David y Juan Pablo son dos jóvenes profesionales de 30 años que arribaron a San Pablo, Brasil, en búsqueda de una nueva vida y con un profundo dolor en sus almas al desistir de lo imposible: la idea de encontrar una oportunidad en su propia patria.

Esperando la partida. Aeropuerto de Maiquetía, Caracas | Wikicommons

La mejor versión de los acontecimientos siempre viene de la primera fuente. Venezolanos en el mundo dan cuenta de la dura realidad que atraviesa su país.

Que Venezuela está en crisis no es noticia. Hace años arrastra una tormenta económica, política y social que aumenta cual bola de nieve y no permite vislumbrar una solución. Esto motiva a miles de nacionales a emigrar en masa a otros países, de preferencia también latinoamericanos.

Esta migración tiene un ribete especial: la profesionalización. Ingenieros, doctores, profesores dejan de lado la cercanía física familiar y sus historias de vida en una nación devastada por la escasez de energía, de productos alimenticios, de medicamentos y otros artículos de primera necesidad. Toda una paradoja para una de las naciones con mayores fuentes de riquezas naturales y quinta exportadora de petróleo en el mundo.

Abandonar la madre patria con la impotencia de saber que muchos otros compatriotas seguirán viviendo en ese clima de inseguridad y constante incertidumbre es materia de análisis para sociólogos, psicólogos y profesionales de las ciencias sociales.

«Lo cierto es que había que tomar una decisión», dice Juan Pablo, oriundo de Puerto Ordaz, quien ve con optimismo el futuro que pueda ofrecer Brasil a un ingeniero joven y con algo de experiencia, mientras que su compañero de ruta David Enrique es más específico al mencionar que está agradecido porque en Brasil «se come tres veces al día». Crudas declaraciones que dan cuenta de los venezolanos por el mundo y sensibilizan aún más que lo que reportan los medios nacionales e internacionales. La realidad está ahí, frente a los ojos: son jóvenes educados y energéticos que solo buscan una oportunidad para trabajar y, como en muchos casos, encarnan la esperanza familiar al otro lado de la frontera.

Afirman que en la actualidad Venezuela es el país de los lujos. Acceder a una consulta médica, dormir tranquilo en casa, cenar, contar con energía eléctrica las 24 horas del día o no tener la necesidad de abandonar el país son consideradas situaciones anormales en un país donde miles de personas no tienen qué comer. Esta es la cara más desgarradora de la crisis que atraviesa Venezuela. Mientras tanto, miles de jóvenes profesionales desisten de los intentos de encontrar alternativas en la propia patria y configuran la manifestación más clara de que una pronta solución es cada vez más esquiva.

La construcción de una nación pujante, equitativa y con participación social va quedando poco a poco relegada a una imagen en el papel del ideal de la Revolución bolivariana. Es una realidad tan contrastante y cruda que nada tiene que ver con la promesa de los últimos gobernantes de rescatar al pueblo de la pobreza.

Venezuela está hambrienta, y no es descabellado hablar de crisis en la seguridad alimentaria cuando no se puede satisfacer la demanda doméstica de alimentos. Estudios indican que el 70 % de la población nacional ha disminuido notoriamente de peso. El problema se acrecienta, pues la correcta provisión de alimentos depende directamente de la gobernabilidad del Estado. Pero el gobierno no demuestra voluntad de establecer un consenso con actores relevantes, mientras que la oposición tampoco refleja unidad para plantear soluciones de fondo y, de paso, constituirse en una alternativa viable de solución.

De momento, ¿cuál es la mejor opción? Emigrar, tal como lo han hecho cerca de dos millones de venezolanos en los últimos 17 años. Quienes se atreven a hacerlo por obligación aconsejan apretar los dientes y cruzar la frontera. «Pronto verás cuán bien viven los países vecinos», «te darás cuenta de que los lujos, los banquetes y las viviendas seguras no son solo para los ricos; la gente de clase media y baja también puede acceder a esas comodidades». señala David.

Que Venezuela está en crisis no es noticia, pero no por eso nos debe dejar de sorprender el dolor de su pueblo, ni mucho menos nos debe ganar la indiferencia frente a los sueños incumplidos, al hambre y la sed de proporcionar a la familia el alimento diario, a la desesperanza en los gobernantes, a la frustración por el constante engaño o al férreo consuelo en el dicho popular de que no hay mal que dure cien años.

Karla Muñoz Ramírez | @KarlaMura
Administradora pública, docente de la Universidad de Concepción, Chile