Nicaragua y la revolución de la indignación

Los retos cambian cada día porque las formas de represión varían. Contemplamos el inicio de la primera revolución cívica movida por la indignación acumulada durante una década de falta de institucionalidad y de violaciones recurrentes a los derechos humanos.

Foto: Jorge Mejía Peralta

Foto: Jorge Mejía Peralta

Nací en medio del proceso revolucionario y una guerra civil en Nicaragua. Uno de mis primeros recuerdos es el de aprender a sumar con los libros Carlitos, donde las ecuaciones eran así: 1 fusil + 3 fusiles = 4 fusiles. Siempre fui una niña inquieta por la justicia. Era curiosa y rebelde. Las mismas características me acompañan en mi adultez. Para mi fortuna, mis padres no solo aceptaron los retos que imponía a través de mis preguntas sobre cómo fue el proceso revolucionario, sino que también han sido capaces de escuchar las críticas y reclamos más duros que una hija puede hacer. También fui capaz de admirar el compromiso con el país, especialmente con las personas analfabetas.

En 2001, a mis 16 años, tuve la primera oportunidad de expresar indignación al tener un candidato que había abusado sexualmente de su hijastra. Anulé mi voto, pues mi cabeza ya detectaba que algo estaba mal en el sistema que permitía la candidatura de un violador.

En el 2005 fue mi primera protesta, pues se había penalizado el aborto terapéutico luego de ser permitido durante casi cien años. Una jugada política del señor Daniel Ortega en el marco de sus ansias de volver al poder. En el 2006 Ortega volvió a ganar las elecciones y yo serví de voluntaria en la oficina de observación electoral de uno de los partidos políticos opositores. Fui testigo de los casos de anomalías en todo el proceso electoral. Protesté en el 2006 y 2008 contra el fraude electoral. En el 2011, en el marco de la candidatura inconstitucional de Ortega, fui parte de la fundación de un movimiento político que tenía como objetivo cambiar la cultura política del país bajo la bandera de la resistencia no violenta y la innovación. Fuimos reprimidos por turbas afines al gobierno, policías y simpatizantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). En el 2013 fui parte activa del movimiento OcupaInss, también víctima de la represión de los simpatizantes sandinistas, hecho que me hizo salir del país decepcionada de la impunidad del régimen y la poca empatía de los distintos sectores de la sociedad con la causa. Durante mi estancia académica en Europa no desaproveché ninguna oportunidad para denunciar el mandado inconstitucional de Ortega y los proyectos irracionales de impacto negativo en la población y el medioambiente.

El pasado mes de abril estalló en mi país el inicio de la primera revolución cívica movida por la indignación acumulada durante una década de violaciones recurrentes a los derechos humanos, la brutal represión del gobierno de Nicaragua a manifestantes pacíficos por el incendio de la Reserva Natural Indio Maíz y la reforma arbitraria de la Ley de Seguridad Social. Simpatizantes del FSLN y funcionarios de la Policía Nacional asesinaron a estudiantes universitarios que protestaban con banderas, pitos y megáfonos y se defendían con piedras entre barricadas.

A estos estudiantes que insurreccionaron el país con barricadas, piedras y llantas, la primera dama y vicepresidenta designada los llamó minúsculos, chupasangres, vandálicos, almas mezquinas, seres mediocres, etc. ¿No sabía la señora Murillo que se estaba refiriendo al orgullo de las familias nicaragüenses? Solo dos de cada cien niños que inician primer grado en la escuela terminan graduados de la universidad. Los ofendidos son jóvenes que logran terminar sus estudios trabajando medio tiempo, dentro del sector formal o informal. Con esa indignación se levantó un pueblo entero.

Se levantaron los campesinos, los pueblos indígenas poniendo barricadas, los padres de familia y amigos llevando comida, los estudiantes de universidades privadas organizando vigilias en redes sociales para mostrarle al mundo lo que estaba pasando en Nicaragua, gestionando medicinas y soporte médico, los trabajadores de las empresas privadas saliendo a bloquear las calles durante sus horas de almuerzo y exigiendo a su patronato posiciones firmes y contundentes en el respeto al derecho de la vida, la libre expresión y la protesta. Todos fuimos reprimidos por policías y parapoliciales. Desde el 18 de abril pasado todos los que nos dedicamos a trabajar por los derechos humanos y en organizaciones no gubernamentales, salimos a luz pública en apoyo a las víctimas de la represión, víctimas mortales y heridos en el marco de las protestas.

Foto: Jorge Mejía Peralta

Foto: Jorge Mejía Peralta

En estos tres meses y medio ha cambiado dramáticamente la situación en Nicaragua. Existe un toque de queda tácito, ya que después de las seis de la tarde el riesgo de morir asesinado por un paramilitar es altísimo. Al inicio de la crisis me tocó llevar turistas estadounidenses y europeos de urgencia al aeropuerto, para tomar el siguiente avión hacia un lugar seguro, «donde no maten por protestar». Con lágrimas en los ojos me dijeron: «Amamos tu país, pero tenemos que salvar nuestras vidas. Estamos acostumbrados a las protestas, lo que no podemos entender es cómo un gobierno puede asesinar a los que se toman las calles».

He vivido de todo en estos meses: el cierre de mi pequeño emprendimiento; me fui de mi ciudad con un bolso de ropa para un fin de semana y nunca pude volver; terminé mi relación amorosa, pues mi novio se tuvo que regresar a su país. Me fui a vivir con mi familia por seguridad, luego nos mudamos de casa, inicié un trabajo, fui a varios entierros, se murió mi mejor amigo en medio de las protestas.

En Nicaragua, los retos cambian cada día porque las formas de represión varían. Al inicio mi preocupación fue llevar bicarbonato de sodio para los gases lacrimógenos que tiraba la policía. Luego medicinas, comida, ropa, toallas sanitarias, hasta pensé en llevar condones. Apoyé a las mujeres emprendedoras cuyos negocios habían sido saqueados. Llamé ambulancias, vi personas sin dedos, víctimas de tortura, pagué preparaciones de cuerpos, conocí gente, compré ataúdes, doné para que gente con limitaciones de acceso pudiera tener un pasaporte. Recibí mensajes de solidaridad de mis amigos de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos.

Lloré en silencio. Lloré a grito partido. Me despertaron las balas cada noche. Escuché los ataques a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Abracé a desconocidos. Marché con flores, con lágrimas y con banderas. Recé a Dios. Maldije a Dios. Vi armas. Soñé con muertes. Vi gente morir. Pensé en las rutas de seguridad. Me olvidé de los atardeceres. Esperé varios amaneceres. Abracé a los niños vivos. Lloré por los niños asesinados. Pinté mi primer cuadro (y hubo sangre). Hablé, hablé y hablé con mis amigos alrededor del mundo. Busqué el abrazo de mi madre en la noche. Me despedí de amigos. Nunca más volví a ver a mis vecinos. Vi asaltos a plena luz del día y escuché palas mecánicas cada noche. He visto paisajes cambiados por los tomatierras, calles vacías por paros nacionales, caras de niños pintados y lágrimas en los niños pidiendo comida en los semáforos. Me olvidé del sonido de las olas pero no de la fuerza del mar.

Ahora vivo en el autoexilio, tuve que huir por la cacería de brujas del gobierno. Las balas suenan todo el tiempo en mi cabeza y siguen destrozando mi corazón. Me levanto cada mañana y lloro, sobre todo cuando pienso en la cara de determinación y dolor de los papás de Gerard Vásquez, un joven que vendía refrescos en la calle para apoyar a su familia y lo asesinaron en la iglesia Divina Misericordia durante un ataque de más de 15 horas que realizaron los paramilitares en colaboración con la policía nacional. Veo a mi país derrumbarse ante la espera de la unión del liderazgo político y la ayuda internacional para solventar la crisis política y apalear la crisis humanitaria. Durante todo el día pongo #SOSNicaragua en Twitter con la esperanza de que empiecen a aparecer los desaparecidos.

Hago todo lo que puedo cada día para que los niños dejen de llorar, para que las personas con menos acceso sean nuestra prioridad (no por populismo, sino por justicia y equidad), para que como pueblo podamos tener seguridad, alcanzar la libertad, tener sed de justicia, resistir cívicamente, construir la democracia y no perder la esperanza. ¡Solo nos queda patria libre y vivir! Y saber que ¡Nicaragua renacerá!

 

Hija del Maíz
Activista y defensora de derechos humanos