La versión televisiva de Chávez también causa polémica.

El Comandante en 2012 | Foto: Walter Vargas, vía Flickr

El Comandante en 2012 | Foto: Walter Vargas, vía Flickr

Un viejo decir latinoamericano propone que la vida de algunos se parece a la de una telenovela. ¿No será que también las vidas de algunos países se les asemeja? ¿Será este el caso de Venezuela y de Hugo Chávez, ahora retratado en la serie El comandante?

Por si quedan dudas de que el melodrama televisivo es un género representativo de la región, recordemos títulos que han batido audiencias nacionales e incluso continentales: Los ricos también lloran (México, 1979), Abigail (Venezuela, 1988), Yo soy Betty, la fea (Colombia, 1999) o Liberdade, Liberdade (Brasil, 2016). Todos cuentan historias en las que la pobreza se enfrenta a la riqueza, subvertida solo por el amor imposible, donde cursis villanas y villanos, elegantemente corruptos, hacen padecer a héroes y heroínas populares, en un mundo donde la nostalgia del campo se suele trasladar a la ciudad.

¿Qué pasa cuando la realidad y la violencia se mezclan en la soap-opera latina con la aspiración de una serie moderna? En busca de novedad y reconocimiento, existe una tendencia al biopic, en las vidas de artistas reverenciados (Celia Cruz o Juan Gabriel) que se alternan con las de tenebrosos criminales (Pablo Escobar y su secuela de carteles). Ahora se suma El comandante, producción colombiana de RCN (uno de los canales de noticias vetados por el régimen venezolano) en sesenta episodios, inspirada en un libro del exministro y reconocido analista Moisés Naím, que ha logrado algo inédito en materia crítica: obtener sin ser vista la rabiosa censura de Nicolás Maduro, pero también la de los opositores al legado de Chávez.

La furia de Maduro es el miedo de que la imagen canonizada —aunque no embalsamada, a su pesar— del caudillo tropical pueda empañarse, y desata amenazas contra posibles operadores de cable o ante quienes se atrevan a colgar en la web el retrato no autorizado (¡y ya prometió una versión oficial!). Por otro lado, los antichavistas están asustados porque El comandante podría contribuir a enaltecer la imagen del causante de sus desgracias. Si el miedo de Maduro es reflejo de un régimen propenso a la censura, el de sus rivales se fundamenta en el éxito alcanzado por las narcotelenovelas y precisamente la que se realizó sobre Escobar en Colombia, que antes que dejar lecciones morales causó identificación y rating. Y Escobar y Chávez comparten al mismo versátil actor que los encarna: Andrés Parra.

Pero la realidad tras las primeras emisiones es que este enlatado es predecible: una puesta en escena formal con algunos rasgos históricos meritorios y la actuación de Parra, y de allí para abajo los clichés del melodrama. Y un Chávez, además de carismático y con iluminado olfato político, machista, violento, mentiroso e infatuado por el poder hasta sus últimas consecuencias. ¡Cosas que ya sabíamos y del mal final de telenovela que nos espera!

En 1987 un extinto grupo de rock venezolano, Sentimiento Muerto, debutó con un gran disco producido por el argentino Fito Páez, que abría con una autobiográfica y sugerente canción, «Culebrón», que desde la vida de sus autores predecía bien la de Chávez y su país: «Yo no quiero que se convierta en un guion para una (tele)novela, en pura culebra, cucu, cucucu… ¡culebrón!»

José Cepeda | @sinclair_simon_
Colombiano. Periodista y politólogo