Inmigrantes en Chile: callar, soportar, sufrir el racismo

Dos estudios recientes del Instituto Nacional de Derechos Humanos y de la Universidad de Talca arrojan que mayoritariamente los chilenos consideran que ser «blanco» es un valor moral. ¿Por qué y frente a quién se ven así?

Inmigrantes en Santiago de Chile

Inmigrantes en Santiago de Chile

Estos resultados develan la comparación que los nacionales establecen con inmigrantes llegados de nuestro continente y con pueblos originarios frente a los cuales se sienten «superiores». Esta percepción, que hace revivir la vacía palabra «raza», necesita ser examinada y reflexionada, pues el hecho de desalojar del cuerpo a la propia historia demuestra que la carencia de conocimiento sobre nosotros puede autorizar el maltrato hacia otra persona por su origen, color, condición económica o género. No debemos olvidar que la historia chilena contiene a la esclavitud, el mestizaje, la pobreza y las guerras que buscaron destruir a quienes poblaban la nación antes de la llegada de quienes se arrogaban su conquista.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, en un contexto de crisis social, se buscó constituir el nuevo «nosotros» proveniente de la búsqueda de identidad nacional que incorporaba la figura de la «raza chilena» para consolidar el mito de la homogeneidad de la nación. Nación y «raza» se anudaron en la figura del «roto chileno», que daba cuenta de una base étnica y de un fenotipo construido después de la guerra del Pacífico. Se apostaba al cruce de dos razas «biológicamente puras» de carácter patriarcal y guerrero: los godos de España y los araucanos, como una manera de incorporar al «otro» dentro de un «nosotros» que se percibía culturalmente europeo y blanco. La configuración de distintas versiones de la identidad chilena ha mostrado que los procesos migratorios han jugado en ella un importante rol, pues la inmigración no es un fenómeno nuevo y tiene distintas facetas, por ejemplo, aquella que el Estado promovió con el fin de aumentar el número de europeos, colonizar los territorios del sur, traer el progreso y «mejorar (blanquear) la raza». El racismo moderno se funda en la idea de «raza» que en Chile proviene de la colonia y de la constitución de los Estados nación. Careciendo de estatus científico, se afirma en un «orden» biológico y adquiere fuerza en las características de acontecimientos políticos o económicos como, por ejemplo, los desplazamientos mundiales de inmigrantes.

La «raza» vincula características físicas con características culturales y morales de las personas a partir de representaciones, valores y normas que construyen al inmigrante como una figura «peligrosa, invasora o contaminante», una elaboración ideal, que consigue que el racismo actúe a nivel emocional como un discurso que argumenta y justifica la violencia de sus prácticas.

A la fuerza de la «raza» se suma la xenofobia, aquella debilidad y sentimiento que, al atribuir superioridad absoluta a las normas y valores de la comunidad blanca-europea, puede conducir a comportamientos violentos que se agravan cuando hay acuerdo social para el despliegue de odio, temor, hostilidad y rechazo hacia ciertos extranjeros y grupos étnicos. La ideología racista remite a rasgos de «pureza», «superioridad» y «selección» que buscan jerarquizar las «razas» pretendiendo un carácter científico (que puede ser usado con fines políticos) basado en la creencia de que la naturaleza determina los rasgos culturales.

Actualmente Chile se ha convertido en un país de inmigración, debido a un sistema económico que atrae a trabajadores del continente cuya situación, por diversas razones, se ha precarizado en sus países. Sin embargo, y a pesar de su aporte, sus presencias son cuestionadas y su vida en Chile se vuelve en muchos casos peligrosa. Desde los años noventa han ingresado desde Perú, Bolivia y Ecuador, y en los últimos años, desde Colombia, República Dominicana, Haití y Venezuela. Contra ellos(as) se ha forjado una imagen negativa y se les ha responsabilizado de afectar el mercado laboral, los servicios públicos, las relaciones vecinales y las matrimoniales, estas últimas como consecuencia de una sexualización racializada principalmente contra las mujeres. Pero el inmigrante es un trabajador inserto en el orden económico mundial que mueve a la fuerza de trabajo precarizada del capitalismo neoliberal, por lo tanto, forma parte del trabajo y se sujeta al orden económico, solo que su condición implica connotaciones negativas respecto al lugar que tiene en la comunidad, dado que conforma un sujeto ajeno a lo «civilizado» y sobre el cual se inscriben los estigmas que naturalizan una «diferencia» basada en falsas ideas sobre la actual inmigración no deseada por los chilenos.

Estos últimos años hemos sido testigos de muertes y sufrimientos de inmigrantes a lo largo del país, principalmente en regiones, comunas y barrios donde las pobrezas se acumulan y las condiciones de vida se vuelven más insoportables en razón del hacinamiento, de alquileres extremadamente caros, de puertas que se les cierran debido a su origen, su color, o a su número de hijos. Estas situaciones se suman a la explotación laboral repetida y mantenida que puede llegar al extremo de delitos como la trata y el tráfico de personas. Al mismo tiempo, un mercado ilegal liderado por «coyotes» se organiza y se enriquece en las fronteras, vendiendo una imagen distorsionada de Chile para atraer a los inmigrantes hacia peligrosos recorridos de pasos minados y no habilitados, venderles visas falsas e ingresarlos para dejarlos repletos de temor, completamente desprotegidos y proclives a múltiples abusos en una vida que se llenará de experiencias traumáticas.

Es preciso una ley de migraciones basada en derechos humanos, pensada desde y con las personas inmigrantes, que admita la importancia de la igualdad y de la consideración que todo ser humano debe tener y, al mismo tiempo, educar, formar y capacitar a funcionarios públicos, profesionales y estudiantes sobre la historia de otros países, así como sobre la riqueza que la inmigración trae consigo. Simultáneamente, es preciso trabajar en el examen de nuestra historia, que desarme los mitos de nuestro origen. Debemos mirarnos al espejo y buscar en nuestro cuerpo, rostro y condición, todo lo que ha sido ocultado como vergüenza y estigma que favorece a un problema tan grave como el racismo y a las consecuencias que estos últimos años hemos visto en Chile. Se trata de humanidad, solo de eso.

 

Este artículo fue publicado originalmente en la revista «Migrantes», del Instituto Católico Chileno de Migración, INCAMI, en mayo de 2018.