Belisario Betancur: pacifista integral

Deja su existencia terrena don Belisario Betancur Cuartas (1923-2018), humanista, jurista y político colombiano, quien fuera presidente de ese país a inicios de la convulsa década de los ochenta.

Belisario Bentancur | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Belisario Bentancur | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Con la muerte de Belisario Betancur se cimenta un legado de vocación trascendente en la política latinoamericana. Definido por sí mismo como un «campesino que quería ser tipógrafo, poeta y librero; y un librero que llegó a ser presidente», Betancur se elevó desde un origen improbable hasta la cima política de su país. Nacido en El Morro de la Paila, municipio de Amagá (Antioquia) en 1923, estudió primeras letras en el seminario de Misiones de Yarumal y se graduó de bachiller en el colegio de la Universidad Católica Bolivariana —luego Universidad Pontificia Bolivariana— de Medellín, donde cursó Derecho y Economía. Desde los años cuarenta, y en plena violencia, se uniría desde una perspectiva social católica al Partido Conservador de su departamento natal.

Con esta vocación iniciaría una carrera nacional: fue valiente diputado opositor en la Asamblea Constituyente impuesta por el general Rojas Pinilla en plena dictadura militar, solicitando la restauración de la presidencia constitucional, y dirigiendo en desafío de la clausura a El Nuevo Siglo. Con la restauración democrática y el Frente Nacional, se perfiló como una figura en auge del nuevo conservatismo, aunque su inconformidad con la visión social refractaria de este lo hizo vincularse al Partido Social Demócrata Cristiano.

No siendo de las familias tradicionales del poder en Colombia, intentó, con fórmulas de disidencia conservadora, alcanzar la presidencia en dos oportunidades durante la década de los setenta. Su empeño tendría frutos en una coalición crítica al Estatuto de Seguridad y la política exterior del gobierno del liberal presidente Turbay. El propósito de la presidencia de Betancur fue, ostensiblemente, la búsqueda de un diálogo con los diversos grupos armados emergentes durante aquella década, y dio pasos audaces en esa dirección. Sin embargo, cuando Betancur culminó su presidencia en 1986, cerraba una carrera política activa entre el desencanto y la desesperanza. Su mandato fue eclipsado por la crisis de la deuda, y cerraba con dos dramáticos eventos: la sangrienta toma del Palacio de Justicia por el M-19, y la trágica erupción del Nevado del Ruiz, que sepultó a la población de Armero. Las imágenes de ambos hechos corrieron por el mundo, en uno de los puntos de mayor pesadumbre de la historia contemporánea de Colombia.

Su país, y la región entera, fueron reexaminando con los años su legado principista. Colaborador de la línea internacional de diálogo para la paz centroamericana a través del Grupo Contadora, fue uno de los artífices de los acuerdos de Esquipulas. Reconocido por diversas academias de su país, desde la editorial Tercer Mundo hizo de los nuevos estudios sociales y políticos una referencia regional. Afecto a la cultura vanguardista, su sensibilidad cultural lo acercó al mundo de artistas y escritores, combinando su patriotismo paisa con una inagotable curiosidad cosmopolita.

La palabra de Betancur era tenida como una de las voces de mayor autoridad moral de su país, por lo que reconocía también las carencias de sus propios esfuerzos y los de muchos de sus sucesores en el logro de la paz. Esto es así porque la concepción de una paz integral, que no solo permita la cesación del conflicto sino de sus causas profundas, tuvo en el fallecido mandatario una trascendencia especial. Desde la inspiración de la doctrina social, no dejó de pregonar Betancur sobre la importancia del cambio institucional y material para dar soporte a una sociedad abierta, pacífica y más próspera para más colombianos. Como expresó a los obispos latinoamericanos a los pocos años de su ocaso político, no podía haber paz sin cambio social:

«He dicho que la paz es tejido de filigrana que exige un bordado preciosista en el que hay que tener presentes los hilos de las pasiones humanas, la idiosincrasia de los pueblos, los sentimientos y los resentimientos históricos e, incluso, las motivaciones sociales y económicas que sirven de fondo y de pretexto (en ocasiones de algo más que pretexto) a los conflictos… En el juego de las alternativas, la cuestión no se plantea como diálogo o guerra… El dilema es más grave: guerra o transformación social; porque si algo falta por ensayar dondequiera —y eso sí va al fondo— es la voluntad de cambio en la situación de injusticia estructural reconocida por tirios y troyanos. Al momento en que la política asuma, lidere y realice las grandes transformaciones, cederán las tentaciones de la violencia…» [1]

Tres décadas más tarde, Colombia se debate las duras y complejas medidas del proceso de paz en torno a la cesación militar del conflicto, la política de desarrollo agrario integral, el impulso a la participación política en las localidades afectadas, la solución al problema de las drogas ilícitas y el reconocimiento y atención a las víctimas derivadas de los largos conflictos. Conflicto que hoy no se apaga del todo, mezclado con los retos internos y externos que enfrenta el presidente Duque. Acaso una pista útil para el reencuentro de un país polarizado que persigue una «paz todavía incompleta pero en camino hacia su completitud» [2] se encuentre en el legado de Belisario.

 

Notas:

[1] «La voz que aproxima», conferencia ante el CELAM, 1988. Recogida en Aveledo, Ramón Guillermo (2002). Humanismo cristiano y Parlamento. Santiago: ODCA/KAS, pp. 377-378.

[2] «Usted señor Presidente está en la historia», la carta de Belisario Betancur a Santos, en Las2orillas, 30.6.2017.