* Artículo premiado con mención en el concurso de artículos breves «El populismo en América Latina» organizado por Diálogo Político en 2017.

 

Memorial de América Latina (San Pablo, Brasil) | Foto: Paulisson Miura, vía Flickr

Memorial de América Latina (San Pablo, Brasil) | Foto: Paulisson Miura, vía Flickr

La política implica necesariamente alimentarse de constantes vistas al pasado. La revisión de errores y aciertos puede ser un puntal para mejorar los proyectos de vida en común. Sin embargo, los tiempos políticos son diferentes a los de los individuos. Un par de semanas pueden ser suficientes para que una persona cambie el rumbo de su vida; las sociedades requieren de periodos más largos para reencaminarse. Esta precisión temporal nos puede poner alerta sobre la necesidad de forjar ciertas responsabilidades que superan la participación en elecciones y que van a desafíos de la convivencia, como el rechazo al establecimiento de modelos políticos peligrosos. Entre ellos, sin duda, está el populismo.

Aproximaciones sobre la dignidad

Uno de los logros de Occidente ha sido encontrar criterios morales que valgan para todos los hombres, superando barreras geográficas y concepciones religioso-espirituales, buscando valores que aspiren a la universalidad. El siguiente paso fue llevar estas nociones a sistemas políticos. La limitación y división del poder, el Estado de derecho, el respeto a las libertades y el establecimiento de derechos humanos representan avances centrales del pensamiento y la política. En la actualidad, la vida y su protección no se hallan en discusión; principalmente luego de la Segunda Guerra Mundial, el desafío apuntó a la profundización del respeto a la dignidad humana.

Si entendemos la dignidad humana como el derecho que tiene cada ser humano de ser respetado y valorado como ser individual y social, con sus características y condiciones particulares, al cual la política debe adecuarse, nos encontramos no solo frente a un valor, sino a un sistema de valores y contenidos filosóficos que ponen el acento en el hombre.

Peculiaridades latinoamericanas

Herencia del marxismo, la dignidad fue un constante tema relacionado principalmente a cuestiones económicas y de relaciones obrero-patronales. Así, la clase explotadora era directamente vinculada a la opresión y la ausencia de un trato digno, y el único ente capaz de reparar estas injusticias sería el Estado; y en su voz, sus acciones y proyectos no podría recaer ninguna clase de duda.

Este hecho no es menor, pues sentó las bases para que en nombre de reivindicaciones (algunas válidas y otras delirantes) y de la búsqueda de justicia social, se gestaran movimientos con fuerte apoyo popular, con características que trascienden a la demagogia habitual y que nos dan las primeras pautas sobre el populismo.

El caso que nos ocupa —Latinoamérica— es singular por varios motivos:

a. Su corta edad como sociedades organizadas de modo independiente. Las naciones de este lado del mundo surgen y en sus idearios se plasman elementos del mundo occidental (separación de poderes, la idea de derecho, los fundamentos de ciencia) y factores culturales arraigados.

b. Además de los gobiernos militares, América Latina fue escenario del despliegue de fuertes figuras caudillistas, cuya imagen permanece y se convierte en un objeto de disputa por el legado dejado entre sus correligionarios.

c. El rechazo a lo racional como forma de pensar y proceder en política. La evaluación acerca de los mecanismos para acceder al poder y de administrarlo.

En este contexto, aunque no es un sistema privativo de América Latina, vemos en las tierras en que el castellano se mixtificó, políticos y ciudadanía proclives a encumbrar y mantener regímenes populistas.

Principales tropelías

Lejos de hacer una radiografía de la infamia populista, la pretensión del ensayo es reflexionar sobre los efectos del poder acumulado por el populismo latinoamericano sobre la dignidad humana, agrupados y enumerados —mas no limitados— en los siguientes puntos.

a. Anulación del individuo

La primera consideración está relacionada a la naturaleza colectivista del populismo. En el afán de encontrar fuerza, la apuesta es por manifestaciones colectivistas, en ocasiones extremas: diversas layas de socialismo, el patriotismo exaltado y expresiones étnicas son las más empleadas.

Es una idea central para comprender las muestras de abuso pues, si la noción de individuo bien asentada y valorada no puede trabajarse con la idea del ciudadano, se deriva al hombre a un carácter gregario, ya sea del partido, de la comunidad, del gremio, de la nación. Sin la cobertura colectiva, en el populismo, un hombre solo no tiene valor. Problema capital, pues la dignidad es un requisito para desarrollar en plenitud la potencialidad del individuo en su ámbito personal y en su expansión en la vida ciudadana.

b. Relativización de la democracia

Una de las principales prédicas del discurso populista para atacar y avanzar sobre las instituciones republicanas es acerca de su ineficacia. Cierto es que es que el modelo de la democracia occidental y liberal no eliminó todas las injusticias, y que aún siglos después de las primeras declaraciones de derechos universales hubo expresiones de segregación racial y hasta de esclavitud. Sin embargo, el único marco en el que puede generarse cambios y mejoras de modo pacífico es precisamente en la democracia liberal.

Para el populismo, esto debe alterarse con reformas o revoluciones que pueden tener su origen en las urnas pero que se van distanciando. Se crean políticas y hasta órdenes jurídicos que van relativizando la democracia y, con ello, se arremete contra la separación de poderes.

Las consecuencias se expresan principalmente en el apartamiento de las minorías de los órganos legislativos, que prácticamente se vuelven apéndices de los Ejecutivos, olvidando que importantes porcentajes poblacionales optaron por representación diferente y que se hallan sin peso en la toma de decisiones que hacen a su futuro. La visión plural no encuentra sentido en el populismo.

En lo referente a poderes judiciales, la administración de justicia pierde la independencia. Sea por temor o por interés, desfila una larga lista de jueces con fallos que no se encuentran apegados a la ley. Esto afecta tanto a los tribunales bajos en la jerarquía judicial, en los que el ciudadano común deja de confiar por la injerencia del gobernante, como también los altos niveles de control constitucional, en los que se consienten y se da legalidad a actos de abuso y de permanencia en el poder más allá de los límites establecidos.

c. Los derechos perdidos y los beneficiados

Consecuencia de lo anterior, las garantías dejan de ser eficaces para la protección de los derechos. Se presencia encarcelamiento de opositores en la completa anulación del debido proceso y la presunción de inocencia, incluso con detenciones que bien podrían ser imágenes de las dictaduras. La persecución y seguimiento son constantes con el pretexto de la seguridad nacional.

Es paradójico que, en casos de corrupción, esa misma forma de administrar justicia opera dejando en la impunidad a otros. Escandalosos desfalcos y malversaciones de la cosa pública pueden notarse y no son sancionados ni con la agilidad necesaria ni con la total búsqueda de la verdad.

Ambas situaciones afectan la dignidad: la primera es por supuesto latente como expresión de atropello a los derechos fundamentales. En el caso de la segunda, hay un ataque a los recursos públicos que deberían destinarse a mejorar la calidad de vida de la sociedad, pero que se convierten en un botín cuyos saqueadores aprovechan durante largos periodos con la ausencia de fiscalización.

La repercusión económica. Como los modelos populistas ven a corto plazo, la conducción de la economía está orientada a satisfacer antojos particulares y dar gusto a los correligionarios. Sin seguridad jurídica, con la libertad económica mal vista y el Estado que concentra tantos sectores, el mercado no puede abastecer necesidades. Por supuesto, esto también se traduce en mellas a la dignidad; ver el desabastecimiento que genera colas para comprar alimento, gente desesperada que se traslada y cruza fronteras por enseres y es controlada en racionamientos, no puede sino alertarnos sobre las condiciones aptas para la vida en pleno siglo XXI.

La represión. Queda para el final el más crudo rostro del populismo latinoamericano: su lado violento. El poder concentrado en la figura de un caudillo, y su extensión en un partido y movimientos sociales afines, forma un lenguaje oficial que construye verdades incuestionables. Frente a esto, a pesar del respaldo con el que cuente un régimen, será inevitable que se alcen voces críticas. Si de algún modo pueden articularse en movimientos de protesta, la respuesta del régimen populista será desmedida. Se encuentran antecedentes cercanos en que el uso legítimo de la violencia depositada en el Estado se ha excedido tanto en intensidad como en tiempo. Las represiones y persecuciones con el aparato estatal (policías, militares, jueces y fiscales) deforman cualquier clase de institucionalidad, hasta el punto de que ni siquiera con la trágica aparición de muertes o torturas se halla un freno. Al contrario, se generan largas escaladas de violencia y los responsables nunca son identificados o se limitan a serlo como de sectores contrarios a los gobiernos. Así, la integridad y hasta la vida son despreciadas por el poder del populismo.

Como conclusión queda la necesidad de repensar la práctica democrática más allá del voto y el apoyo masivo. Cierto es que la anterior centuria dejó la marca de botas militares en todo el continente y que se aprecian la participación y el respeto a elecciones. Sin embargo, allende esas muestras, hay elementos que deben mirarse con mayor cautela; uno de ellos —tal vez el más importante— es considerar al hombre como un fin en sí mismo, no como el simple engranaje de alguna utopía. Su dignidad —lo que lo hace único e irrepetible, aquello que le da esa condición humana— no puede ser eliminada ni restringida por la voracidad del gobernante.

 

Andrés Canseco Garvizu (Sucre, Bolivia, 1988)
Abogado, escritor y filósofo