La transición energética en Alemania

Después de que la industria alemana dependió durante décadas de la energía nuclear y del carbón, ahora procesa una transición energética innovadora.

Alemania en los años 1970: en el movimiento ambiental y antinuclear despierta el interés por las energías renovables. Se empieza ver la generación y el uso de la energía nuclear y de carbón de una manera más crítica. La idea de abandonar las fuentes tradicionales de energía y buscar posibilidades más sustentables es el fundamento de la transición energética. Se aspira a generar energía limpia, asequible y segura.

Desde la década de 1970, múltiples actores —incluyendo varios políticos, asociaciones y científicos— han fundamentado el concepto de transición energética y han desarrollado estrategias prácticas y soluciones posibles. La transición energética debe ser una ruta más sustentable y eficiente a largo plazo. Significa que la energía necesaria será generada en el futuro por fuentes renovables como la energía solar, eólica o hidráulica.

En junio de 2011, el gobierno federal de Alemania aprobó por amplia mayoría una ley para la aceleración de la transición energética. Refería al desastre nuclear de Fukushima que tuvo lugar en marzo del mismo año. Esta catástrofe hizo visible el peligro de las sustancias radioactivas y marcó un evento clave para un cambio profundo frente al uso de la energía nuclear. La canciller alemana Angela Merkel apoyó este gran paso que dio Alemania, la salida gradual de los energías tradicionales: «Estamos creando las condiciones para el suministro de energía del mañana y eso es una cosa que nunca ha ocurrido en Alemania hasta ahora». Ya durante 2011, ocho de las plantas nucleares en Alemania fueron cerradas. El final de la energía nuclear en Alemania está planificado para 2022. Asimismo se aprobó la retirada gradual del carbón, que se realizará a más largo plazo.

Alemania es un país de alta tecnología e industrialización, por lo que su aspiración frente a la transición energética implica un proceso muy complejo. Su fuerte economía y su gran industria de automóviles constituyen obstáculos claves para esta transición. La meta climática autoimpuesta de Alemania para 2020 es de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 40 % en comparación con los niveles de 1990. Sin embargo, solo un 32 % de ahorro parece posible hasta el próximo año [2]. . Esto muestra que, por un lado, Alemania ya ha logrado mucho durante los últimas dos décadas y, por otro lado, aún tiene que mejorar su estrategia si quiere alcanzar sus metas climáticas.

Con el ritmo y el consumo actual, Alemania ahorrará en el mejor de los casos un 42 % de emisiones para 2030, mientras que su meta para ese año es de 55 %. Esto significa que deberá quemar aun menos gasolina, diesel y combustible para calefacción. El problema es que especialmente en el sector del transporte ha habido pocos cambios en los últimos 20 años. No solo el uso de automóviles diesel y de gasolina, sino también el carbón, sigue siendo demasiado barato desde la perspectiva del clima.

Un tema actual muy controvertido es la posibilidad de introducir un impuesto sobre el CO2. El impuesto se pagaría donde sea que se produzca CO2 y entonces afectaría tanto a los ciudadanos como la industria. Este impuesto podría ser el instrumento para alcanzar las metas climáticas. El gobierno alemán decidirá sobre ello en el próximo mes de julio, y ya prepara una nueva ley de protección del clima para finales del año.

Todos estos procesos muestran que Alemania toma en serio su responsabilidad frente al medioambiente y al cambio climático. Ha sido uno de los pioneros frente al lanzamiento de la transición energética. Sin embargo, hay retos diversos y complejos que tiene que afrontar. El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de publicar en mayo un documento político que afirma: «Muchos países necesitarían precios altos de carbono para cumplir con sus compromisos, y puede haber una tensión entre la eficiencia y la aceptabilidad».

Licenciada en Relaciones Internacionales y Gerencia. Practicante en el Instituto Sudamericano para Estudios sobre Resiliencia y Sostenibilidad (SARAS, Uruguay). Expracticante en el Programa Regional de Seguridad Energética y Cambio Climático en Latinoamérica (EKLA) de la Fundación Konrad Adenauer.