Suecia y la amenaza de la extrema derecha

La extrema derecha avanza en la tradicional democracia nórdica sueca.

Stefan Löfven, primer ministro de Suecia | Foto: News Øresund-Johan Wessman, vía Wikicommons

 

Dicen que Suecia es la sociedad más justa y solidaria del mundo. Un país que hasta mediados del siglo XX poseía una base de campesinos pobres con vocación de emigrantes, como había sucedido a finales del siglo XIX, para superar el hambre y un futuro esquivo. Pero Suecia despegó, explotando sus riquezas naturales y su diplomática distancia geopolítica, construyendo una bonanza que fue repartida en clave socialdemócrata y legando un ejemplo de igualdad, acceso a la educación, servicios de salud, asistencialismo y tolerancia a los refugiados.

Ahora, esta Suecia, la de la trasparencia y la civilización democrática, se ve amenazada por el arribo de un grupo extremista de derecha, los mal llamados Demócratas Suecos, quienes bajo la ya tradicional receta del miedo a lo foráneo y el nacionalismo radical proponen restringir en buena parte el modelo social de su país. Los resultados no son despreciables, pues con 17,6 % de los votos han alcanzado 63 escaños en el Parlamento y una capacidad de negociación con la derecha tradicional que les da posibilidades de acceder al gobierno.

¿Qué tan cerca está la extrema derecha de llegar al poder? Para obtener una respuesta debemos recordar que los Demócratas Suecos comenzaron a obtener escaños en 2010, haciendo más flexible su discurso y desprendiéndolo pragmáticamente de sus bases más radicales, como Alternativa para Suecia y otros sectores considerados neonazis, quienes mantienen posturas cerradas contra los inmigrantes. Este avance debe ser contextualizado en un modelo parlamentario en que la izquierda (144 escaños) y la derecha (143) necesitan establecer alianzas para gobernar sin los votos de la ultraderecha.

Aunque existe la posibilidad de que los Demócratas Suecos puedan avanzar, para analistas como Antonio Albiñana [1] el fin del modelo sueco está lejos de la realidad: aunque se presente una «fatiga de los materiales» respecto a los gobernantes, aún está enraizado en la sociedad, desde la zona sur poblada por numerosos inmigrantes hasta el norte más allá del círculo polar ártico, donde el sindicalismo de vieja data ligado a las minas de hierro aún se hace respetar y la ausencia de privilegios y desigualdades son bien vistos en todo el país.

En cualquier caso, el avance de la derecha extrema es una advertencia para el país que más refugiados y asilados recibe de toda Europa (un 16 % de sus habitantes son extranjeros) y que aún tiene presente el legado de Olof Palme. Recordemos que el antiguo líder nórdico recibió a miles de personas que buscaban protección huyendo de las dictaduras latinoamericanas, generosidad que le es aún reconocida, aunque paradójicamente muriera asesinado en plena calle, en un misterio aún por resolver.

El actual mandatario, Stefan Löfven, sindicalista, soldador, sin estudios universitarios completos, abandonado por sus padres y adoptado por un leñador, ha decidido desde 2014 mantener una política de brazos abiertos frente a los inmigrantes y refugiados, en la que se destaca la oleada de sobrevivientes de los conflictos de Oriente Medio que llegaron a Suecia. Contra esta generosidad y estas tradiciones democráticas es que la amenazante extrema derecha, en concordancia con sus pares continentales, parece mostrar sus dientes y ha ganado un terreno que no debe dejar de ser observado por la comunidad internacional.

 

Nota:

[1] Véase Albiñana, Antonio (16.09.18): «Tormenta sobre Suecia», en el periódico El Tiempo, Bogotá (Colombia).