Hoy se vive un sufrimiento brutal. Hace unos días Aracelis se me acercó preocupada, diferente, agitada. Ella no suele ser así. Su rápida respiración le hacía atropellar las palabras. Le pedí que me hablara con calma, para entenderla. En ese momento me contó su historia.

Aracelis es una humilde obrera de mantenimiento, sencilla y cariñosa, que gana apenas 400.000 bolívares mensuales. Esa mañana, me confesó que su esposo sufre una metástasis, que tienen que aplicarle quimioterapia, que el tratamiento no se encuentra en ningún hospital y que, si llega al país, costaría unos 400 millones de bolívares, imposible de pagar por ella. El médico le informó que la metástasis avanza cada vez más, y con ella el dolor. Ahora el rostro de Aracelis refleja sufrimiento y no hay manera de aliviarle el dolor a su marido, mucho menos a ella y a sus hijos.

Esta es la Venezuela en que vivimos. La Venezuela donde la gente se está muriendo en las calles como en el siglo XVIII por enfermedades infecciosas, por contaminación (en los hospitales), por falta de prevención, por falta de tratamientos curativos y hasta paliativos. Sí, la gente está muriendo de mengua en las calles. Pero ¿qué podemos esperar, si estamos comiendo de la basura?

Esta situación se define como crisis humanitaria, un término muy técnico y diplomático, técnico y político o técnico y sociológico, pero que honestamente no sensibiliza a nadie. Es tan políticamente correcto que le ha permitido al Gobierno de Nicolás Maduro decir que lo que vive Aracelis es mentira y así las peticiones de millones de Aracelis son simplemente ignoradas.

Es tan duro y verídico que, mientras lees este artículo, hay un venezolano paciente en fase terminal, por causas naturales o por falta de tratamiento, que no encuentra los medicamentos que alivien su dolor y padecimiento, y ello genera sufrimiento y llanto en incontable número de familias.

Esto ocurre no solo en los barrios, caseríos, pueblos humildes y distantes, sino también en las urbanizaciones de zonas más o menos acomodadas del país. Es decir, se nos ha condenado a una muerte anticipada. Ahí viene la típica pregunta: ¿por qué el Gobierno no nos garantiza el derecho a la vida a los venezolanos? Reina el silencio o la indiferencia frente a lo que se palpa en las comunidades.

Bárbaramente hemos retrocedido unos treinta años, y el panorama para 2018 se vislumbra aún peor. No existe voluntad para afrontar lo que grita la calle y muchos menos sensibilidad para compadecerse de madres, hermanos e hijos que no pueden salvar a sus seres queridos.

Hay que ser claros: esta situación no es consecuencia de la caída del precio del petróleo o de la «guerra económica». No, no. Esto hunde sus raíces en la famosa y poco recordada frase «Hay que acabar con la industria farmacéutica porque es capitalista». Así que, 14 años después, lo que nunca creímos que pasaría, está pasando, y peor, porque nos volvimos indolentes como sociedad.

Aquí volvemos a quienes han llevado a toda una nación hasta el lugar donde ellos, voluntariosamente, se propusieron llevarla. Desde 2013 no se publica el Anuario de mortalidad y morbilidad nacional, es decir, no existen indicadores claros de la gravedad, más allá de la situación objetiva caracterizada por la dificultad para conseguir medicamentos, la crisis de los hospitales a nivel nacional y el resurgimiento de enfermedades por falta de cumplimiento de estrategias preventivas.

2017 fue el peor año en materia de salud en la historia republicana de Venezuela. Al menos desde 1940, cuando se comenzó a llevarse registro de enfermedades de manera sistemática.

Ahora son enfermos incurables quienes fueron pacientes crónicos, perfectamente estables. Por ejemplo, hipertensos, pacientes glaucomatosos que se están quedando ciegos, pacientes reumáticos que pudieron haberse mantenido, bajo un esquema de tratamiento, medianamente bien. Ahora, un médico promedio en su consulta tiene un 70 % de pacientes oncológicos y el 30 % restante no sabe lo que padece porque no tiene acceso a un diagnóstico.

Voceros oficialistas han recomendado sonoramente «tratar la hipertensión con remedios naturales, no con productos de la industria farmacéutica, porque ellos son capitalistas…». Así piensan. No es cuento, es una conducta propia de psicópatas.

Dentro de su ideario son los que tienen la razón… los únicos capaces de dirigir a la sociedad. Sí las cosas no salen bien dicen que es porque hay gente incapaz de adaptarse al modelo que se les está marcando. Ese es el pensamiento supremo de quienes han llevado adelante esta revolución.

La situación es realmente una desgracia. Más cuando siguen apareciendo normas del Gobierno para regular la existencia en sí. Una de ellas es que no puedes enviar un medicamento a través de servicios de encomienda porque, según ellos, a través de ese servicio los medicamentos «se bachaquean». Si Aracelis tuviera un familiar en otra ciudad, esa no sería una opción. Imagina el nivel de desesperación, el desgaste físico, emocional, que eso representa.

Con seguridad el panorama en nuestra salud será más desalentador. Esto requiere que los ciudadanos tengamos un grado mínimo de planificación y una alta dosis de solidaridad. En las manos del alto gobierno están las vías claras para iniciar un proceso que permita evitar muertes, dolor y sufrimiento a más familias venezolanas pero, como ya se ha repetido, el talante humanitario del Estado no existe.

Esperamos que el desgaste sea tan grande que el sentimiento que debería generar, a mi modo de ver, que es el de la rabia, quede totalmente opacado por la frustración y el cansancio. ¿Cuántos más deben morir lentamente?

Pero no. No podemos permitir que sigamos inundados de desesperanza. Es hora de dar un paso al frente. Si seguimos con términos políticamente correctos pero vacíos de sensibilidad social y humana, las estadísticas de muertes se triplicarán. El esposo de Aracelis espera, y millones de venezolanos no pueden esperar más.

 

Eduardo Rengifo Lugo | @edrengifo
Licenciado en Geografía. Movimiento Primero Justicia, Venezuela