Las candidaturas presidenciales empiezan a cocinarse en Colombia. Más de veinte candidatos decidieron lanzarse por vía de la recolección de firmas. Para algunos esto es algo totalmente innovador y un respiro frente a la política tradicional. En mi parecer es un grave golpe a la democracia, no solo a los partidos políticos.

Casa Nariño, sede de la Presidencia de la República, Bogotá | Foto: Miguel Olaya, vía Wikicommons

Casa de Nariño, sede de la Presidencia de la República, Bogotá | Foto: Miguel Olaya, vía Wikicommons

Colombia tiene un escenario político histórico. Dos de sus partidos tienen más de 160 años: el Partido Conservador y el Partido Liberal. A lo largo del tiempo han adquirido personería jurídica otras colectividades y actualmente en el Consejo Nacional Electoral (CNE) hay 14 partidos políticos registrados.

Las constantes olas de corrupción y los escándalos han hecho perder credibilidad y simpatía de la sociedad a las colectividades políticas y desde hace algunos años han entrado en una crisis que ha dificultado su crecimiento. A esto le sumamos que gran parte de la sociedad aprende por redes sociales y no por libros, y hoy por hoy cualquiera puede dar una opinión sin sustento en estas plataformas, así como existen canales en línea que le han dado el poder de la palabra a unas cuantas personas a través de ese modo de difusión de ideas, la mayoría de veces sin fundamento. No estoy en desacuerdo con esto, estaría yéndome contra un derecho fundamental que es la libertad de expresión, pero sí creo que las redes sociales no han sido una herramienta de construcción en Colombia, sino todo lo contrario.

Esta última idea, y unas cuantas más, han sido una ventaja para los candidatos presidenciales de 2018 que, promulgando su «moral y ética», han decidido, sin titubear, lanzarse por firmas. Una cantidad de personas podrán ver en esto una salida a la política tradicional que, sin duda alguna, está atravesando por una de sus más fuertes crisis. Pero si nos permitimos un análisis desde el otro lado de la moneda, esto afecta enormemente a la democracia. Estamos frente a 26 candidatos que hoy renuncian a su militancia en un partido político (como si uno pudiera renunciar a sus ideales tan fácilmente) y, no contentos con ello, salen a atacar a las colectividades que les han permitido crecer políticamente. La gente que los apoya no se da cuenta de que están frente a la figura de un caudillo, que personaliza la política, y están apoyando a alguien que no tiene ideas de colectividad pero que alguna vez las tuvo y hoy ya no le sirven.

No estoy salvando de responsabilidades a los partidos políticos. Entiendo que tienen la culpa por dejar que las personas dejen de creer en ellos, pero conozco de primera mano el arduo camino de recuperar la confianza de las personas por parte de quienes están comprometidos con una colectividad. No es una tarea fácil pero los jóvenes que creen en ella, por ejemplo, están dando la pelea.

Como en toda crisis, el tiempo será el encargado de llevar a cabo el proceso de recuperación, aunque hay quienes se han aprovechado de la impaciencia de la gente y han decidido salir como héroes que defienden la transparencia en la política y hoy son precandidatos presidenciales por firmas. No me parecen héroes, me parecen militantes de momento, porque uno no abandona el barco en la tormenta; uno busca consensos, puntos en común, y sabe que los contrincantes no están en el propio partido político, sino afuera. Por esa razón, pelea del lado de su colectividad en la batalla.

Otro elemento que me hace querer tumbar automáticamente esta figura es que no me parece que haya juego limpio. Mientras los candidatos de los partidos políticos tienen que ganarse el aval de una colectividad, inscribirse e iniciar la campaña en el tiempo y la forma que exige la ley, ya vemos a los candidatos por firmas empezando su campaña, caminando por las calles y usando las redes sociales desmedidamente para recoger el 3 % (355.000 firmas) que les exige el CNE antes de diciembre, para avalar su candidatura y además financiarla. ¿Quién supervisa esta campaña previa y los gastos que ocasiona?

No concluyo que las candidaturas por firmas deban desaparecer pero me parece que es una figura con grandes vacíos y que tiene indudables beneficios frente a los candidatos de los partidos políticos. Debe ser ajustada, para equilibrar la balanza. Yo sigo pensando que es de vital importancia que un partido político avale y apoye a una persona que desea llegar a la presidencia de la República. Las figuras de los caudillos nunca han servido en la historia colombiana; no han podido surgir y ser. Porque para manejar una nación hay que tener convicción, pensar en colectivo y tener una ideología. Lo encuentro impensable de otra forma.

 

Alejandra Hormaza | @ahormaza_
Colombiana. Comunicadora social y periodista. Magíster en Relaciones Internacionales. Vicepresidenta de la Red Humanista por Latinoamérica