Volver a la raíz*

* Este artículo fue premiado con mención especial en el concurso de artículos breves «¿Por qué votan a los extremos? ¿Cómo fortalecer el centro político?» organizado por Diálogo Político en 2019.

El pensador, de Rodin. Frente al Congreso, en Buenos Aires | Foto: Fabián Minetti

El pensador, de Rodin. Frente al Congreso, en Buenos Aires | Foto: Fabián Minetti

Hace más de dos mil años, un famoso político griego tomaba la tribuna en el Cementerio del Cerámico en Atenas, para hacer las exequias de los caídos del primer año de la guerra del Peloponeso. Se refirió así a la forma de gobernar en la Antigua Grecia: «[…] Puesto que la administración se ejerce a favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se le llama democracia […]». Respecto al ejercicio democrático, confesaba que los ciudadanos: «[…] no por el hecho de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad». Esa era la Antigua Grecia.

Aquel era el llamado «Discurso fúnebre» de Pericles, rescatado por Tucídides en el libro II del relato de la Historia de la Guerra del Peloponeso (35‐46).

Es importante traer a colación las palabras de Pericles a la luz del debate que se presenta hoy en Latinoamérica y el mundo por el crecimiento de los extremos, las opciones más radicales tanto de la derecha como de la izquierda. Dicha discusión, que debe ser fundamental en las democracias liberales, apunta, primero, a hallar las razones de tal crecimiento y, luego, a formular alternativas políticas de contención y que sirvan para contrarrestarlo. Este artículo pretende hacer una propuesta para cada una de las líneas del debate.

Para empezar, es crucial tener claro que el crecimiento de los extremos se ha dado dentro del marco de la competencia democrática, se han adueñado de su lugar en el juego a votos, son los ciudadanos los que les han dado entrada y los han empoderado, a pesar del riesgo, discursivo y factual, que supone para las democracias mismas, sus instituciones y procedimientos. Este atentado a la democracia se debe, en buena parte, a que los gobiernos pospusieron por mucho tiempo cumplir con uno de los principios básicos de la democracia: ejercer la administración de los recursos a favor de la mayoría y no de unos pocos. Las mediciones del Latibarómetro (2018) sirven para reforzar este argumento, pues en 2018 el 79 % de los latinoamericanos aseguraron que se gobierna en favor de unos «cuantos grupos poderosos».

Los extremos se han aprovechado del fracaso de los políticos, de la política moderada en general, y se han vestido con capas discursivas prometiendo un resguardo efectivo de algunos bienes públicos de trascendencia nacional como el orden, la seguridad y el crecimiento económico, principales emblemas del fracaso de los moderados. En buena medida, los ciudadanos están eligiendo vivir bajo esa capa y les otorgan electoralmente el poder para hacerlo. Por supuesto, para ellos la democracia no se encuentra entre los bienes públicos a cuidar; pero, ¿a quién le importa? Al parecer, a los latinoamericanos no; el desencanto con la democracia sigue una tendencia al alza desde 2008, cuando las personas insatisfechas con esta eran un 51%, hasta el 2018, en que la cifra alcanza ea 71% (Corporación Latinobarómetro, 2018).

La poca participación de la gente, la falta de interés en los asuntos públicos, el desencanto popular ante el fracaso de los políticos y las consecuencias sobre la democracia no son temas nuevos. Veinticinco años atrás, Guillermo O’Donnell (1994) hablaba de las democracias delegativas, y afirmaba como principal característica que los ciudadanos estaban de acuerdo con que quien ganara la elección tendría el derecho a gobernar como considerara apropiado. Hemos recorrido un par de décadas, el debate continúa y no parece que vaya a terminar pronto. Se vuelve entonces necesario poner nuevas opciones sobre la mesa.

En atención a los hechos presentados, la alternativa que propongo es muy simple: volver a la raíz, a las bases enunciadas por Pericles en la citada ceremonia solemne, procurando dos cosas: la primera, utilizar el poder político que le queda a las fuerzas no extremas para generar mecanismos e instituciones que promuevan la participación ciudadana en asuntos de interés común, como la administración de los bienes públicos tangibles: la tierra y el agua, pero también los intangibles: los derechos humanos y la democracia; la segunda, que esas mismas fuerzas políticas utilicen los espacios de poder que todavía les quedan para generar política pública más cercana a las bases, que procure distribuir mejor los recursos materiales del Estado, mandando el mensaje de que son ellos quienes quieren dejar de gobernar para unos pocos.

Los dirigentes y partidos de centro deben reconocer que si la actual coyuntura política pone en riesgo a la democracia en sí, a ellos aun más; que la gente está dejando de creer en sus plataformas, se está alejando, y que la única forma de recuperar adeptos y poder político es volviendo a la raíz del sistema democrático: hacer política en la calle, involucrando a la sociedad civil, no solo a la que ya está organizada, sino sobre todo a la que no lo está. Los ciudadanos necesitan sentir cerca a sus políticos, verlos en la plaza, sentirse parte de la política, y estos partidos tienen que hacerlos parte de ella, de las decisiones. La gente, principalmente los jóvenes, no confía más en la política de copa y sofá, no da crédito a los comentaristas tradicionales, ni a los diarios, ni a la televisión o la radio. Está buscando nuevas formas de enterarse, de vincularse; las redes sociales se han vuelto un nicho para atacar, son un crisol de opiniones, un espacio de relacionamiento directo con potencial formativo. Las personas buscan nuevas formas de participar, de organizarse.

Para fortalecerse, las fuerzas de centro deben escuchar y canalizar estas inquietudes, y Pericles da la guía: «no cree(r) que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer». Dos mil años después, para rescatar a la democracia del peligro que suponen los extremos, hay que leer a Pericles a través de Tucídides, regresar a la plaza, hacer partícipes a los ciudadanos de la realidad política, volver a la raíz.

 

Bibliografía

Corporación Latinobarómetro (2018). Informe 2018. Banco de datos en línea.

O’Donnell, G. (1994). «Delegative Democracy». En Journal of Democracy, pp. 55-69.

Tucidides (2008). Historia de la Guerra del Peloponeso. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Zarazaga, R. (18.10.2018). «La dinámica del odio que acorrala a la democracia», La Nación.