Progresismo puritano y competencia política

Hay cierta corriente ideológica que está implícita en una parte importante de los juicios negativos hacia partidos y actores políticos de América Latina. Su excesivo tono moralizante, en vez de debilitar a estos personajes, los fortalece y empobrece los valores que ella misma defiende.

El desembarco de los puritanos. Antonio Gisbert, 1883.

El desembarco de los puritanos. Antonio Gisbert, 1883.

Hay ciertos temas que se han vinculado tradicionalmente al progresismo. Dentro de estos se destacan el cuidado del medioambiente, la igualdad de género, la equidad social, la exigencia por la transparencia, el buen manejo de la economía de mercados y el fortalecimiento de la democracia. Esto podría ser útil por la poca polémica que este tipo de elementos, en abstracto, tienen dentro de la población civil y el cuerpo político. Sin embargo, ha venido ocurriendo que los partidos y actores políticos que han logrado que su imagen se conecte con estos temas se han aproximado a ellos de una manera especialmente conservadora. No constituyen temas de auténtico trabajo político, susceptibles de modificaciones en la marcha para generar eco en la población civil, sino que consiguen que cualquier lectura de estos esté atravesada por cierta sacralización que les resta aplicabilidad y, especialmente, realismo.

El progresismo se ha distanciado del cuerpo electoral porque su aproximación a los temas parece exógena y limitada. Una sacralización de estos temas no genera sino la percepción en los votantes de que se trata de una propuesta política ingenua; probablemente, el elemento que resulta más perjudicial para el progresismo es que estas propuestas pueden parecer inaplicables, irreales, ilusorias o secundarias. Tal es el caso de la preocupación por la equidad social o el cuidado del medioambiente. En vista de esta falencia, actores y partidos políticos que se abanderan de temas específicos son especialmente eficientes en lo electoral, pues simulan ser realistas y acotados. Esto, con total independencia de que, en la práctica, efectivamente vayan a serlo.

No parecen existir problemas sociales que se inscriban por sí mismos en una corriente ideológica, sino que hay tendencias que los abanderan y terminan por construir la agenda de dicho problema. En América Latina hay actores políticos y partidos que han conseguido que ciertos temas se rotulen como exclusivamente pertenecientes a su tendencia y con esto crean una imagen simple, que es utilizada por el público para caracterizar el panorama político. Tal es el caso frecuente de los candidatos que definen su campaña por temas como la seguridad. Con base en esta imagen juegan los medios de comunicación, creando personajes y estructurando dramas electorales.

Las preocupaciones de estas corrientes puritanas basadas en el progresismo se perciben referenciadas en un valor idealizado y sagrado, con el que pretenden solucionar asuntos abstractos. Otras tendencias, por el contrario, parten del aparente olvido de los valores para concentrarse en la gestión de problemas específicos, que así estuvieran dentro de la apuesta progresista, no aparentan estarlo. Esta aproximación a los temas que le preocupan al progresismo ha conseguido que sus valores generen rechazo y se identifiquen con una política utópica.

Las críticas a gobiernos, partidos y personajes que han aprovechado el vacío del progresismo para fortalecer su capital político, tienen un tono de indignación similar al del moralismo religioso ante el no cumplimiento de algún mandato divino. Esto recuerda la superioridad moral ilustrada, donde al insistir tan profundamente en la verdad absoluta de sus planteamientos, la no negociación de sus postulados y en el infinito error de los pecadores, se alimentaba la popularidad del sujeto rebelde y parecían cada vez más dogmáticos los planteamientos que este rechazó. Las críticas a dichos fenómenos, desde partidos, actores políticos e intelectuales progresistas, pueden acercarse a esto peligrosamente.

El tono moralizante se materializa en el particular sectarismo que el progresismo tiene a la hora de interactuar con sectores sociales que entrarían en divergencia con alguno de sus postulados, pues resultan tan estrictos que dan la impresión de que no están dispuestos a participar de la vida política, sino a exorcizarla. Sobre esto, Gray afirma:

[…] estaba lejos de mostrarse escéptica sobre la verdad en religión o en moral. Presuponía que ya se había encontrado la verdad e imponía al gobierno la obligación de promoverla. [1]

El riesgo de este fenómeno es que la decadencia del progresismo o, por lo menos, de las posturas que este defiende, no está relacionada con la emergencia de una amenaza externa que sea exitosa gracias a la ignorancia e irresponsabilidad política de los civiles, sino con las deficiencias comunicacionales y excesivo apego a lineamientos doctrinales de sus adeptos.

 

[1 ] Gray, J. (2011). Anatomía de Gray: textos esenciales. Grupo Planeta, p. 36.