Elecciones en Costa Rica 2018

El domingo 4 de febrero Costa Rica celebró una vez más el orgullo de su pueblo: la democracia. Una vez más se demostró su civismo en una jornada pacífica, sumamente ágil, donde se hizo presente el espíritu del Pura Vida. Sonidos, colores y el entusiasmo unidos con un mismo objetivo: la elección de nuestro presidente para los siguientes cuatro años.

Costa Rica, tercer país más democrático de América Latina, [1] posee un terreno altamente irregular, con una particularidad geográfica conocida como depresión tectónica: un amplio y extenso círculo montañoso encierra el centro del país, donde se encuentran la capital y las tres provincias más urbanizadas, que constituyen el Gran Área Metropolitana (GAM). El lector se preguntará qué relevancia tiene esto con una elección política. Pues muchísima.

Lo que vimos en esta campaña presidencial, carente de temas de fondo, podría ser considerado fuera del orden normal. Los asuntos económicos —complejos para muchos electores—, las propuestas de infraestructura de interés amplio para los vecinos de determinada comunidad, la solución a los problemas de seguridad que angustian a las familias cada día cuando sus hijos salen de casa y quedan orando para que regresen con bien…, ejes temáticos que son considerados como los comunes en las campañas presidenciales costarricenses, brillaron por su ausencia.

Fueron reemplazados en una etapa prematura de la campaña por un escándalo de corrupción conocido como el cementazo. ¿Cómo? Sí, un escándalo por cemento, por la módica suma de 31,5 millones de dólares, que involucra a bancos públicos, el Poder Legislativo, el Poder Judicial y hasta la Casa Presidencial.

Sin duda alguna, un caso de esta magnitud es un elemento distorsionador de una campaña, pero su temprana exposición a la luz pública hizo que los partidos políticos y sus candidatos se prepararan para enfrentar y dar la cara ante los costarricenses. De este escándalo se benefició un candidato en particular, Juan Diego Castro, figura que con un fuerte discurso anticorrupción enfocó su propuesta de mano dura contra lo que él mismo denominó la clase política costarricense, atacando principalmente a los dos partidos tradicionales de Costa Rica (PLN y PUSC) y al partido oficialista (PAC).

Quienes seguimos la política ya hemos escuchado este discurso de otredad en varios países y sabemos de su potencial de éxito. Sin embargo, y a pesar de un amplio crecimiento en las encuestas (que atemorizaba a muchos), las tendencias de preferencias electorales se reestructuraron a partir de una opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) sobre matrimonio igualitario. En las dos semanas previas a las elecciones el ambiente respondía más a un referéndum sobre lo expresado por la Corte IDH que a una campaña presidencial. Este hecho catapultó al candidato de Restauración Nacional Fabricio Alvarado, un evangélico que dos días antes era el único diputado representante de ese partido minoritario.

El resultado de estas elecciones nos deja un bipartidismo debilitado y resulta más que claro que la política tiene que evolucionar, tiene que alcanzar a una población que se ha sentido abandonada por la alternancia de los dos partidos tradicionales: Liberación Nacional y PUSC, ninguno de los cuales logró meterse a la segunda ronda —de hecho, no lograron ganar en ninguna de las siete provincias—. Las opciones de cara al 1 de abril son Carlos Alvarado, candidato del PAC, actual partido de gobierno con un perfil progresista, y Fabricio Alvarado, del conservador Partido Restauración Nacional, que hoy tiene 14 de las bancas en el Legislativo, superado únicamente por el Partido Liberación Nacional con 17.

El voto de la zona rural fue determinante. Las provincias costeras, consideradas zonas rurales y más alejadas de la realidad y de los espejismos del valle central, tuvieron una alta preferencia por la propuesta nueva (Fabricio Alvarado) y al mismo tiempo un altísimo abstencionismo: se presentaron dos realidades alternas, el PAC se valió del GAM para lograr ser el segundo partido más votado a nivel nacional, pero en esas zonas que se han sentido abandonadas por los gobiernos anteriores, donde más golpea la pobreza, del otro lado de las montañas, fuera de la depresión tectónica, se dio un voto protesta, un voto de quienes quieren una nueva esperanza y que casualmente votaron por un partido religioso, en este caso evangélico.

Es otra lección que nos deja esta instancia: los políticos no pueden dejar de lado la realidad del tico que no reside en el valle central. Los sectores abandonados necesitan ser atendidos con soluciones concretas, como supieron leer muy bien tanto Carlos Alvarado como Fabricio Alvarado.

El resultado electoral configura un reclamo, con históricos niveles de abstención que llegó a casi el 50 % en algunas provincias, precisamente las que presentan menores niveles de desarrollo.

¿Qué podemos esperar para estos dos meses de campaña hacia la segunda vuelta? Primero, que por fin podamos escuchar propuestas para solucionar los problemas que agobian al país, y segundo, alianzas que no piensen solo en sumar los votos que han obtenido los candidatos del tercer y cuarto lugar —PLN y PUSC, respectivamente— por gobernabilidad y la articulación con la Asamblea Legislativa. Alianzas que deberán hacerse con mucho cuidado de no sumar pesos muertos que recuerden al electorado la deuda que tiene la clase política con la ciudadanía y el escándalo del cementazo.

 

[1] Según el Índice de Desarrollo Democrático de América Latina, IDD Lat (Polilat-Fundación Konrad Adenauer, 2015).

 

Juan José Díaz | @jotadiazquin
Analista político. Miembro de la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia. Gerente general de Lex Group Consultores