¿Por qué tantos jóvenes en la Argentina eligen transitar los llamados «mejores años de la vida» dentro del Estado? ¿Cómo nos prepara esta formación profesional para afrontar las complejidades del mundo de hoy?

«Para cambiar la realidad hay que involucrarse». Equipo de la Subsecretaría de Juventud en La Emilia ayuda a los vecinos afectados por las inundaciones | Foto: Soy Joven

«Para cambiar la realidad hay que involucrarse». Equipo de la Subsecretaría de Juventud en La Emilia ayuda a los vecinos afectados por las inundaciones | Foto: Soy Joven

¿Quién no leyó o escuchó hablar de novelas como Demian de Herman Hesse o El guardián entre el centeno de J. D. Sallinger? Son historias que quedan grabadas en los corazones de sus lectores. Tanto, que fueron bautizadas como un género propio: son las llamadas bildungsroman, o novelas de aprendizaje-crecimiento, que narran la transición de la niñez o juventud hacia la vida adulta.

Ahora bien, esta es una etapa de la vida en la que todavía estamos conociéndonos a nosotros mismos, entendiendo cuáles son nuestras fortalezas y debilidades y comenzando a construir un proyecto de vida propio. De hecho, durante la juventud es que se termina de conformar nuestra identidad como personas.

En estos días estuve haciendo algunas preguntas orientadoras a colegas menores de treinta años: ¿por qué empezaron a trabajar en el Estado argentino?, ¿cómo sienten que moldeó su personalidad?, ¿qué es lo que más y lo que menos les gusta de ello? En las cuarenta respuestas que recibí de personas tan dispares, había un denominador común: todos trabajan en el Estado porque tienen la convicción de que ese es el único lugar desde el cual se puede verdaderamente conocer y mejorar la realidad.

Esta capacidad de ver la potencia transformadora del Estado es algo que tiene mucha relación con nuestra visión de la vida como jóvenes. Una vez, en una reunión de equipo, una directora nos dijo: «Acá les van a decir siempre que no. Si se quedan con eso, no van a llegar a ningún lado. Su objetivo es que les digan que sí». Esa energía por buscar el sí dentro del marco de lo institucional y una sana ingenuidad son algunas de las características que hacen del nuestro un valor agregado en una trama estatal que está acostumbrada a todo lo contrario. En el Estado argentino, ir de la idea a la acción puede implicar un abismo que muchas veces solo se acorta con creatividad, ingenio y perspicacia.

Según el estudio Doing Business 2016 del Banco Mundial, en los países de la OCDE el tiempo que lleva por año hacer trámites para pagar impuestos es de 177 horas. En América Latina y el Caribe son 361 horas al año. En el caso de la Argentina, hacer un trámite lleva 405 horas. O sea, una hora por día, todos los días del año.

En este contexto son muchas las trabas que se presentan a diario. De hecho, al preguntar qué era lo que menos les gustaba de trabajar en el Estado, la gran mayoría respondió «la burocracia» o «la lentitud para poder ejecutar acciones concretas». Curiosamente, sin embargo, muchos dijeron aprender gracias a esto sobre la importancia de los procesos, a cultivar la paciencia, a encontrar soluciones creativas para poder ejecutar más y mejor políticas públicas que verdaderamente ayuden a la gente.

El ingreso al mundo laboral es un punto fundamental en el crecimiento y maduración de cualquier persona. Te permite entender sobre responsabilidad real, horarios, respeto y cultura de trabajo. Pero estar en el mundo laboral estatal te pone enfrente desafíos que no muchos están acostumbrados a enfrentar a tan corta edad.

No son pocas las veces en las que los jóvenes nos cuestionamos por qué trabajamos en un lugar donde la frustración es constante, donde uno se esfuerza para conseguir algo y después de meses el proyecto se derrumba, donde la presión y las responsabilidades son desproporcionadas para la edad. Hay respuestas a estos interrogantes que son tan intangibles en el trabajo diario como visibles en los resultados de ese esfuerzo: sonrisas, palabras de agradecimiento, gestos, miradas, en fin, personas de carne y hueso.

Esto nos hace entender que el carácter sistémico del aparato estatal en su conjunto y la suma de las fuerzas individuales es lo que permite alterar las reglas de juego, redoblar las apuestas, hacer que se tomen decisiones para mejorar la vida de las personas.

¿De qué manera trabajar en este ambiente nos prepara para un mundo interconectado, demandante e incierto, para una sociedad que exige de sus servidores públicos cada vez más transparencia y autenticidad? «Para cambiar la realidad hay que involucrarse», fue una de las respuestas que me dieron. Y aunque en esta trama haya infinidad de obstáculos —unos conocidos y otros tantos desconocidos—, el bildungsroman del Estado conduce a un desenlace perfecto: una adultez responsable y resiliente pero no por ello menos idealista.

 

Sofía De Cucco | @Sophiecucs
Escritora, comunicadora. Investigadora en la Jefatura de Gabinete de la Subsecretaría de Juventud de la Nación Argentina