El golpe fracasado de febrero y el segundo intento también fracasado en noviembre de 1992 dejaron sangre y muertos de los que no se habló más. Fueron tapados por el lodo de la retórica populista que, usando disfraz de «izquierda», lo convirtió en épica liberadora de Venezuela.

Un 4 de febrero, pero de hace 26 años, buena parte de la sociedad venezolana volvía a la experiencia casi esotérica de creer en el gendarme como solución a todos los problemas y poco más. La democracia pasaba por un momento difícil y aquel atentado selló la vuelta al pasado primitivo de metralla y personalismo.

Ese día todos entraron en acción: los militares golpistas, los medios de comunicación, los políticos que sabían y no hicieron nada, los políticos que no sabían y no hicieron nada, los políticos que intentaron hacer algo, el presidente que salvó su pellejo con audacia ante las cámaras, los conspiradores, los no conspiradores, los oportunistas y los pocos defensores de la institucionalidad.

Luego de la intentona, y mediante un desliz con propósito, a Hugo Chávez, el menos exitoso de la operación, lo enfocaron las cámaras para salvar su desastre. El único preso que dio rueda de prensa después del crimen. Él fue detenido, pero el golpe ya se había dado en la mente de millones de televidentes.

El golpe fracasado del 4 de febrero de 1992 y el segundo intento también fracasado en noviembre de ese año dejaron sangre y muertos de los que no se habló más. Fueron tapados por el lodo de la retórica populista que, usando disfraz de «izquierda», lo convirtió en épica liberadora.

¿Qué pasó aquel 4 de febrero de 1992? ¿Qué nos sucedió a los venezolanos? Los hechos de antes, durante y después están relatados con lujo de detalles en el que considero el único libro recomendable para revisar el caso con objetividad, La rebelión de los náufragos, de Mirtha Rivero. Todavía se consigue en varias librerías venezolanas y está disponible en tiendas online.

Entender ese instante de nuestra historia reciente ayuda a dar contexto a la desgracia que hoy vivimos como país.

El Chávez preso tuvo todos los privilegios posibles. Todos los que, por supuesto, no tuvieron ninguno de los encarcelados por su régimen. En su breve estadía como prisionero pudo armar, junto a colaboradores y devotos de la misma religión militarista, un plan para seguir en la escena pública y retomar el clic en la mente de las masas. Paso a paso, grano a grano. La historia se fue contando con los ajustes del caso para disfrazarlo de Robin Hood en un mundo de atroces criminales de cuello blanco. Negó su simpatía por el comunismo, negó su proyecto socialista. Solo se habló de una cosa: Constituyente, Constituyente, Constituyente.

Los aliados internacionales aparecieron. Cuba en el mapa. Algunos no lo recibieron, como el líder y fundador del progresista Frente Amplio de Uruguay, el general Líber Seregni, pues aunque militar y de izquierda, no toleraba la condición golpista de aquel mesías. Ejemplo que no siguió ninguno de sus discípulos.

Chávez llegó al poder y puso en marcha su plan. Creó un mito sobre el 4F. Este se hizo vital porque, como empuje a la reescritura de la historia, hasta su faraónica tumba tiene el símbolo gigante de esa operación fracasada en los hechos pero victoriosa en el corto plazo.

El resto ya lo sabemos. Las cenizas de Venezuela.

 

Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano. Doctorando en Ciencias Políticas. Integrante del Centro de Formación para la Democracia