50 años de la Primavera de Praga: socialismo y reforma

A medio siglo de una de las revueltas más significativas dentro del socialismo real cabe preguntarse acerca del legado checo para el pensamiento político contemporáneo. ¿Puede el comunismo reformarse?

Cuando las columnas de tanques soviéticos entraron en Praga, ante la gallarda y pacífica resistencia de la población checoeslovaca, se imponía un velo de acero sobre las reformas intentadas por Alexander Dubček. El líder comunista del país eslavo había iniciado desde abril un paquete de reformas conocidas como socialismo con rostro humano (‘socialismus s lidskou tváří’, en checo), intentando dar cuerpo a la ola de descontento y apertura económica y cultural que demandaba esa sociedad. Esta apertura, conocida como la Primavera de Praga, cumple cincuenta años, y nos sirve para recordar a los millones de víctimas del socialismo marxista, así como la tarea contradictoria de intentar aperturas desde aquel.

Checoeslovaquia (hoy dos Estados: Eslovaquia y República Checa o Chequia), fue uno de los pocos países del este de Europa donde la democracia parecía poder sobrevivir al autoritarismo de entreguerras, y donde parecía haber posibilidades de pluralismo bajo un sistema socialista. Si bien los comunistas y socialistas habían alcanzado el poder en 1948 con decidido apoyo soviético, había aún una importante sociedad civil de letrados, emprendedores y clérigos superviviente de los tiempos de la invasión nazi. Pero la imposición estalinista inicial asfixió esta iniciativa, generando presiones internas hacia una mayor participación y apertura.

El programa de Dubček, visto contemporáneamente, podía parecer bastante tímido: considerando que ya no había oposición esencial contra el socialismo checoeslovaco, podía pasarse a una etapa madura e independiente. En esta etapa sería menos necesaria la censura a la prensa y podían limitarse los comisariatos ideológicos, eran posibles las libertades de expresión y de tránsito, una mayor participación local en las decisiones del partido y el Estado, y mayores libertades de iniciativa económica, comercio y consumo. Así mismo, se buscaba un límite a la influencia política de los organismos de consejo, control, policía e inteligencia, así como de sus acciones represivas. En efecto, para la URSS era una posición inaceptable, ya que sacaba del juego a los consejeros soviéticos y a los cuadros locales fieles a Moscú, y disminuía también el poder central del partido comunista checoeslovaco KSČ.

La popularidad de las reformas no se hizo esperar pero, pese a la esperanza que suscitaban, estaban condenadas por una contradicción interna. Al indicar que se trataba de un socialismo con rostro humano, Dubček reconocía la rudeza de los veinte años de posguerra, si no la frialdad esencial de la arrogante planificación centralizada del modelo soviético. Sin embargo, al no romper con el ideal socialista en términos claramente democráticos, no consolidó suficiente poder para repeler la injerencia externa, con la cual no estaba enteramente decidido a romper. La lógica de control inherente al método marxista-leninista impone límites a cualquier ansia de apertura.

Por eso, para el socialismo soviético el loable y pacífico reformismo de la sociedad checoeslovaca era un reto inaceptable. Apoyado en la Declaración de Bratislava de los países signatarios del Pacto de Varsovia, la URSS inició la invasión e impuso lentamente el fin del breve gobierno de Dubček, quien fue retirado a otras labores burocráticas. La imagen de los estudiantes y civiles checoeslovacos debatiendo con las tropas rusas fue quedando en el olvido, a medida que se acrecentaba la represión «normalizadora». Actos heroicos, como la inmolación del joven Jan Palach o los artículos de Milan Kundera y Vaclav Havel, tuvieron más repercusiones en Occidente que en la propia Checoeslovaquia. Los socialistas checos fueron ejemplo discordante para muchos comunistas en Occidente, quienes se sacudieron en su fidelidad a Moscú, planteando reformas que los acercarían a la socialdemocracia y ayudarían a inclinarlos a las transiciones hacia regímenes abiertos. En el mundo socialista, la respuesta apuntó más a las críticas de otros modelos hacia lo que alternativamente era visto como anquilosamiento o revisionismo soviético. Los intentos de reforma interna posteriores se limitaron desde entonces a inconsistentes experimentos económicos, hasta el quiebre definitivo de mucho de estos regímenes dos décadas más tarde.

Con la Revolución de terciopelo de 1989, el propio Dubček volvería a cierta preeminencia política, recordado generosamente por su intento de cambio, pero sin poder canalizarlo hacia una simple reforma. Los checoeslovacos, así como todas las naciones de Europa Oriental, no querían ya el socialismo con rostro humano. Querían su libertad.