El transcurso de las primeras décadas del siglo XXI plantea seis retos a los métodos de planificación y gestión de las políticas democráticas en América Latina.

El siglo XXI presenta doce retos a las políticas públicas que buscan un desarrollo en democracia para América Latina. En particular, seis son metodológicos, ya que desafían los métodos de análisis, diagnóstico, decisión, dirección, difusión y evaluación de las políticas democráticas.

1. Mejorar lo que hay y no empezar siempre de cero

Un gran vicio de nuestros gobernantes es ignorar lo que otros han hecho. Analizar lo que hay es una clave para mejorar y no empezar de cero.

La psicología política podría calificar a esta conducta (o inconducta) como el complejo del fundador. La inexplicable e injustificable tentación de empezar siempre de cero, de fundar y no de mejorar. El reto es describir, interpretar y criticar los planes y las actividades existentes, enmendar las eventuales fallas en los procesos de diseño o de gestión y, de esa manera, mejorar permanentemente, sin iniciar como si nada hubiera antes. El progreso es progresivo, implica construir sobre lo construido y no destruir lo existente para fundar lo nuevo.

2. Diagnosticar participativamente, sin cegueras

No sirve identificar problemas irresueltos sin formular soluciones posibles. Ignorar las políticas existentes es diagnosticar a ciegas.

A partir de un análisis crítico de las políticas existentes, antes de decidir hay que diagnosticar. Para eso hay que consultar a los actores y a los expertos, contrastando sus percepciones con las estadísticas. Diagnosticar implica identificar las necesidades a satisfacer, los problemas irresueltos y las causas pendientes. Pero, sobre todo, formular alternativas posibles. No sirve saber cuáles son las necesidades, los problemas y sus causas si no se proponen soluciones que sean viables y, en particular, que superen a las políticas existentes.

3. Decidir políticamente, sin improvisaciones

Tomar decisiones sin un diagnóstico es improvisar. Pero no tomarlas es desgobernar. La indecisión es el mal mayor de cualquier gobierno.

A partir de un diagnóstico participativo, antes de gestionar hay que definir una agenda gubernamental y, sobre esa base, formular los planes, programas y proyectos. Las chances de equivocar los rumbos se multiplican cuando las decisiones se toman sin un diagnóstico previo. Ahora bien, teniendo un diagnóstico a la vista, no decidir es no gobernar. El peor pecado de los decisores no es la improvisación sino la indecisión porque, de esa manera, deciden por el statu quo y se convierten en conservadores de lo que no saben si quieren conservar.

4. Dirigir productivamente, sin inercias

La productividad es posible en el sector público. Hay que ejecutar lo planeado y controlar la ejecución, para romper la inercia burocrática.

En contra de lo que muchos detractores del Estado sostienen como si fuera un dogma o una evidencia, la gestión de la cosa pública no está condenada a la ineficiencia y la ineficacia. Como tampoco la gestión privada está liberada de esos males en la dirección de sus planes y actividades. Es cierto que hay un comportamiento inercial de la administración pública, muchas veces empeorada por la improvisación o la indecisión de los gobiernos. El reto es vencerla, ejecutando lo que se planifica y controlando lo que se ejecuta.

5. Difundir con transparencia, sin demagogias

Los gobernantes que hacen propaganda de su persona, ocultan o engañan con recursos públicos prostituyen la comunicación gubernamental.

Porque la comunicación de los gobiernos y también de las administraciones públicas debe servir para que la sociedad en general, y particularmente los destinatarios, conozcan y entiendan cuáles son los planes y las actividades existentes, para aceptar o rechazar sus resultados. La comunicación de las políticas públicas es una obligación del Estado para trasparentar la gestión y hacerla cada vez más pública. Es indignante que algunos demagogos la limiten a tácticas de marketing para enmascarar la realidad o promocionar su figura.

6. Continuar lo bueno, a pesar del autor

Otro gran vicio de nuestros gobernantes es continuar o discontinuar planes y actividades existentes por sus autores y no por sus resultados.

Hay que rectificar este hábito tan negativo que no sabe de diferencias partidarias. Son los resultados y no los autores de las políticas los que deben determinar su continuidad o discontinuidad. No importa si los antecesores fueron de otro partido político. Si las políticas que ellos pusieron en marcha dieron buenos resultados en términos de satisfacción social y aceptación ciudadana, hay que continuarlas. Tampoco importa si los antecesores fueron del mismo partido. Si sus políticas no dieron los resultados esperados, hay que discontinuarlas.

 

José Emilio Graglia | @JEmilioGraglia
Politólogo y jurista. Doctor en Derecho y Ciencias Sociales (UNC), en Gobierno y Administración Pública (UCM) y en Política y Gobierno (UCC). Presidente del Instituto de Ciencias del Estado y la Sociedad, Córdoba, Argentina.