¿Es posible el bien común en lo diverso?

Este interrogante nos interpela como humanidad en el siglo XXI.

Congreso de la Nación, en Buenos Aires, Argentina | Foto: Pixabay.

Congreso de la Nación, en Buenos Aires, Argentina | Foto: Pixabay.

El bien común es posible en tanto y en cuanto se dé completa oportunidad a la mujer de intervenir como agente de cambio en diferentes ámbitos de influencia, en un marco de plena inclusividad que transversalice los espacios, estructuras e instituciones mundiales, incluidas las condiciones culturales que una sociedad construye.
Es oportuno mencionar un párrafo del Noticiero DC, que expresa: «[…] la realización del bien común simultáneamente implica la justicia, la seguridad, la defensa del interés general, el respeto y la protección de la persona y sus derechos»

Por el contrario, es impensado el desarrollo del bien común en un marco desclusivo y desclasista para la mujer.

Amerita, entonces, hacer un poco de historia respecto a los derechos políticos de la mujer en Argentina después de la gran conquista que fue el voto femenino, como marco referencial que le otorga sentido a la presente.
Los partidos políticos fueron creados en un contexto de estereotipo cultural predominante de liderazgo masculino (clásico patriarcado).

En 1991 se aprobó la Ley de Cupo Femenino, que permitió que al menos un 30 % de las listas para cargos legislativos nacionales sean ocupados por mujeres. Si bien esto posibilitó una mayor y más activa participación al permitir la diagramación de una agenda cualitativa y cuantitativa inclusiva, paradójicamente terminó convirtiéndose en un techo y no en una plataforma de intervención plena de la mujer en estos espacios. En 2017, el Congreso de la Nación sancionó la Ley de Paridad de Género, que se hará efectiva a partir de las elecciones de 2019. Esta ley impone que el 50% de las listas a cargos electivos y partidarios sean intercaladas entre hombres y mujeres, desde el primer candidato titular hasta el último suplente.

De esta manera se ve reflejado el principio de paridad de género, en consonancia con el espíritu de la Constitución Nacional que compromete al Estado a impulsar acciones positivas que garanticen la igualdad real de oportunidades entre los sexos. Si bien el panorama es optimista respecto de estas medidas, ya que claramente la mujer podrá intervenir en la mesa chica de negociación en los partidos políticos, no debemos olvidar que estos siguen siendo círculos predominantemente masculinos, donde las listas generalmente son encabezadas por hombres. La mujer podrá seguramente influir en la agenda política nacional, pero lamentablemente esta iniciativa solo se circunscribe al ámbito legislativo (diputados, senadores y parlamentarios del Mercosur), y queda al arbitrio o buena voluntad del gobierno de turno el incorporar a las mujeres a sus cúpulas de poder.

Aún hoy el sistema patriarcal persiste y es un tremendo obstáculo para la evolución de la sociedad, de los partidos políticos e incluso de las instituciones privadas (donde por idiosincrasia se replica el modelo), en términos de efectiva pluralidad participativa.

Un gran desafío se presenta a quienes ocupen las bancas en el 2019: dar respuestas libres de prejuicios, incorporando una agenda de género, con políticas públicas de cuidado, protección y de bien común, con el fin de mejorar la vida de manera sostenible para las generaciones futuras.

La sociedad del conocimiento produce efectos significativos en la vida, el trabajo y el modo de entender el mundo. La mujer evidencia actitudes y aptitudes para afrontar, con coraje y competencia, los requerimientos de las transformaciones sociales del siglo presente.