Mecanismos de control social en Venezuela: nuevas formas de esclavitud moderna

Venezuela se desarrolla en un contexto de conflictividad social y crisis económica sin precedentes. Lejos de la agenda mundial, ahora tendrá que enfrentar uno de los peores flagelos de la humanidad: la esclavitud.

Hablar de esclavitud en la actualidad, aunque parezca una contradicción, es una realidad que está ahí; siglos después, ha evolucionado tanto como la vida misma. La esclavitud moderna es un problema que está a los ojos de todos pero ¿quién la señala?, ¿quién la denuncia?

De acuerdo con el informe Estimaciones mundiales de la esclavitud moderna. Resumen ejecutivo, de la Organización Internacional del Trabajo (2017, p. 7), la esclavitud moderna «refiere a las situaciones de explotación que una persona no puede rechazar o abandonar debido a amenazas, violencia, coacción, engaños y/o abuso de poder». Sobre esta afirmación trabajan otras organizaciones esmeradas en la causa. Una de ellas es la fundación Walk Free. Este año, en su más reciente informe, revela que Venezuela encabeza, junto con Haití, los países de América Latina con más incidencia de este flagelo.

Así, el país que fue referencia histórica para muchas naciones y que abrió sus puertas a miles de inmigrantes que huyeron de sus países por crisis económicas, sociales, políticas e incluso por conflictos armados, hoy es objeto de informes sobre criminalidad y esclavitud moderna.

¿Cómo llegamos a este lugar? El asunto más crítico de este contexto es ver cómo pobreza y esclavitud se dan la mano en un crecimiento desproporcionado del problema, a la luz de los ojos de todos, presentes en la cotidianeidad, adornando el desplome del Estado de derecho y muy lejos de sufrir el embate de un gobierno que procure combatirlas, por no decir con ambición que su tarea es erradicarlas.

Es incomprensible hablar de esclavitud en Venezuela sin antes precisar las distintas formas que una sola palabra puede encarnar en la práctica de uno de los peores flagelos de la humanidad. En todas partes del mundo, cuando se habla de tráfico y trata de personas, trabajo forzoso, trabajo infantil, explotación sexual, servidumbre por deudas, entre otras formas de perjuicio de la dignidad humana, se entiende qué es esclavitud moderna.

En el caso venezolano son la inseguridad alimentaria, el colapso de servicios públicos, el trabajo infantil, a través de la mendicidad y la migración forzosa, los factores que inciden en el deterioro de la calidad de vida de las personas y en el mal desenvolvimiento de la sociedad que dista mucho de ser favorable al bienestar colectivo. De esta manera, toca reconocer que, ante la ausencia del Estado de derecho, el problema de esclavitud moderna trasciende a 170.000 personas y encarna en el rostro de millones de venezolanos que no han podido abandonar una condición de sometimiento por el abuso de poder de unos pocos, que usan las políticas sociales como mecanismo de chantaje, en muchos casos acompañado por el uso de la fuerza y la intimidación.

La mujer venezolana que no puede expresarse libremente por temor a ser excluida de la lista de beneficiarias de un «programa de alimentación», pese a la escasez de los rubros de la canasta básica y el alto costo de la vida, que no tiene otra opción que callar porque primero antepone el alimento de sus hijos, es esclava de quien abusa del control sobre la producción nacional y el comercio de alimentos.

El trabajador y la trabajadora, que hacen magia para conseguir el alimento —porque su salario mínimo mensual no le alcanza para comprar un cartón de huevos de treinta unidades, es decir, para comerse un huevo por día—, son esclavos del patrono que les deja como única solución la migración forzosa para evadir el hambre, para buscar un mejor porvenir.

La enfermera que protesta por sus reivindicaciones laborales, por un salario justo y, a su vez, es reprimida por fuerzas del Estado, es esclava de quien se aprovecha del monopolio sobre la entrada al país de medicinas y equipos médicos.

Los niños y niñas que hoy comen de la basura, se desarrollan en la mendicidad y piden limosna en los semáforos de las principales avenidas del país, son esclavos de quien los usa como red para enriquecerse; también lo son de quien se alejó de la responsabilidad de garantizarles seguridad alimentaria, educación, salud y futuro.

El expresidente Hugo Chávez, en una de tantas de sus alocuciones, dijo: «Si queremos acabar con la pobreza debemos darle poder a los pobres». A casi diez años de aquella declaración, el 80 % de los venezolanos son pobres por ingreso y resisten a la coacción para sobrevivir, no morir de hambre, no abandonar sus sueños. Luchan pese a que los pocos que ostentan el poder y han hecho del «legado revolucionario» una industria de mecanismos de control social que corresponden a nuevas formas de esclavitud moderna. Aquel que ha tenido que tragar en silencio el amargo sabor de ver cómo sus hijos han tenido que partir del país porque ya no tiene alimento ni sustento que darles, es esclavo de quien lo oprime, de quien le amenaza con quitarle la casa si a cambio no le dan el voto para su reelección.

Hoy ser pobre es ser esclavo del régimen que abusa del control sobre la red de alimentos, medicinas, servicios básicos y las políticas sociales como mecanismos de control social, para amarrar voluntades que se niegan a vivir en condiciones infrahumanas. Ahora más que nunca en Venezuela la lucha por la libertad sigue vigente. La respuesta no puede ser el silencio, mucho menos la inacción. La organización desde las bases, la resistencia ante la injusticia y la unión como el sostén para mantener la convicción de que solo juntos, como una gran fuerza de ciudadanos, podremos salir de esta crisis debe ser la esperanza que nos impulse a cumplir el sueño de rescatar a Venezuela del yugo del chantaje y la exclusión.