta ocasión fue solamente un susto y finalmente fue elegido presidente Emmanuel Macron, un convencido europeísta. Él, conjuntamente con Angela Merkel quiere fortalecer el eje franco alemán y darle así un nuevo impulso a Europa. También fueron alentadores los resultados en Austria y los Países Bajos, en los que los populistas tampoco lograron imponerse.

A menudo se dice que Europa debe defenderse mediante sus valores. Y los críticos se preguntan si Europa realmente tiene valores. ¿No será que los países europeos son demasiado diferentes como para poder hablar de valores comunes? Por supuesto que persisten diferencias que ni siquiera el más europeo de los europeos quiere eliminar. Sin embargo, la UE fue fundada sobre principios que sí pueden ser vistos como valores compartidos. En los Tratados de Lisboa dice literalmente que “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías.”

En este punto, Europa puede estar orgullosa. “La unidad alemana y la europea siempre estuvieron juntas tanto para Konrad Adenauer como para Helmut Kohl”, decía Bill Clinton en la ceremonia funeraria del ex Canciller Federal. Llegó el momento de que todos los estados y todos los ciudadanos de la Unión Europea tomen conciencia al respecto. Europa no entierra, sino que fortalece valores. Y solamente en forma conjunta los estados europeos podrán enfrentar y resolver los desafíos globales, como el terrorismo y el cambio climático, así como la resistencia al libre comercio.

Una señal prometedora la constituye el movimiento “Pulse of Europe” en el que ante todo gente joven defiende la Europa unida de los ataques populistas. Durante demasiado tiempo la Unión Europea fue difamada como monstruo burocrático con reglas que nadie necesita. Mientras tanto la idea europea original ocupa otra vez el primer plano: Europa es un proyecto por la paz y solamente una unión firme de sus 500 millones de ciudadanos estará en condiciones de persistir frente a un comercio globalizado y defender así los valores europeos.

 

Katharina Fietz
Alemana. Estudiante de economía y practicante en la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo

Traducción de Manfred Steffen
Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo