El fallecimiento de Helmut Kohl, el Einheitskanzler alemán, nos recuerda la falta de referentes en estos tiempos de cinismo, pero también la posibilidad de la voluntad humana y la trascendente heredad de la política humanista.

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Quise ver a Helmut Kohl. Yo, entonces un joven estudiante suramericano de pasantía en el extranjero, no podía desaprovechar la oportunidad. Un compañero de residencia, becado como yo y que venía de la ex-República Democrática Alemana, no deseaba utilizar su boleto a una recepción que la embajada alemana daba al canciller de visita en esas tierras. Era mi oportunidad de ver a una figura admirada y definitoria en la vida de quienes crecimos en los ochenta y noventa.

Es cierto que, tras la muerte, queda en quienes sobrevivimos recordar la grandeza perdida. Muchas veces se trata de un gesto amable, pero en este caso nos encontramos ante una figura colosal —figurativa y literalmente— de la política democrática del siglo XX.

Es la vida de Kohl un testimonio y una herencia del fundamento democrático del Estado alemán tras la Segunda Guerra Mundial. Emergido de un origen humilde, ascendió tanto académica (fue el primer miembro de su familia en lograr un título universitario) como políticamente en la defensa de la libertad alemana.

Se enroló en la juventud de la Unión Demócrata Cristiana casi a partir de su fundación y ayudó vivazmente a sus líderes a sacudir el espectro de la vieja política alemana para la forja de un partido político moderno. Su tesis doctoral, sobre la reconstrucción de los partidos en el Palatinado, recogió esta experiencia.

Llegó joven al gobierno de Renania-Palatinado, en 1969, y con un celo reformista social se proyectó como líder emergente en la larga oposición de la CDU a la coalición socialista-liberal de los setenta. En esa oposición forjó también un sentido de pragmatismo y moderación propio de las democracias más maduras.

Su cancillería coronó el esfuerzo histórico de la reunificación, realizada sin revanchismos y con la confianza del mundo en que Alemania recuperaba plenamente su tradición humanista, nunca exenta de contratiempos, abriendo los brazos a los hermanos del Este. Con ese esfuerzo, profundizaba los lazos que reunirían a Europa, otrora atravesada por las viejas heridas.

No era un tiempo fácil, y la ruinosa situación de Alemania del Este requirió sacrificios de comprensión y apoyo, similares a las de las potencias industrializadas de Europa frente a las naciones menos aventajadas de la región en la adopción del Euro. Sacrificios que hoy juzgan injustamente algunos como un fardo sobre el destino de Europa, pero que fueron la valiente asunción de un principio de justicia.

Los últimos años de Kohl fueron tocados por el escándalo de financiamiento de la CDU, ante el cual mantuvo una posición de respeto institucional sorprendente incluso para las democracias avanzadas. Asumió el retiro de manera constructiva, siempre atento a las amenazas al ideal europeo y a la democracia.

Finalmente, mi amigo decidió ir a la recepción en honor a Kohl, y nunca pude verlo. Pero su perfil se proyecta en la grandeza y la perfectibilidad del reto democrático del presente. Como ha dicho la canciller Angela Merkel, «Llevará tiempo hasta que nos demos cuenta de lo que hemos perdido con su partida».

 

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas