Con 26 años salió en defensa de Rosa Parks, y lideró el boicot a los autobuses segregacionistas en Montgomery, en la más profunda Alabama. Con 34 condujo la marcha sobre Washington que abrió el camino hacia la más profunda transformación de la legislación estadounidense sobre derechos civiles de la historia. Con 35 recibió el Premio Nobel de la Paz. Con 36 se puso al frente de sus hermanos afroamericanos de Selma en la lucha por el pleno ejercicio de sus derechos políticos y electorales. A los 39 años, con solo 39 años, lo mataron. Se llamaba Martín Luther King.

 Martin Luther King se dirige a una multitud desde los escalones del Lincoln Memorial donde pronunció su famoso discurso «I Have a Dream» durante la marcha del 28 de agosto de 1963 en Washington DC, EUA


Martin Luther King se dirige a una multitud desde los escalones del Lincoln Memorial donde pronunció su famoso discurso «I Have a Dream» durante la marcha del 28 de agosto de 1963 en Washington DC, EUA

 

Martin Luther King se dirige a una multitud desde los escalones del Lincoln Memorial donde pronunció su famoso discurso «I Have a Dream» durante la marcha del 28 de agosto de 1963 en Washington DC, EUA

Era un pastor de la Iglesia baptista. Y, cincuenta años después de su asesinato en Memphis, el 4 de abril de 1968, resuenan todavía las proféticas palabras que pronunció la víspera en su último discurso: «Llegaremos como pueblo a la tierra prometida… No tengo miedo a ningún hombre. ¡Porque mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!». Se llamaba Martín Luther King.

Se llamaba, y se llama: su pensamiento sigue resonando, en 2018, con la misma vigencia y claridad, y tanto en la concepción como en la expresión: los seres humanos odian porque tienen miedo, pero las personas únicamente temen a quienes no conocen. Nuestro desafío, así pues, como mujeres y hombres —tal y como afirma en su último libro, ¿Adónde vamos? Caos o comunidad—, es aprender a vivir todos juntos, como hermanos, o perecer todos separados, como estúpidos. No se trata de elegir entre no violencia y violencia. Se trata de elegir entre no agredir o no vivir. El poder no es el problema del hombre. El desafío del hombre es que el poder provenga del amor y se instale en el amor.

El mismo año 1964 en el que obtuvo el Premio Nobel, Martín Luther King publicó un libro que se llamaba ¿Por qué no podemos esperar?, en respuesta a quienes, en plena campaña de las elecciones presidenciales estadounidenses, le pedían «paciencia» al movimiento de los derechos civiles. Más de medio siglo después, las interrogantes, especialmente para quienes asumimos el compromiso con el servicio público como demócratas de inspiración cristiana, son levemente distintas, pero igual de exigentes: ¿qué estamos haciendo?; ¿qué no estamos haciendo?; ¿a qué esperamos para hacer efectivo el sueño que tuvo Martín Luther King?

 

Enrique San Miguel Pérez
Doctor en Historia y en Derecho. Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones, URJC, Madrid