«El lugar lo es, porque allí están los recuerdos. Y los recuerdos dan sentido a lo que vivimos», decía el profesor Marc Augé en el inicio de su conferencia. Es en la lengua, en lo dicho por el otro y en sus silencios, donde nos reconocemos. Recuerda el anciano profesor que en la Bretaña de su niñez iba con sus compañeros al mar, a mirar la infinidad y a soñar con lugares lejanos a descubrir.

Campo de refugiados en Idomeni, Grecia | Foto: Fotomovimiento, vía Flickr

Campo de refugiados en Idomeni, Grecia, 2016 | Foto: Fotomovimiento, vía Flickr

 

Marc Augé acuñó el concepto del no lugar, ese espacio de circulación, de pasaje, que no es habitable y en el que es difícil ser libre y reconocer a otros. Es la autopista donde percibimos a través del vidrio del vehículo la mirada en paralelo del conductor del coche de al lado. Su velocidad propia lo alejará y esa mirada, apenas percibida, se perderá para siempre. Los no lugares se parecen y confunden sus funciones. Hoy vemos noticias en el supermercado, en el avión nos ofrecen relojes, y vamos de shopping al aeropuerto. Allí se ofrecen productos de todos lados y las compras nos permiten acumular millas para seguir viajando, transitando no lugares, cruzando umbrales y miradas para perderlas rápidamente.

Los no lugares pasajeros y efímeros a veces se convierten en definitivos. Millones de fugitivos nos interpelan desde sus barcazas frágiles que cruzan el Mediterráneo y desde sus carpas de campamentos para refugiados. En las ciudades el centro se pierde y se extiende la periferia, y cada vez se invierte más tiempo en transitar por los no lugares hacia lugares cada vez más efímeros. Y mientras las afueras de las ciudades se llenan de barrios privados, las ciudades se extienden a lo largo de carreteras y ríos, como filamentos urbanos a cuyos costados se forman cadenas de tiendas. En las vitrinas se agolpan artefactos que transmiten en vivo partidos de tenis y el apareamiento de osos pardos a orillas de una playa desierta. Todo parece accesible: las pantallas trasmiten la ilusión de estar allí, donde nunca es aquí. Los no lugares serían para las relaciones no duraderas. Pero los campamentos de refugiados crecen y cada vez más tiempo transcurre allí en soledad, frente a la vitrina.

Augé propone el diálogo entre el conocimiento y el sentido. Las ciudades se formaron como lugar de encuentro también para ese diálogo. Las ciudades daban sentido aunque no siempre libertad, advierte. Pero ahora debemos recuperar su sociabilidad; las relaciones son demasiado efímeras, demasiado rápidas para el reconocimiento, para la construcción de lo duradero. Y así desaparecen los barrios, las callecitas, y desde Tokio, por ejemplo, no siempre se ve el monte Fuji, lo tapan los enormes rascacielos y en la noche ya no existe la oscuridad. El profesor evoca la Grecia clásica en la que el espacio interno de la casa era de Hestia, diosa del hogar y la cocina, del fuego que da calor y vida. En el umbral, en cambio, estaba Hermes, el de las mil formas, dios del comercio y las lejanías, pero también de los pensamientos, los sueños y el entendimiento. Esa dupla representa la tensión entre lo conocido del hogar y el impulso a lo nuevo.

El profesor Marc Augé vino a Montevideo el 10 de octubre por invitación de la iniciativa Memoria Futura y participó en las jornadas académicas organizadas por la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República. Las jornadas llevaban el nombre de Washington Benavídez, un poeta fallecido hace unas semanas. El viejo Benavídez le cantó a los lugares en su Tacuarembó natal, allí en el norte del Uruguay profundo. El poeta norteño «ató la luna con el sol, en una bailanta con acordeón». Le cantó a los héroes de mil batallas y al silencio de una amada que no impidió con una palabra el sacrificio de un guerrero. Benavídez dio letra a los encuentros de forasteros a la luz de un fogón y cantó a una moza ilusionada con un mozo que la abandonó pero nunca la olvidó.

De repente somos observadores observados, dice Augé. Es que vivimos un cambio de escala y, desde que el hombre está en el espacio, la Tierra ha sido descubierta como paisaje. Se pregunta si, al mismo tiempo que se produce este gigantesco cambio de escala, no perdemos el lugar de encuentro. Los suburbios son los nuevos lugares exentos de aquellas pequeñas historias. Y sus jóvenes habitantes bajan a las ciudades a mirar un centro incomprensible y ajeno para ellos.

Antes íbamos al mar a soñar con la partida a lugares lejanos, pero los jóvenes de hoy miran sus pantallas. Sin embargo, el viejo profesor no claudica: «Mi sueño sigue siendo que cada individuo sea súbdito libre de un mundo planetario, habitado, lleno de lugares». Creo que Benavídez le habría contestado con alguna de sus coplas:

Coplas con sabiduría
que en el camino encontré.
Tanta vida en cuatro versos,
pa mis adentros pensé.

 

 

Manfred Steffen
Magíster en Ciencias Ambientales (Universidad de la República) y Dipl. Ing. Fachhochschule für Druck in Stuttgart. Coordinador de proyectos de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo