Los abanderados de las escuelas públicas en Uruguay

La escuela pública es la semilla dura en la formación ciudadana. Los cambios que modifiquen los valores que nutren el funcionamiento de la escuela pública en Uruguay no deben pasar debajo de la mesa.

La escuela pública, formadora en valores

La escuela pública, formadora en valores

La escuela pública ha sido la gran receptora de mis hijos y de otros niños inmigrantes. A través de ella, hemos comprendido mucho de lo que forma el ADN de este país, que cada día amamos más. El acto del 19 de junio, con la conmemoración del natalicio de Artigas junto con la promesa de la bandera, invitan año a año a conectarse con la memoria histórica y con los símbolos patrios, que no le pertenecen a ningún partido, sino a todos los uruguayos. Su valor se contagia a los niños extranjeros, como el mío, que cursa tercero de primaria y que el pasado 18 de junio me dijo «mañana pónganse elegantes porque está de cumpleaños Artigas y vamos a la escuela a cantar el himno». Me dio risa su tono de señor pero, a la vez, alegría apreciar que la escuela sigue siendo la cuna de los valores democráticos. También nos impactó gratamente el asunto de los abanderados. Los más chicos anhelan tomar ese lugar llegado su momento.

Ser abanderado no es cosa menor. Transmite a los niños el valor del mérito, el premio al esfuerzo, la materialización de la recompensa que se han ganado a pulso. Ese honor provoca un aplauso que retumba, cuando de viva voz se anuncia a los nuevos abanderados año a año. Los aplauden el maestro, los amigos, sus padres, los padres de los demás; los aplauden el profesional, el no profesional, el que terminó la escuela y el que no también; porque todos, sin discusión, entienden que ese mérito solo lo tiene quien lo ha ganado con esfuerzo, y ese esfuerzo inspira respeto y admiración.

Esa idea siembra el principio que rige el progreso individual. Querer ser mejor para llegar a oportunidades mejores, fijarse metas bajo la idea de que trabajando duro en función de ellas será posible alcanzarlas. Destruir ese pilar bajo la idea de la popularidad o bajo el argumento de ofrecer a todos la misma oportunidad es un errático enfoque de inclusión que resulta en la expropiación del mérito, porque se quita a unos lo ganado por el trabajo propio para darlo a todos por igual, incluso a aquellos que casi por suerte salvaron el año, anteponiendo la camaradería sobre la dedicación. Parecen existir hoy problemas más urgentes en la educación pública —como la deserción, por ejemplo— que demandan acciones enérgicas, antes que medidas tendentes a cambiar aquello que funciona para bien.

Destruir el mérito extingue las aspiraciones y construye una sociedad de conformismo, cuyo motor será el amiguismo. Quien pretenda destruir el capital moral de una sociedad debe empezar, entre otros, por destruir el valor del esfuerzo. Exactamente así ocurrió en mi amada Venezuela, donde la crisis, antes que política y económica, es moral. No fue casual que modificaran nuestros símbolos patrios, mientras satanizaban y prohibían terminantemente la repetición escolar, sin corregir sus causas, y eliminaban los méritos académicos para la obtención de becas y créditos educativos, (como en la famosa Fundación Gran Mariscal de Ayacucho que en su tiempo otorgó becas y créditos educativos a tasas muy benevolentes que solo se obtenían y se mantenían con óptimos índices académicos, criterio que luego fue reemplazado por la mera inscripción en misiones sociales o en consejos comunales).

Ofrecer a las nuevas generaciones el mensaje de que el esfuerzo no supone ninguna recompensa y que lo determinante es qué tan bien visto eres a los ojos de quien toma una decisión que te afecta, es la receta para fabricar incapaces que no se medirán para mantenerse bajo la bota de quien les gobierna, siempre que ello les garantice un puesto de trabajo o una prebenda. Así se fabricó la elite dictatorial de mi país.