María Sequera es una docente jubilada de 64 años. Vive en Puerto La Cruz, una ciudad costera del este de Venezuela. Se levanta a las 5 am para ver qué consigue para comer. Es la última semana, el último respiro agonizante, de lo que ella define como un «terrible 2017, el peor de nuestro país».

Joven venezolano hurga la basura para comer | Foto: Voice of America, vía Wikicommons

Joven venezolano hurga la basura para comer | Foto: Voice of America, vía Wikicommons

El reto de María, quien cobra doble pensión mensual y hace unos meses se autocalificaba de clase media, incluye correr con la suerte de hacerse de dinero en efectivo, pues las restricciones para obtener papel moneda arreciaron en estas fechas navideñas. El mínimo que dispensan los cajeros automáticos, cada 24 horas, no alcanza ni para adquirir una docena de huevos.

Su refrigerador está vacío. El intento de cena de Nochebuena de hace un par de días no incluyó los platillos de siempre. Ni los mismos invitados. Ni la misma emoción.

«Viví dignamente de la docencia. Levanté a mis muchachos. Los hice profesionales a los tres. Ahora ellos siendo ingenieros no pueden hacer lo mismo que yo. Se tuvieron que ir porque inclusive en PDVSA (empresa estatal petrolera) ganaban salario mínimo. O sea que, con una quincena, hoy podrían comprar apenas un cartón de huevos y unos panes. No más que eso», relata.

La monstruosa inflación —la más alta del mundo— y las restricciones para obtener dinero en efectivo es una ecuación que aniquila la tranquilidad de millones de venezolanos. En los últimos días esta tendencia pegó con mucho más fuerza, porque se une el factor especulativo, ante el normal aumento de la demanda.

En un ambiente sombrío, que María recuerda siempre estuvo marcado por luces de colores, se prepara para recibir el año nuevo con puestos vacíos en la mesa y mucho espacio en su refrigerador, sin la certeza de qué podrá conseguir para comer, en momentos en que el desabastecimiento de productos básicos alcanza en toda Venezuela más del 85 %.

«Me voy a juntar con una vecina, sin mucha parranda. Nos prometieron que nos van a conseguir dos pollos para asarlos y allí veremos. Nada de pan de jamón, ni hallacas, ni pernil. Primero porque no tengo la plata, y segundo, porque no se consigue nada. Quienes lo hicieron tuvieron que buscar con calma con semanas de antelación los productos. Yo no tenía el ánimo, ni siquiera tengo a mis hijos y mis nietos aquí. Se tuvieron que ir del país. Solo uno de ellos tiene trabajo. Los otros están buscando qué hacer, pero por lo menos están en sitios seguros. Dos se fueron a Perú y otro a Chile. Aquí en el barrio que era tranquilo; donde yo crié a mis muchachos, ahora mandan los malandros (delincuentes)».

El rostro atribulado de María Sequera se multiplica en millones en todos los rincones del país caribeño, en donde cálculos no oficiales estiman que la inflación cerrará en este año entre 1200 % y 1500 %. Ni siquiera la sumatoria de toda la inflación acumulada en toda Suramérica, Centroamérica y el Caribe se acerca a este devastador porcentaje.

De acuerdo con cifras del Fondo Monetario Internacional [*], Venezuela lidera la lista de aumento de precios en el orbe, solo seguida —muy de lejos— por Sudán del Sur (111 %), Congo (50 %), Libia (35 %) y Egipto (29 %). No hay cifras oficiales del Banco Central de Venezuela. Está prohibido darlas a conocer. Pero la población diezmada en su poder de compra y calidad de vida no necesita de informes gubernamentales, pues su cotidianidad impone cada día la habilidad para sobrevivir en medio de una variable que es una verdadera espiral de muerte.

No existe en los registros económicos de la nación suramericana ni siquiera un antecedente cercano a esta catástrofe. En el segundo periodo de Carlos Andrés Pérez (1988-1993) la inflación trepó a 81 %, con un promedio de 45,3 %; en el segundo gobierno de Rafael Caldera (1993-1998) alcanzó 103,2 % y tuvo un promedio de 59,6 %.

En esa década de crisis económica previa al arribo al poder de Hugo Chávez y su Revolución bolivariana, los ciudadanos no se enfrentaron nunca a la escasez de medicinas y alimentos.

Sin fe en el futuro

«Ganando salario mínimo, yo hasta hace dos años iba a la peluquería cada semana. Y en estas fechas me compraba por lo menos ropa y unos zapaticos, para el 24 y el 31. Ahora hice un mercadito para Navidad, hice el esfuerzo de comprar una botella de ron para compartir con mis sobrinos y listo, se acabó el dinero. Para Año Nuevo ni me preocupo. Veremos qué se hace. Si no hay, no hay», reseña con resignación Teo Rodríguez, una enfermera jubilada que camina por el centro de la ciudad de Cumaná, advirtiendo que en los supermercados «no hay ni aire».

Teo razona que para ella el drama no es que terminamos un año que califica como terrible, sino que no encuentra en el presente nada que le haga pensar que el 2018 sea diferente.

«Los venezolanos estamos acostumbrados a tiempos buenos, regulares y malos, pero esto es ya una tragedia, un infierno. No se trata ni siquiera por lo material. Es que yo no veo una luz al final de este túnel. Para vivir como antes hay que estar enchufado (tener negocios con el Gobierno). Del resto, nos toca estar día y noche brincando de un sitio a otro, para ver qué se consigue. Para rendir los centavos. Si compras en efectivo es un precio, pero si compras con tarjeta de débito es otro. Yo ni entiendo esto. Creo que el 31 apagaré la luz y a las nueve me iré a dormir», concluye Teo.

Los economistas más connotados del país coinciden con la enfermera cumanesa. No hay registros de ninguna medida tomada por el gobierno de Nicolás Maduro que haga pensar que en el periodo fiscal 2018 la tendencia inflacionaria y de escasez tendrá un comportamiento diferente.

«La crisis hiperinflacionaria venezolana está aquí. Ya no puede evitarse. Tendremos que vivir su impacto por un tiempo que podría cubrir el año 2018, asumiendo que la presión de cambio económico será gigante. Sin cambio (económico), el proceso de deterioro sería más largo e impredecible», aseguró en su cuenta de Twitter el presidente de la consultora Datanálisis, Luis Vicente León.

El diario El Mercurio de Chile en entrevista a Alejandro Werner, jefe del departamento latinoamericano del Fondo Monetario Internacional, alertó el hecho de que «por primera vez, la economía venezolana ha entrado en territorio hiperinflacionario, a fines de 2017».

El FMI tiene como cálculo que habrá una tasa de inflación acumulada de casi 2400 % en 2018, con una disminución en el producto interno bruto del país de más del 10 %. Es obvio que estos pronósticos catastróficos serán sinónimo de la profundización de los problemas económicos. «Va a dar lugar a todavía mayores caídas de los estándares de vida, a mayores problemas de salud, a más epidemias y a más migración a los países vecinos», avizora el especialista.

De acuerdo con registros de organizaciones no gubernamentales, cada mes del último semestre de 2017, cuando más arreció la crisis inflacionaria, en promedio diez niños menores de dos años murieron por desnutrición en los principales hospitales del país con las mayores reservas petroleras del mundo.

Esperando mejores vientos

Joaquín Gil vive a orillas del mar en la isla de Margarita. La faena de la pesca por más de cinco décadas le permitió mantener a una familia numerosa. Hoy, con 72 años a cuestas y con el sol en la espalda, asegura que «nunca se las había visto tan negras».

Su pequeña embarcación no ha vuelto a mar adentro, desde hace seis meses, por falta de repuestos. Contradictoriamente, para un hombre que ha edificado su vida en la pesca, hasta lanzar una red se ha complicado.

«Tengo la lancha sin pintar desde hace dos años. No consigo los repuestos para el motor. Conseguí unos usados pero me los querían vender en millones. Nunca antes había vivido esta situación. Cómo es posible que comerse un pescaíto sea un lujo», esbozó en medio de risas y de un llanto contenido.

Cuenta que en Navidad no hubo niño Jesús para sus siete bisnietos. Las medicinas para controlar la hipertensión de él y de su segunda esposa no aparecen. Aspira en el 2018 conseguir los repuestos para volver al mar. De lo contrario, asume que «morirán de hambre o de un infarto», enfatizó.

La tragedia particular de Joaquín no es ajena a miles de venezolanos que vivían de su propio esfuerzo, de empresas familiares o pequeñas y medianas empresas.

Por citar solo un par de ejemplos, los transportistas y taxistas padecen no solo la falta de autopartes, sino irónicamente la creciente escasez de combustible que se agudizó en los meses de noviembre y diciembre. Para los panaderos, la harina es un insumo de lujo, y así toda una vorágine de desabastecimiento que ha imposibilitado el autosustento a quienes trabajaban por su propia cuenta.

Centenares de empresas de diferente gama no saben si abrirán sus puertas en enero de 2018. La contracción del comercio es tal que en diciembre el grueso de establecimientos de los rubros zapatos, ropa y electrodomésticos, los cuales tradicionalmente repuntan por estas fechas, registraron en este periodo una merma histórica del 85 % con respecto a 2016, según las cámaras de comercio de las principales ciudades del país.

Así como Joaquín tuvo que posponer su faena esperando mejores vientos, grandes trasnacionales como General Motors y Pirelli se marcharon en 2017 del país y otras redujeron sus actividades al mínimo, como Procter & Gamble y Colgate Palmolive. Ya en 2016 se habían marchado Kimberly Clark, General Mills y Lufhtansa.

El inventario de la estampida roza lo catastrófico. Cinco líneas aéreas (United, Delta, Alitalia, Gol y Avianca) alzaron vuelo, las líneas aéreas nacionales sobreviven a la falta de repuestos, lo cual obligó a un descenso de 75 % de su operatividad.

Importantes consorcios internacionales petroleros desmontan sus operaciones ante el descalabro financiero de la principal industria del país, marcada por una alta morosidad con todos sus proveedores. Reportes indican que las principales refinerías del país —como la de Puerto La Cruz— cierran con una operatividad que no llega al 20 % de su capacidad. El retrato actual de la estatal petrolera está marcado por números rojos, una merma histórica en la producción (menos de 1,4 millones de barriles diarios) y grandes escándalos de corrupción.

Todas estas frías cifras conducen a que, en estos últimos meses, miles perdieron sus empleos y dejaron de aportar a la cesta básica de sus respectivos hogares. Ese motor inflacionario que impulsa la pobreza y el hambre no dejó de aumentar sus revoluciones y, como reiteran los expertos, no tendrá pausa en los meses venideros.

María, Teo y Joaquín no tienen razones para percibir con optimismo los tiempos por venir. Coinciden, desde realidades distintas, en que el 2017 ha sido el peor de sus vidas pero, más allá de la emoción, con argumentos macroeconómicos en mano, economistas, consultoras internacionales y expertos financieros pronostican días peores para más de treinta millones de venezolanos de todas las capas sociales. Ese monstruo devastador de la hiperinflación apenas despierta.

¿Que cómo llegamos a esto? El régimen de Maduro tiene una sola explicación y ninguna solución estructural que se conozca hasta ahora: la guerra económica de la oposición con apoyo del Imperio yankee.

Pero hasta los mismos idólatras de la revolución chavista-castrista saben que se paga las consecuencias del modelo económico socialista anacrónico instaurado por el fallecido Hugo Chávez, fundamentado en expropiaciones, confiscaciones, control de cambio, control de precios, emisión de dinero inorgánico… y mucha corrupción.

 

[*] Fuente: bbcmundo.com.

 

Fernando Martínez | @fermartinezm
Periodista, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello. Docente universitario. Articulista del diario Centro (Tampa, EUA) y otras publicaciones en América Latina