El término posverdad, adoptado por los países anglosajones, ha llegado para quedarse a América Latina, instalada desde hace siglos en la dinámica de la simulación, el realismo mágico y la política ficción. La proliferación de medios masivos y redes no comprometidas con la verdad ha abierto la puerta a noticias, encuestas, imágenes, símbolos, historias y una innumerable cantidad de formas simbólicas abiertamente falsas, que se presentan como verdaderas.

Imagen: Pixabay

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En la era de la posverdad se revela la política inauténtica que basa su lógica en una extendida simulación: las denuncias proliferan ante sistemas políticos que legitiman sacrificios bajo el supuesto interés nacional, destruyendo el fin superior de la política: la búsqueda, construcción y consecución del bien común, que se expresa en leyes, instituciones, obras y acciones que posibilitan la mejora continua de la población.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en una crítica a nuestra contemporaneidad, disecciona una película norteamericana en la que el sistema de justicia se fundamenta en una serie interminable de mentiras: todos mienten, el héroe porque se oculta detrás de una máscara, el fiscal porque pretende ser el héroe para salvar al héroe, el jefe de policía porque finge su muerte; al final, el único personaje que dice la verdad es el villano.

Para los griegos, la verdad se expresaba en la relación entre el ser y el no ser: verdadero es el decir que mediante enunciados afirma que lo que es, es. La democracia ateniense se sustentaba en instituciones fundamentales: la existencia y vigencia de reglas ampliamente compartidas (nomos); el principio de que las leyes debían valer por igual para todos y no admitir excepciones (isonomía); la instauración del derecho de todos a hacer uso de la palabra (isegoría), de tal forma que, en un ambiente de libertades plenas (eleuthería), las personas se atrevieran a decir la verdad (parresía).

La verdad deslumbra, tiene como atributo esencial la luminosidad. Se da en el ámbito de lo transparente, de lo visible; es cierta claridad que ilumina la razón. La posverdad es antiquísima: Edipo buscaba conocer la verdad de la peste que asolaba a Tebas, pero la revelación de la verdad fue de tal forma brutal e insoportable que el de los pies deformes tuvo que cegarse y vagar ciego por el mundo conocido.

Edipo es el primer parresiarca de la historia, que se atreve a buscar la verdad pero que, ofuscado por ella, la niega. La parresía consiste en el decir verdadero, en todo momento y a pesar del costo que esto implique, sin detenerse ante posibles represalias. La democracia ateniense floreció cuando se puso en práctica, de manera cotidiana, el ejercicio de la parresía; pero cuando Sócrates fue acusado y condenado por tener el coraje de decir la verdad, la democracia cedió su sitio a la demagogia, a la simulación democrática que permite que los intereses de unos pocos se impongan sobre las justas demandas de las mayorías.

En estos tiempos de lo políticamente correcto, en los que la máquina para fabricar consensos ha dejado de funcionar (Zizek), el hablar verdadero ha cedido su lugar a la apelación directa a las emociones y a lo políticamente correcto. Lo que se está perdiendo en la era de la posverdad es el proyecto de la razón que comunica, gran esperanza de la Ilustración: si la verdad ya no es posible, porque los sistemas políticos se basan en la mentira sistemática, entonces cualquier consenso se ha roto.

En el medio de la posverdad, la política —arte supremo que consiste en ponerse de acuerdo sobre lo justo y lo injusto basados en el poder del lenguaje, según lo afirmó Aristóteles— se inclina ante la degradación de la palabra: cuando la palabra deja de tener valor, cuando no se puede jurar ni afirmar sin dar pie a sospechas interminables, la democracia llega a su fin y deviene demagogia, engaño, simulación.

Las promesas improvisadas y populistas reiteradas hasta el cansancio han causado un hartazgo social hacia la clase política. La no realización de los ideales de campaña y la transformación del gran candidato en pésimo gobernante han lesionado el presidencialismo continental, degradando a la política y desprestigiando a partidos que hacen política en el nuevo milenio con estructuras e ideas del siglo pasado. Hoy la vacuna contra la posverdad consiste en recuperar el valor de la palabra y atreverse de nuevo a decir la verdad: que la palabra valga de nuevo y la verdad se manifieste, con todas sus consecuencias.

 

Javier Brown César | @JavierBrownC
Profesor en la Universidad Vasco de Quiroga, México. Articulista en la revista La Nación