El sueño imposible

Como cada mañana en la vivienda en donde se encontraban ya despiertos diez niños, la canción empezó a sonar. Y, como cada mañana, el padre dibujó un rictus en su rostro irlandés, entre la sonrisa y el sentido de la responsabilidad.

Los niños querían que su padre presentara su candidatura en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1968. Él quería ser leal al presidente Johnson, militante también del Partido Demócrata. Pero, entonces, la voz de Don Quijote emergía desde El hombre de La Mancha, el musical de Dale Wasserman, para recitar: «Soñar, lo imposible, soñar/ vencer al invicto rival/ Sufrir el dolor insufrible/ Morir por un noble ideal». Y, finalmente, cuando Johnson renunció a la reelección, el 16 de marzo de 1968, Robert Kennedy presentó su candidatura.

La más bella campaña política de la historia comenzó entonces. Sin estructura, con voluntarios que aparecían de manera espontánea, y multitudes que pretendían tocar al senador por Nueva York, que en la noche cerraba su jornada con los brazos arañados, las mangas de la camisa rotas y manchadas de sangre, rodeado por el entusiasmo de los estudiantes, pero también de los mayores, de las minorías, especialmente hispanos y afroamericanos, de los trabajadores… Una campaña en la que, él mismo era consciente, podía morir. Cuando en la tarde del 4 de abril de 1968, en plenas primarias de Indiana, conoció la noticia del asesinato de Martín Luther King, preparó apresuradamente un discurso que giraba en torno a un concepto esencial en la política y en la vida: el de compasión. La vida como pasión por la otra y por el otro. La vida como pasión compartida. La certeza, que tenía ya el maestro de Sainte-Colombe, de que la existencia carece de sentido si no es vivida apasionadamente.

El 5 de junio de 1968, tras imponerse en las decisivas primarias demócratas de California, vaciaron el cargador de un revólver en su cabeza cuando atravesaba la cocina del Hotel Ambassador de Los Ángeles. Bañado en su propia sangre, sus últimas palabras fueron: «¿Está todo el mundo bien? ¿Ok?». No llegó a conocer a su undécima hija. Muchos de sus hijos nunca corrieron por la mañana hasta su dormitorio, o le consultaron sus dudas escolares, o celebraron con él sus cumpleaños o, simplemente, pudieron hablarle. Pero sus hijos, y toda mi generación, crecimos con su testimonio de cristiano comprometido con el bien común. Y recordamos los versos finales de El sueño imposible: «Luchar, por un mundo mejor/ Perseguir, lo mejor que hay en ti/ Llegar, donde nadie ha llegado/ Y soñar, lo imposible, soñar».