Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) tienen la misma población, cultura y situación geográfica. ¿Por qué una es rica y la otra pobre? La prosperidad no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas promovidas por las instituciones de cada país.

Más de una vez nos cuesta entender la disparidad entre algunos países de Europa y aquellos de nuestra región, en lo que respecta a desarrollo. Sin cruzar el océano, nos es más difícil aún entender los casos de éxito de Estados Unidos o Chile, por citar algunos ejemplos. Cruzamos la frontera e inmediatamente, por una cuestión de instinto, nuestro comportamiento tiende a adaptarse a las de la sociedad que nos recibe. En Estados Unidos las reglas de tránsito se respetan; eso hace posible un tránsito ordenado y muestra la forma correcta de manejar. En el caso chileno, el ejercicio de los carabineros (Policía Nacional) en la función pública, con su sola labia, nos somete a su autoridad. En ambos países, ni por una milésima de segundo se nos vendría a la mente quebrantar el orden; sin embargo, regresamos a nuestras jurisdicciones y olvidamos todo. La regla es otra. Aquí hacemos todo lo que evitamos allá.

El premio Nobel de Economía (1993) Douglas North enfocó su trabajo en cómo batallamos los humanos con la incertidumbre. Él señaló que la incertidumbre se reduce con las instituciones: estas encaminan nuestro desarrollo.

North llamaba a las instituciones «un conjunto de reglas de juego y restricciones que condicionan la interacción de los individuos en la sociedad», y Lin y Nugent, «un conjunto de reglas de conducta que rigen y dan forma a la interacción de los seres humanos, en parte ayudándoles a formar expectativas de los que otras personas van a hacer».

En ese orden de ideas, aproximadamente dos décadas más tarde, Robinson y Acemoglu, en Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, enfatizan en que el desarrollo de un país está estrechamente determinado por las instituciones políticas y económicas. También dejan atrás y contradicen aquellas posturas que señalan que el crecimiento de un país está sometido por su desarrollo cultural, el error en la implementación de políticas públicas o políticas económicas, y la geografía. Ellos rechazan esta teoría mediante la comparación entre las ciudades de Nogales en los Estados Unidos y Nogales en México.

Las instituciones importan. Son las que marcan la diferencia del éxito de un país con otro y son las que, además, construyen la perspectiva de vida de los ciudadanos.

Salvo Uruguay y Chile, que se ubican en las posiciones 32 y 35 respectivamente del Pilar #1 Instituciones del Índice de Competitividad Global para el periodo 2016-2017 del Fondo Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), el resto de los países latinoamericanos recién empieza su ascenso en la casilla 60, lo que evidencia que vivimos permanentemente en una carencia de institucionalidad.

En América Latina es poco frecuente hablar de instituciones sólidas. Por el contrario, como en mi país, es muy frecuente hablar de la fragilidad y volatilidad de las instituciones, que se ajustan a la realidad de turno. Las instituciones, aunque suene muy simple o sencillo, tienen un impacto significativo en nuestras vidas: son las que aseguran el derecho de propiedad, la fuerza de cumplimiento de las reglas de conducta: cumplimiento de contratos e imposición del orden (enforcement), un sistema administrativo y judicial imparcial y un sistema político pluralista.

Sonará gaseoso pero la apuesta a futuro, de los políticos y del electorado, debe ser aquella en la que se construyan instituciones y permanezcan las que nos permiten tener cierto equilibrio. Recordemos que son estas las que reducen nuestra incertidumbre y conducen al desarrollo. Las instituciones son indispensables.

 

Fabrizio Anchorena | @fabrianchorena
Bachiller en Derecho. Trabaja en la Agencia de Promoción de la Inversión Privada, ProInversión. Columnista en Lucidez