Populismo: ¿para qué?

Si es posible pensar en el populismo como permanente y negativo, ¿por qué no pensar en el populismo como una característica momentánea y positiva? ¿Puede pensarse el populismo como un momento democrático que, bien aprovechado, no tiene por qué hacer daño al sistema democrático?

Dos interpretaciones

En la teoría política se ha entendido usualmente al populismo de dos maneras diferentes. Una de ellas, que es también la más común para el público en general y los medios de comunicación: es la del populismo como ideología. En general, se la piensa como un conjunto de ideas favorables a la redistribución de la riqueza mediante las que un líder carismático realiza promesas grandilocuentes, a menudo difíciles de cumplir, al «pueblo» y, en particular, a las clases menos favorecidas.

En contraposición a esta visión, algunos teóricos han analizado el populismo ya no como ideología, sino como procedimiento. Esto quiere decir que, a diferencia de la visión anterior, aquí al populismo no se lo piensa como un conjunto de ideas con contenido sustantivo, sino solo como una forma de hacer política. Específicamente, para Ernesto Laclau, por ejemplo, el populista es un discurso, generalmente centralizado en un líder, que se caracteriza por reunir un conjunto de demandas de la sociedad insatisfechas y dirigirse a un sector específico de la sociedad que está enfrentado a otro (cuyas demandas sí son satisfechas): la clave aquí es que ese es un discurso de significado vacío, donde el contenido del reclamo puede cambiar cuando sea necesario que el discurso populista incluya o excluya a nuevos sectores.

La forma más fructífera de entender al populismo es, se argumentará en estas líneas, la segunda, es decir, la del populismo como procedimiento y no como ideología. ¿Por qué? Porque entender al populismo como ideología provoca contradicciones insalvables para el analista: por ejemplo, hay cierto consenso en que gobiernos de la primera década del siglo XXI en Latinoamérica como los de Chávez, Correa o Kirchner fueron populistas; pero también se ha hablado de gobiernos como los de Uribe, Thatcher o Trump como populistas. Instintivamente, sin embargo, se puede notar que existen diferencias sustanciales en las ideas de un grupo y otro, así como en sus objetivos y en los resultados de las políticas que implementaron. Si esto es así, entonces el populismo no puede ser simplemente una ideología.

Es más fructífero analizar al populismo, entonces, como un procedimiento. Esta primera conclusión ya tiene importantes consecuencias, pues no se puede afirmar que un procedimiento sea bueno o malo moralmente: por lo tanto, en la medida en que el populismo es un medio, y no un fin, se lo puede juzgar como más o menos efectivo para alcanzar ese fin, pero no como intrínsecamente positivo o negativo. El populismo será bueno o malo según el fin que busque alcanzar.

Aplicaciones a Latinoamérica

Entonces, ¿qué fines ha buscado alcanzar el populismo? En Latinoamérica, frecuentemente el populismo ha sido utilizado como un procedimiento destinado a alcanzar objetivos contrarios a los principios de la democracia liberal. En los gobiernos que se citaron más arriba, así como en predecesores como los de Juan Domingo Perón o Getúlio Vargas, el populismo se ha asociado a grados mayores o menores, pero importantes, de persecución política de la oposición, desdén por la división de poderes y hostigamiento a los medios de comunicación, entre otros, y su emergencia ha provocado que surjan descripciones teóricas particulares a este tipo de gobiernos (como la democracia delegativa de Guillermo O’Donnell). En el nombre de un enfrentamiento con la oligarquía o el imperio se han justificado variados atropellos a la institucionalidad con el objetivo de alcanzar una redistribución de la riqueza equitativa que, por lo común, comienza con espectaculares resultados (y ciertamente mejora la representatividad de sectores que hasta ese momento se sienten excluidos) pero que termina en graves crisis económicas y, en el pasado, también en crisis de tipo institucional. En este sentido, por un lado puede verificarse cómo Latinoamérica se ha estancado económicamente respecto del resto del mundo bajo regímenes populistas, que han ahuyentado inversiones y ahorros y provocado inflación y desabastecimiento, entre otros; por el otro, las fuertes reacciones que el populismo provocó, especialmente en el siglo XX, culminaron frecuentemente en golpes de Estado que profundizaron los problemas de legitimidad de los sistemas políticos nacionales. El legado populista en Latinoamérica, así, aparece como francamente negativo.

Una característica que puede observarse en el párrafo precedente es que el populismo parece una forma de hacer política más o menos permanente en Latinoamérica. Germani ya advertía sobre esta cuestión al negar que el populismo fuera una característica de sociedades en transición. Laclau escribió, al respecto, que es natural que el populismo se mantenga en el tiempo, porque en última instancia el populismo y la política son fenómenos que presuponen la división social: en la medida en que la última exista, también existirá el primero. Desde otra perspectiva, De la Torre ha afirmado que el populismo latinoamericano emerge constantemente debido a un tipo de relación que existe entre los Estados y las sociedades que lo provoca y que se mantiene relativamente inalterado en el tiempo. La cultura política regional, así, parece predisponer a Latinoamérica a un populismo que no solo trae malos resultados, sino que es constante.

Una nueva interpretación

Pero si es posible pensar en el populismo como permanente y negativo, ¿por qué no pensar en el populismo como una característica momentánea y positiva? Efectivamente, si se acepta la premisa anterior de Laclau, entonces el populismo es inevitable: y así, el objetivo de una comunidad política demócrata y liberal debería ser adaptado para que no la destruya. Si se tiene en cuenta, además, que subsisten en Latinoamérica simultáneamente serios problemas de pobreza, violencia y mala calidad institucional, entonces se puede pensar en utilizar al populismo, à la Laclau, como un discurso que efectivamente aúne a una parte de la sociedad pero ya no en contra de enemigos difusos y hasta imaginarios (como el imperio) sino en contra de los grupos que efectivamente impiden la emergencia de cambios sustanciales. En cada caso nacional estos grupos difieren pero, en general, la existencia de mafias estatales o paraestatales, empresarios y sindicatos prebendarios, o incluso grupos terroristas es común a todo el subcontinente. Enfrentar a la sociedad contra las mafias que violan derechos humanos en las policías o los ejércitos, por ejemplo, y como se ha venido viendo en Latinoamérica en los últimos años, es populista en este sentido pero indudablemente positivo.

Así, el populismo puede volverse un recurso positivo para librar batallas que sin consenso social serían difíciles de vencer. Como se puede notar, sin embargo, la clave para poder lograr que el populismo brinde resultados positivos para la ciudadanía en términos sustantivos, y no solo en términos de representación, es limitarlo. Por eso, y así como se ha pensado en la democracia como un momento fugaz, también puede pensarse en el populismo como un momento democrático que, bien aprovechado, no tiene por qué hacer daño. Ese momento, por su carácter excepcional, no debería estar dado por la encarnación en un líder mesiánico de todas las frustraciones de una parte específica de la sociedad que barra con la democracia liberal (como se ha notado, por ejemplo, acerca del teórico alemán Carl Schmitt), sino por la aglomeración más extensa posible de la sociedad que aun así incluya un otro claramente definido contra el que realmente haya que actuar. La ampliación del populismo otorgaría la ventaja de que a través de él solo se podrían realizar cambios que obtuvieran el consenso de gran parte de la sociedad: por sí solo, sin embargo, esto no impediría que se cometieran injusticias (contra minorías étnicas, por ejemplo), por lo que un marco republicano debería siempre salvaguardar las instituciones constitucionales.

En síntesis, el populismo ha sido visto hasta hoy como una característica permanente y negativa para las sociedades latinoamericanas. Pero si el populismo ha de resurgir sin que se pueda hacer nada contra ello, entonces se debería pensar en domarlo y utilizarlo, como procedimiento que es, únicamente para objetivos consensuados y alejados de los que tradicionalmente se han asociado al populismo, objetivos en los que no solo los históricamente excluidos, sino también los usualmente excluidos por el populismo (como las clases medias) puedan participar. La idea principal en este sentido es que cuanto más se utilice al populismo como un momento, y no como forma continuada en el tiempo, entonces más deseable será, porque su uso implicará que no existe una división constante e insalvable en la sociedad, y que se busca gobernar para ella como un conjunto.

Reflexiones finales

Cuando una politóloga como Gloria Álvarez describe al populismo como una entidad que arruinó a Hispanoamérica, en una interpretación muy similar a la primera de las exploradas en la introducción de este artículo, en realidad lo que hace es condenar una cultura política que divide a la sociedad de manera permanente con objetivos contrarios a la democracia liberal y que obtiene, casi siempre, resultados a largo plazo que en términos económicos e institucionales son malos. Normativamente, esa crítica es seguramente deseable pero no debería conducir a pensar que el populismo es en todo momento negativo, pues puede obtener buenos resultados institucionales y económicos si se lo usa en pos de objetivos compatibles con una democracia liberal, lo cual además significa utilizarlo como un momento pasajero.

Se puede concluir que, como ha sido sugerido, el populismo no debería ser entendido como una ideología, sino como una forma de hacer política; tal entendimiento, por supuesto, no exime al populismo de crítica cuando carga contra la institucionalidad democrática y liberal. Aunque hacer lo último ha sido la norma, vemos que es posible pensar al populismo como una construcción momentánea que brinde resultados deseables para la sociedad. La pregunta que hay que hacerse al hablar de populismo, entonces, es ¿para qué?: si la democracia liberal se beneficia con él, pues bien; si no, lo mejor es combatirlo.

Bibliografía para profundizar este tema

Álvarez, Gloria y Axel Kaiser (2016). El engaño populista: por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos. Barcelona: Planeta.

Aslanidis, Paris (2016). «Is Populism an Ideology? A Refutation and a New Perspective», Political Studies, 64, 1, pp. 88-104.

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Laclau, Ernesto (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

O’Donnell, Guillermo (1994). «Delegative Democracy», Journal of Democracy, 5, 1, pp. 55-69.

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Stanley, Ben (2008). «The thin ideology of populism», Journal of Political Ideologies, 13, 1, pp. 95-110.

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Marcos Falcone
Politólogo por la Universidad Torcuato di Tella. Profesor de esa casa de estudios así como en la Universidad Caece y la Universidad Nacional de Mar del Plata, en Argentina