Incahuasi y el pernicioso estatismo

Algo que parece debemos agradecer los bolivianos al Movimiento Nacionalista Revolucionario y la desastrosa revolución de abril de 1952 es nuestro amor irracional hacia el estatismo.

Megacampo gasífero de Incahuasi 

Megacampo gasífero de Incahuasi

En la actualidad, esa emoción incontrolable al Estado sigue trayéndonos más problemas que beneficios. Hoy, toda la clase política boliviana, ya sea el oficialismo o la oposición, sigue con devoción y sin ningún tipo de crítica la idea de que el Estado es el pilar fundamental del desarrollo y que los individuos no tienen la capacidad innovar sin su control y ayuda.

Incahuasi es el más claro ejemplo de cómo el estatismo es capaz de destruir el desarrollo y crear una rencilla entre dos departamentos: Chuquisaca y Santa Cruz. Ya en la revolución de la década de 1950 adquirimos la costumbre de vivir de la renta que nos da el Estado por las materias primas, hábito que seguimos conservando. El campo de Incahuasi no es otra cosa que la práctica de una de nuestras costumbres. Es inaudito que en pleno siglo XXI los representantes de estos dos departamentos entren en peleas y medidas de presión por la renta petrolera, bajo la excusa de que necesitan del dinero para desarrollar su respectiva región. Tal argumento carece de sentido, ya que un porcentaje superior al 70 % de la renta petrolera va al gasto corriente y al aumento de la burocracia del gobierno regional.

La clase política boliviana parece olvidar que el Estado es ineficiente y que son los individuos, de manera generosa, quienes desarrollan el lugar donde viven. Tanto Santa Cruz como Chuquisaca, en caso de que fueran realmente autónomos, tendrían la capacidad de dar incentivos impositivos, impuestos bajos para que los individuos vayan a invertir a las regiones correspondientes y así crear empleo formal y mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Desgraciadamente no es así y el discurso de parlamentarios, autoridades regionales y gran parte de la población es clamar por la renta petrolera pensando ingenuamente que de esa manera el gobierno regional llevará el desarrollo y el progreso que tanto añoran y necesitan. Los representantes políticos no tienen la capacidad de pensar que los bolivianos vivimos en un infierno fiscal, que el Estado sufre de gigantismo y que todas las acciones que toma el gobierno central, las gobernaciones y los municipios no son inversiones, sino gasto público. Parecen desconocer que las instituciones estatales no generan ganancias, que simplemente gastan dinero que les llega de los impuestos de los ciudadanos, las empresas y de la explotación de los hidrocarburos.

Nuestros representantes políticos de cualquier nivel del Estado parecen desconocer que el comercio informal es parte de la política estatista que pone muchas trabas para la creación de empleo formal y no es, como repiten sin ningún tipo de razonamiento, un problema de educación.

Incahuasi es la más clara muestra de que nos gusta fomentar nuestra pobreza, quitarle a los individuos la capacidad creadora y enseñarnos a todos que el Estado, en un acto benevolente, nos da unos cuantos pesos para sentirnos mejor y protegidos. Con estas actitudes, Bolivia se encuentra una vez más postergada, y lo único que nos dice que somos ricos es la propaganda gubernamental.

Nuevamente estamos recorriendo el camino para que Bolivia se nos muera. O cambiamos de paradigma y tomamos cada uno de nosotros nuestro destino, o vamos a paso certero hacia el desastre.