La otra cara de la corrupción

Lo que desde la academia suele denominarse pesimismo antropológico, aplicado al discurso sobre la corrupción, es el mejor aliado para sembrar la desesperanza y difundir la idea de que las cosas no pueden cambiar. Se favorece, así, a aquellos a los que la corrupción arroja mayores beneficios.

Presidente Enrique Peña Nieto en el Senado de la República | Foto: Presidencia de México, vía Wikicommons

Presidente Enrique Peña Nieto en el Senado de la República | Foto: Presidencia de México, vía Wikicommons

En México es fácil recordar el discurso en el cual el presidente saliente Enrique Peña Nieto dijo que la corrupción era algo cultural. Posteriormente, el acto en el cual, en medio del año más violento en la historia reciente del país, se le entregó al ex secretario de Hacienda una pintura al óleo con un retrato de sí mismo. Si bien ambos episodios generaron polémica en la opinión pública, probablemente pocos pensaron en la posibilidad de establecer una relación entre ellos. Es probable que, contrario a lo que se suele pensar, el discurso de Peña Nieto y el acto de la pintura de Luis Videgaray no sean episodios de mera ceguera ante lo que sucede en el país. Es decir, no son únicamente producto del abismo entre los ciudadanos de a pie y la realidad paralela en que vive una élite intocable.

Ningún discurso político es ingenuo. Por el contrario, todos tienen un objetivo muy concreto: imponer una narrativa, un relato del statu quo. Sin embargo, para imponerse exitosamente, todo relato necesita proyectar algo particular como universal, disputando el sentido común de la mayoría. Cuando esto sucede logrando apelar al sentido común, se beneficia siempre más a un grupo determinado.

Lo que desde la academia suele denominarse pesimismo antropológico aplicado al discurso sobre la corrupción, es el mejor aliado para sembrar la desesperanza y difundir la idea de que las cosas no pueden cambiar. Se favorece, así, a aquellos a los que la corrupción arroja mayores beneficios. El pesimismo antropológico, basado en una serie de ideas a priori del comportamiento humano —«el ser humano es malo por naturaleza», «el hombre es un lobo para el hombre», «los mexicanos son corruptos»— funciona como un instrumento que logra transmitir la idea de que las acciones de los individuos tienen que ir en una dirección determinada. Partiendo de la premisa de que se trata de cuestiones innatas, se siembra la idea de que es algo difícilmente modificable. Por tanto, además de ofrecer un diagnóstico, el pesimismo antropológico aplicado a la corrupción propaga la idea de que la corrupción no solo es algo normal, sino difícilmente corregible.

Si la corrupción es algo indefendible en todas las esferas sociales, probablemente resulte una verdad de Perogrullo que quienes se benefician más de lo público para satisfacer intereses personales serán los más interesados en convencer de que se trata de una cuestión de orden cultural. Por consiguiente, en los países en los que la corrupción se ha convertido en —o ha sido siempre— una manera habitual de hacer las cosas, la corrupción puede ser parte de una estrategia para maquillar los medios a través del cual las más altas esferas logran perpetuarse en el poder.

Por consiguiente, cuando un discurso político busca difundir la idea de que la corrupción es de orden cultural, resulta útil entender a la corrupción ya no exclusivamente desde su vertiente económica, moral, social o jurídica, sino política: una forma de gobierno que ayuda a que quienes gobiernan no tengan que presentarse a las elecciones.

La idea de que hay poco que hacer al respecto no solo vuelve hegemónico el discurso de la corrupción en beneficio de unos pocos, sino que incorpora a la opinión pública una lógica que resulta incompatible con la idea de democracia. A final, la democracia ha sido concebida como un modelo que permite la autocorrección. Un sistema imperfecto, incompleto, que otorga la posibilidad de cambiar el rumbo de las cosas en beneficio de la mayoría sin necesidad de tomar las armas. De ahí que no se trate de una mera casualidad que quienes recurren al pesimismo antropológico como estrategia discursiva no suelan tener buena relación con la democracia.

Referencias

Beauregard, Luis Pablo (19 de julio de 2016). «Peña Nieto pide perdón por la Casa Blanca», El País. Fecha de consulta: 2018, 2 de abril. En línea: ‹https://elpais.com/internacional/2016/07/18/actualidad/1468873279_561458.html›.

Micieli, Cristina (2002). «El pesimismo antropológico y la fundamentación de la teoría del Estado en Hobbes y Schmitt», Tópicos. Revista de Filosofía de Santa Fe, vol. 10, pp. 93-120.

Mouffe, Chantal, y Errejón, Íñigo (2015). Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia. Madrid: Icaria.

«Meade destapa a Videgaray pero en retrato» (23 de agosto de 2017). Político. Fecha de consulta: 2018, 2 de abril. En línea: ‹https://politico.mx/minuta-politica/minuta-politica-gobierno-federal/videgaray-ya-forma-parte-de-la-galer%C3%AD-de-palacio-nacional›.

«La corrupción es un asunto de orden a veces cultural, insiste EPN en Foro Económico» (7 de mayo de 2015). Sin Embargo. Fecha de consulta: 2018, 2 de abril. En línea: ‹http://www.sinembargo.mx/07-05-2015/1337708›.

 

Cristian Márquez Romo (1989). Estudiante del máster en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Salamanca, España. Licenciado en Ciencias Políticas y Gestión Pública por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), México. Becario del Instituto de Iberoamérica, miembro del consejo de redacción de la revista América Latina Hoy.