Cinco siglos más tarde, todavía estamos hablando el lenguaje que la revolución teológica de Martín Lutero desató. Ecuménicamente, tenemos una deuda de gratitud.

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

«Sin Martín Lutero no hay Luis XV», nos dijo el historiador de las ideas políticas británico John Neville Figgis. No le faltaba razón si ponderamos la influencia que la revolución teológica iniciada por el religioso alemán impuso sobre todos las instituciones e ideas políticas. Buena parte de los conceptos centrales de la teoría política moderna, como Estado y soberanía, o las actitudes revolucionaria y liberal, nacen de este proceso.

La Reforma, ese complejo proceso de institucionalización de las divisiones confesionales desde y en contra de la Iglesia católica de Occidente, ocurridas a partir del siglo XVI, irradió desde el centro de Europa a sus extremos. Lo inicia la presentación de las 95 tesis de Martín Lutero ante la catedral de Wittenberg, criticando el sistema de venta de indulgencias del papado, pero ¿cuándo culmina? ¿Con la Paz de Augsburgo de 1555 entre el Sacro Imperio y la Liga de la Escalmalda?, ¿o acaso con la claudicación imperial en la Paz de Westfalia en 1648 y el «nacimiento» del Estado?

Como fuese, sabemos que se inició como una disputa doctrinaria y culminó con la redefinición de las fronteras políticas de Europa, la expansión de la autoridad del poder civil, la inadvertida secularización de lo político como consecuencia de la redefinición del lenguaje de la obediencia y la rebelión tanto en Europa como en las regiones del globo influidas o dominadas por este centro. Fue una época de feroces conflictos y Europa sufrió rebeliones, regicidios, defenestraciones, matanzas y guerras civiles que afectaron su estabilidad política. Como se ha dicho, toda crisis social genera una respuesta en el pensamiento político, tanto en crítica como en defensa del statu quo, y esta ocasión no fue la excepción.

La preocupación de los reformistas era primordialmente teológica y solo se enfrentó a lo político como consecuencia y en defensa de la ruptura religiosa. El criterio del pensamiento político del tardío Medioevo era el reconocimiento, por el poder político, de la supremacía de la Iglesia católica de Roma en asuntos espirituales; y dentro de la Iglesia, del poder de los obispos sobre el papado, el cual a su vez consagraba la misión temporal de los gobernantes. Cuando los reformistas negaron la autoridad espiritual tanto del papado como de su clero, dejaron el campo abierto para que los gobernantes deshicieran sus lazos —y sus deberes— con Roma, pero también para que los fieles desobedecieran a aquellos gobernantes que eran obstáculo para su propia salvación. El rechazo a las normas seculares —antinomianismo— y la actitud de creencia en un pronto Juicio final —el milenarismo— eran actitudes comunes entre las comunidades cristianas más radicalizadas. Recordemos que esta es la disputa central que plantea Lutero: ¿pueden las almas imperfectas de los hombres salvarse bajo una Iglesia corrupta, o deben los verdaderos fieles formar sus propias comunidades espirituales?

La Reforma reforzó la noción de libertad cristiana junto con la de obediencia política y produjo una reformulación del derecho de rebelión. Asumiendo la importancia del pecado original, se expone que la libertad cristiana no ocurre en este mundo corrompido sino en la vida cristiana y en el cielo, lo que hace necesaria la presencia de los gobiernos como instrumentos terrenales de coerción sobre los pecadores. Si, por el contrario, es el gobierno el agente del pecado, se apela a la rebelión contra la tiranía. Como contrapartida, se ofrece como resolución del conflicto religioso al absolutismo, ya de derecho divino o ya racionalista, defendido tanto en naciones católicas como protestantes. Pero también esta reacción llevó a la relectura del derecho a la rebelión en el contractualismo constitucional, generando límites en el ámbito de la autoridad civil sobre los individuos y su religión, elemento esencial de nuestra comprensión de los derechos naturales, así como una renovada exigencia de tolerancia religiosa, principio intelectual de nuestro ecumenismo religioso y pluralismo político laico.

Sin embargo, el efecto más importante de la Reforma sobre nuestro mundo político es la restauración moral de las Iglesias cristianas, y con ello de la autoridad ética de los religiosos más allá de su credo. Si se reclamaba la corrupción de la Iglesia católica, era esencialmente por su conversión de sede piadosa en principado concupiscible. Rota esa muralla, en un proceso de siglos, es notable cómo resuena la voz de importantes líderes religiosos, como consejo y guía ante los problemas sociales más acuciantes. Cuánto no debe el cristianismo en autoridad, perdido su directo poder político, al reclamo portentoso de aquel fraile alemán.

 

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas