El tiempo y nosotras, contra tres

Ayer fue el Día de la Mujer. Este año la prensa —sobre todo la española— le ha dedicado especial centimetraje a la fecha. Se ha promovido con fuerza una huelga para reivindicar nuestros derechos y exigir igualdad. Los artículos son interesantes, las posturas ocupan distintos espectros de radicalidad y todas invitan a la reflexión.

Participantes del Campus KAS «Mujeres y medios de comunicación», Colonia del Sacramento, Uruguay, marzo de 2018 | Foto: KAS Montevideo

Participantes del Campus KAS «Mujeres y medios de comunicación», Colonia del Sacramento, Uruguay, marzo de 2018 | Foto: KAS Montevideo

Comparto con ustedes tres ideas que me han surgido sobre esta fecha.

Primero, la relación entre conciliación y redes de solidaridad. Anne-Marie Slaughter escribió el ensayo Las mujeres no lo pueden tener todo (The Atlantic, 2012). El título era —y es— sugerente, sobre todo viniendo de quien fue directora de Políticas Públicas del Departamento de Estado de los Estados Unidos y logró escalar importantes posiciones de poder.

Slaughter describe su itinerario personal y concluye que las redes de solidaridad son fundamentales para que las mujeres podamos congeniar nuestras metas profesionales con las personales. El testimonio honesto de quien fuera decana de la Escuela Woodrow Wilson en la Universidad de Princeton me reafirmó una idea sobre la que he venido reflexionando especialmente este año, cuando estoy dedicada a mi tesis doctoral y es mi esposo quien ha estado al frente de los asuntos del hogar. La conciliación es posible cuando los maridos apoyan, cuando los hijos comprenden, cuando los compañeros de trabajo valoran, cuando las organizaciones multilaterales ofrecen oportunidades para el crecimiento académico y profesional a familias enteras, cuando la sociedad como un todo —con naturalidad— se vuelca a apoyar y cuando nosotras, libres de cualquier complejo de superioridad, pedimos ayuda con humildad y sabemos agradecer.

Esto me lleva a la segunda idea: los tiempos de la mujer. Hace unos días leí una frase acuñada por el rey Fernando de Aragón, quien estuvo casado con una gran mujer de Estado: Isabel La Católica. Decía el rey: «El tiempo y yo, contra tres». La frase, que alude al ejercicio de la prudencia en la acción política, funciona para explicar lo que quiero referir. Para nosotras el tiempo es distinto. El ciclo de nuestra vida fértil nos impone —sí, la naturaleza nos impone— unos itinerarios distintos. Si no queremos renunciar, debemos dedicar tiempo a la construcción de redes de solidaridad que luego nos permitan contribuir con esplendor en nuestros ámbitos de desarrollo profesional. Cuando hablo de dedicar tiempo me refiero a proteger el noviazgo, cuidar el matrimonio, atender a los hijos, acompañar a la familia extendida y cultivar las amistades. Sé que es difícil —he estado ahí—, pero el tiempo invertido en levantar nuestro refugio potenciará la fuente de energía que tendremos en el futuro, cuando las circunstancias nos permitan estar más tiempo fuera del nido y contribuir en nuestros ámbitos profesionales. El peor enemigo de esta idea, que no pretende ser universal, es la mentalidad inmediatista y acelerada de nuestros tiempos. La sociedad ofrece la ilusión de que se puede tener todo, de una vez, de manera inmediata. El deseo de conciliar nos obliga a entender que nosotras vamos al ritmo de nuestra vida y en la medida en que los empresarios, el Estado y la sociedad lo comprendan, será más sencillo avanzar sin renunciar. Por eso: el tiempo y nosotras, contra tres.

La tercera idea se refiere al futuro: la familia como escuela de solidaridad que promueve la conciliación. Como les comenté, este año mi familia y yo estamos en Alemania dedicados a mi tesis doctoral. Dedico al menos ocho horas diarias al estudio y mi marido, con desprendimiento y a su manera, se ocupa de las labores del hogar y de los niños. Ha sido una experiencia extraordinaria. Los niños (tenemos tres: dos varones y una niña) ven cómo mamá va a la oficina y papá trabaja desde la casa, mientras es el capitán que lleva a buen puerto las exigencias del hogar. Vivimos en una armonía no muy ordenada, debo confesar, pero marcada por la entrega al otro. Cuando nuestros hijos crezcan, especialmente los varones, verán con naturalidad que su esposa quiera crecer profesionalmente y quizás incluso la animen para que sea así. El testimonio de vivir en familia, ser parte de una red de solidaridad, entregarse al otro y gozar sus triunfos, sacrificarse en las cosas pequeñas, es nuestra contribución a una sociedad más abierta a la verdadera conciliación, aquella que nos permite ser mujeres íntegras capaces de ofrecer nuestros mejores aportes al país.

Estas tres ideas pueden parecer muy lejanas a la realidad de nuestra querida Venezuela. Sin embargo, quisiera pensar que no está tan lejos ese país en donde habremos superado la miseria y los debates cobrarán este talante. Donde las mujeres dormirán tranquilas porque sus hijos van a la escuela, porque sus maridos las respetan y tienen un empleo digno, porque sus padres no se mueren por falta de medicinas, porque ellas mismas pueden —y deben— trabajar sin desatender el hogar. En fin, donde la vida confronta sus dificultades naturales y existe un horizonte abierto de posibilidades.

 

Paola Bautista de Alemán | @paoladealeman
Licenciada en Comunicación Social, UCAB. Magíster en Ciencia Política, Universidad Simón Bolívar, Caracas. Directora de la Fundación Juan Germán Roscio y vicepresidente de la Asociación Civil FORMA