Los recientes atentados terroristas en Barcelona, han potenciado el estudio y el debate de ideas sobre cómo hacer las ciudades más seguras y a su vez no caer en generar trincheras o fortalezas urbanas alrededor de lugares sensibles para el terrorismo, que hoy usa el espacio urbano como escenario para sembrar la muerte.

El espectro de los atentados domina el inconsciente colectivo de muchas ciudades occidentales. Los servicios urbanos (buses, trenes, metros), hasta ahora símbolos de la libertad y prosperidad cosmopolitas, se han transformado a partir del accionar terrorista en un arma letal contra la propia vida de la ciudad. Como resultado, muchos de estos espacios urbanos deben ser repensados como objetos de una seguridad total en el marco de una nueva guerra contra el terrorismo global sin punto final ni límite geográfico claro. Así, el terrorismo pero también las respuestas contraterroristas están marcando el urbanismo occidental y pueden hacer peligrar el corazón de una vida urbana basada en la inclusión, el anonimato y el pluralismo. Por lo tanto, se corre el peligro de transformar los espacios urbanos en paisajes defensivos.

El alcalde de Florencia, ante las medidas de seguridad, lanzó una convocatoria para diseñar barreras contra posibles ataques en forma de obras de arte que se colocarán en puntos estratégicos de la ciudad italiana. El famoso arquitecto y urbanista Stefano Boeri señaló: «No podemos permitirnos ver que miles de plazas y espacios públicos de cientos de ciudades europeas se transformen en una serie de puntos de control de la guerra, sabiendo que solo un porcentaje efímero de estos cuadrados será realmente golpeado por ataques terroristas. En lugar de poner barreras que empeoren la calidad de los espacios, debemos pensar en soluciones que puedan mejorar ambientes como el uso de árboles y macetones que también son funcionales».

Nos guste o no, el terrorismo seguirá haciendo daño. El espacio urbano debe ser reformulado, hay que estudiar cómo reemplazar las barreras de hormigón con soluciones innovadoras, arquitectónica y estéticamente adecuadas para las ciudades, muchas de ellas patrimonio cultural de la humanidad.

En lugar de considerar al terrorismo como un acto criminal que amenaza la seguridad pública, hoy se sugiere que las acciones terroristas constituyen un ataque de orden militar —un nuevo tipo de guerra— que mina las nociones de seguridad nacional y que, por tanto, exige una respuesta militar y no policial. Esencialmente, un paradigma militarizado trata cada emplazamiento urbano como un espacio de batalla potencial contra los terroristas ocultos. También puede, en algunos casos, conducir al uso de técnicas raciales cruentas contra poblaciones de minorías étnicas, y trabaja para socavar, criminalizar y enfriar las libertades de asociación, movimiento y protesta. Estas actuaciones plantean cuestiones importantes sobre cómo se fabrican y se experimentan las culturas del miedo en las ciudades y qué significan para la condición urbana y el derecho a la ciudad.

El diseño urbano está cambiando, la vigilancia del tráfico y el control de la criminalidad son utilizados para contrarrestar también al terrorismo. Se plantean grandes desafíos para los gobernantes sobre la arquitectura de las ciudades, ya que los paisajes urbanos se van a tener que rediseñar para mitigar los riesgos de atentados terroristas.

El accionar terrorista no se trata solo de desestabilizar y deslegitimar gobiernos, se trata de una guerra cultural cuyo motor es el fundamentalismo religioso. Se trata de destruir la naturaleza misma de las relaciones humanas occidentales. El nuevo terrorismo hace surgir lo que Paul Virilio llama pánico frío, un sentimiento que «viene a despertar el pánico del fin en las poblaciones», en cualquier momento, en cualquier lugar, por cualquier persona. Hoy no sabemos si quien va caminando a nuestro lado puede llevarnos al punto de exterminio; basta colocar la bomba en el lugar preciso o lanzar un vehículo contra desprevenidos paseantes.

El escenario de la actual guerra es el espacio público. Ese espacio es global; ello obliga, cada vez más, a estudiar políticas globales en común para combatir este flagelo.

 

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Consultor en comunicación política