Se conmemora el bicentenario de Karl Marx, figura señera del socialismo, cuyo controversial legado adquiere relevancia ante la crisis de certeza global. ¿Es este un prestigio merecido?

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

La reputación histórica nunca es estática: viejas certezas están siendo desafiadas por los acontecimientos, y muchas ideas que parecían desahuciadas han regresado para llamar nuestra atención. El renacer del marxismo, aun en sus derivaciones posmaterialistas, es el ejemplo más poderoso de estos cambios.

A su muerte en Londres, rondando los 65 años, Karl Marx era discretamente conocido como economista y pensador sólo entre estrechos círculos del emergente movimiento obrero europeo. Al llegar al centenario, era el profeta doctrinario del ascendente régimen bolchevique, lo que le permitió difusión y relevancia global. Con el siglo de su muerte los regímenes que había inspirado llegaban a su apogeo de extensión y población en cuatro continentes, y eran sus obras lectura infaltables en los pensa de Occidente. Menos de una década más tarde, estos regímenes colapsaron o se reformaron de modo irreconocible para la ortodoxia, y las teorías del ideólogo de Tréveris parecían destinadas al olvido histórico (yo mismo, valga la anécdota, adquirí buena parte del marxismo de mi biblioteca en baratas de libros de segunda mano abandonados por sus viejos dueños durante mi época estudiantil).

Hoy, tras una década de la crisis económica global de 2008, y con el reto a nuestras viejas certezas democráticas, los libros de Marx regresan a los anaqueles, y sus consignas son vociferadas por juventudes y gobiernos radicales en emergencia, así como se remozan en los viejos regímenes del socialismo autoritario.

Parece poco probable que el prestigio de Marx desaparezca del todo, si el colapso del comunismo occidental y la crisis de los socialismos reales no lograron imponer esa moratoria. Después de todo, siempre se planteará que hay una distancia efectiva de realización entre las ideas del genio alemán —y su fiel amigo e igual ideológico Friedrich Engels— y la puesta en práctica de quienes le siguieron. Si revisamos la tragedia de Holodomor, la hambruna china del Gran Salto Adelante, los campos de la muerte camboyanos, la división coreana o alemana y el establecimiento de Estados policiales totalitarios sobre casi la mitad de la humanidad han sido atribuidos a las interpretaciones de Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot, Castro, Guevara o burócratas de partido extremadamente celosos. Pero lo cierto es que la ilusión de las teorías de Marx y Engels no solo contenía prescripciones para gobiernos autoritarios revolucionarios desde su origen, sino que partía de una doble falacia: que solo era posible mejorar la suerte del proletariado por medio de la planificación económica autoritaria y la confiscación forzosa de la propiedad, y que este criterio era científicamente irrefutable.

Marx comenzó su carrera, y su síntesis ideológica derivada del hegelianismo, el radicalismo francés y la economía política británica, como un liberal radicalizado que detestaba la sociedad reinante en su tiempo. No era esta una crítica infundada: la expansión de riqueza de la revolución industrial no siempre vino aparejada de las reformas políticas liberales, y estas rara vez amparaban a las enormes mayorías afectadas por el éxodo campesino y el cambio en las condiciones sociales. La indignación con que Engels describe la condición de los obreros de Manchester, o con que Marx habla de las fábricas inglesas, se explicaba ante una espantosa realidad. ¡Hoy podríamos evocarlos ante las condiciones de las fábricas de Shenzhén o las maquilas centroamericanas!

Sin embargo, ya en su tiempo estas críticas eran planteadas por comentaristas conservadores, liberales sociales, cristianos, socialistas y anarquistas, quienes no veían la necesidad fatal de imponer una dictadura proletaria para mejorar las condiciones de obreros y campesinos, y aparejadamente expandir la democracia electoral. De hecho, las concesiones a la expansión del sufragio, que Marx y Engels rechazaban como un aburguesamiento distractor, fueron el punto en que el revisionismo socialista partió hacia la social democracia moderna. No fueron los contemporáneos de Marx y Engels insensibles a la cuestión social, sino más bien promotores de diversas medidas de corrección a un sistema imperfecto, mientras las más audaces predicciones marxistas fueron quedando desmentidas.

En este sentido, la crítica al autoritarismo marxista no ha de verse como una impugnación al socialismo o al movimiento obrero, que en toda su variedad ideológica ha sido crucial en el establecimiento de nuestro Estado social de derecho, especialmente vigente ante los retos presentes. Quizás la lectura más crucial de la voluminosa heredad intelectual marxista consiste en su crítica a la alienación humana (hoy visible en nuestras interacciones por las redes y el cambio de nuestros esquemas de trabajo en la economía posindustrial), pero eso no hace inevitable ni necesario asumir la conclusión política del pensador alemán.

Empero, este riesgo permanece activo: mientras nuestros regímenes políticos no logren recomponer el contrato social que les da fundamento, más y más personas, y no simplemente minorías vocales, se verán tentados por la falsa ilusión de hacer justicia por medio de la violencia revolucionaria. El reto de las democracias está en mantener su vigencia popular sin deslizarse hacia la tentación autoritaria.

 

Guillermo Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas