La transición de España a la democracia aún arroja lecciones.

Toledo (España), elecciones generales del 15.6.1977

Toledo (España), elecciones generales del 15.6.1977. Foto: Magica, vía WikiCommons

La democracia liberal posee algunos fundamentos que vale la pena no olvidar. Uno de ellos, como lo recordó Robert Dahl en su clásico Poliarquía (1971), es un principio asociado a la libertad: el derecho a participar y a oponerse. Y este se refleja, de manera esclarecedora, en un segundo pilar de la convivencia democrática, la celebración de elecciones libres y competitivas.

España conmemora el 15 de junio de 2017 cuarenta años de sus primeras elecciones libres desde los tiempos de la Guerra Civil (1936-1939), lo que significó la concreción de la transición a la democracia y dejó atrás justamente cuarenta años de dictadura franquista. Esas elecciones, que encajan en lo que el politólogo brasileño Bolívar Lamounier denominó Opening Elections, permitieron tres cosas decisivas: recuperar la libertad, construir un nuevo gobierno de manera democrática y abrirle el camino a una nueva Constitución (1978).

¿Qué lecciones nos deja el caso español a cuatro décadas de su recuperación democrática? Aunque el tema ya ha sido estudiado a fondo —véase, por ejemplo, Transiciones desde un gobierno autoritario, de Guillermo O’Donnell y Phillipe C. Schmitter (1986)—, listemos algunos puntos que aún arrojan luz tanto al panorama europeo como al latinoamericano, o incluso a los de otras latitudes.[1]

  • Las elecciones se realizan tanto en gobiernos autoritarios como democráticos pero solo las celebradas en contextos de libertad son verdaderamente legítimas y legitiman un gobierno.
  • Hay que distinguir entre derecho electoral, sistema electoral y autoridad electoral. El primero nos indica quienes tienen derecho a elegir y a ser elegidos; el segundo, la metodología que usamos para convertir votos en escaños; y la última refiere la organización que garantiza el desarrollo transparente de los comicios y el conteo de los votos.
  • Sin libertad y competitividad electoral no hay democracia. Por eso podemos llegar a distinguir el grado de competitividad que alcanzan las elecciones —si es que se realizan— y el tipo de gobierno que producen: democrático, autoritario o totalitario.
  • El grado de libertad reflejado en las elecciones refleja a su vez el grado de pluralismo. Por eso desconfiamos de los sistemas monopartidistas y preferimos al menos los bipartidistas.
  • La celebración periódica de elecciones libres y competitivas suele ser signo de sociedades respetuosas de sus fundamentos constitucionales, de los derechos humanos, la libertad de prensa y expresión, y de la libertad de sus componentes por elegir la mejor forma de desarrollarse.
  • No existe una receta única para provocar el derrumbe de la democracia, ni para su recuperación. Por eso debemos aislar sus variables y analizarlas en cada contexto.

A cuarenta años de su recuperación democrática España nos sigue ofreciendo un importante contraste para el análisis transicional. El país superó el autoritarismo, recuperó el funcionamiento de la monarquía parlamentaria, estableció una nueva Constitución y el modelo de comunidades autónomas, ingresó formalmente a Europa y despegó económicamente. Y este impulso le ha alcanzado —con virtudes y defectos— para enfrentar los problemas venideros hasta el presente. Si el tema pareciera cosa del pasado, solo imaginemos lo que falta por hacer en nuestra región en países como Cuba, Nicaragua o Venezuela. El orden es alfabético, la urgencia es la misma.

 

[1] Para los interesados son recomendables las enseñanzas de otros destacados académicos como Giovanni Sartori (La democracia en 30 lecciones, 2008) o Dieter Nohlen (Sistemas electorales y partidos políticos, 1994).
José Alejandro Cepeda | @sinclair_simon_
Periodista y politólogo